Hermias el filósofo
Bajo el nombre de un
Hermias que se dice filósofo, ha llegado hasta nuestros días un escrito que
confronta algunas teorías defendidas por los filósofos más reputados de la
antigüedad, y presenta en clave satírica, sus irreconciliables contradicciones.
No se conoce ni la vida del autor ni la fecha de su obra, pero por su analogía
con la Apologética de principios del segundo siglo, generalmente se le sitúa en
este período.
Diatriba de los
Filósofos Paganos
El bienaventurado
apóstol Pablo, escribiendo a los corintios que habitan la región lacónica de la Grecia, dijo: “Amados,
la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios”, (1Corintios 3, 19)
y a fe que al decir esto no erró el blanco, ya que, según mi parecer, la
sabiduría del mundo se originó a causa de la deslealtad de los ángeles, y por
esta razón los filósofos plantean sus doctrinas sin que haya armonía ni acuerdo
entre ellos.
Pues el caso es que
algunos de ellos dicen que el alma es fuego; otros, aire (los estoicos); otros,
inteligencia; otros, movimiento (Heráclito); otros, exhalación; otros, fuerza
que emana de los astros; otros, número que se mueve (Pitágoras); otros, agua
fecundante (Hipón); otros, elemento compuesto de elementos; otros, armonía
(Dinarcos); otros, sangre (Crítias); otros, espíritu; otros, mónada *(sustancia de
naturaleza espiritual, simple, indivisible y limitada, que constituye el
elemento último de las cosas) (Pitágoras); y… los antiguos lo contradicen ¡Cuantos
discursos sobre el tema! ¡Cuantos litigios! Y ¡Cuantas disputas entre sofistas,
que arguyen más por el discutir que por el hallar la verdad!
Este desacuerdo acerca
de la esencia del alma podría tal vez pasar, si luego sostuviesen unánimemente
todo lo demás que de ella dicen, pero cómo del placer por ejemplo, que unos
definen un bien supremo, otros un mal, y otros, algo intermedio entre el bien y
el mal, con respecto a su naturaleza, algunos la hacen inmortal y otros mortal;
otros dicen que persiste durante un corto período de tiempo; otros, que se transmite
a una bestia; otros, que se disuelve en los átomos; otros, que se reencarna por
tres veces; y otros le asignan un período de tres mil años ¡Así hay que ver
cómo aquellos que ni siquiera viven cien años hacen promesas de tres mil años
por venir!
Entonces ¿Cómo calificar
todo esto? Según mi parecer, cómo charlatanería, o insensatez, o locura, o
discordancia, o todo junto. Si ellos han hallado la verdad, que estén o se
pongan de acuerdo, y yo les creeré de mil amores; pero si me tiran del alma y
me la arrastran, unos a una naturaleza y otros a otra; unos a una sustancia y
otros a otra, y me transforman de materia en materia, confieso sentirme molesto
por este fluctuar de las cosas. Soy por un momento inmortal, y me alegro; poco
después me convierto en mortal y rompo en llanto; luego me disuelvo en los
átomos, me convierto en agua, me convierto en aire, me convierto en fuego. Más
tarde ya no soy ni agua, ni aire, ni fuego, si no que me hacen una fiera, o me
hacen un pez y tengo de nuevo por hermanos a los delfines; al mirarme, me da
pues miedo de mi cuerpo y no sé si llamarlo hombre, perro, lobo, toro, pájaro,
serpiente, dragón o quimera, ya que los filósofos me transforman en toda clase
de animales multiformes de tierra y de agua: salvajes o mansos, mudos o
canoros, irracionales o racionales… así, tan pronto nado, cómo vuelo, me
arrastro, corro, o me siento. Y Empédocles me hace además una planta.
De todas maneras, unos
filósofos que son incapaces de hallar unánimemente la naturaleza del alma del
hombre, aún menos declararán la verdad en cuanto a los dioses y el mundo, y sin
embargo, han tenido este atrevimiento, por no decir necedad. Con esto, los que
no han podido hallar su propia alma, van a la búsqueda de la naturaleza de los
dioses; aquellos que ni siquiera comprenden su propio cuerpo, investigan
curiosamente la naturaleza del mundo, y se enfrentan de hecho unos a otros en
cuanto a los principios de la naturaleza. Anaxágoras me coge por su cuenta y me
da esta lección: “El principio del universo es el nous o inteligencia.
Este es pues el autor y señor de todas las cosas, el que pone orden en lo
desordenado y movimiento en lo inmóvil, claridad en lo confuso, y ornamento en
lo no adornado”. Al hablarme así Anaxágoras, le tomo afecto y me adhiero a su
enseñanza, pero frente a él, se levantan Meliso y Parménides.
Parménides proclama,
incluso en verso, que la esencia es una cosa única, eterna, inmóvil, y en todo
semejante; yo me paso pues a este dogma sin saber porqué. Parménides ha
expulsado a Anaxágoras de mi mente, y cuando me creo en posesión de un dogma
inmóvil, Anaxímenes se entromete gritando: “Y yo te digo que el universo es aire, que
condensándose y componiéndose, se convierte en agua y en tierra, y
enrareciéndose y difundiéndose, en éter y en fuego, para regresar de nuevo a su
naturaleza aérea…” Haciéndome amigo de Anaxímenes, me acomodo también a esto.
Pero oponiéndose, ahí
está ya Empédocles, que brama y vocea desde el Etna a todo pulmón: “Los principios del
universo son odio y amistad, esta que une y aquel que aleja, y la contienda
entre los dos lo hace todo. Y los defino cómo semejantes y desemejantes, cómo
ilimitados y con límites, cómo eternos y con principio” ¡Bravo Empédocles!
¡Estoy dispuesto a seguirte hasta el cráter mismo del volcán!
Sin embargo llega
Protágoras, y me empuja hacia otro lado diciendo: “El hombre es el
límite y el criterio de las cosas, y las cosas son aquello que está bajo las
sensaciones; o sea que aquello que no está, no se halla entre las especies de
la esencia”.
Yo, halagado por este razonamiento, siento agrado por Protágoras que todas, o
la mayoría de las cosas, se las atribuye al hombre.
Y ahora Tales,
haciéndome por otro lado un guiño con la verdad, define el agua cómo el
principio del universo: “Porque de lo húmedo se compone todo y en lo húmedo se
disuelve, y la tierra se sostiene sobre el agua” ¿Por qué no creer a Tales, el más
antiguo de los jonios? Sin embargo, su conciudadano Anaximandro afirma que el
movimiento eterno es un principio más antiguo que lo húmedo, y que gracias a
él, unas cosas nacen y otras perecen. Tendré entonces que poner fe en
Anaximandro.
Pero ¿No afirma el
famoso Arquelao que también el frío y el calor son los principios del universo?
No obstante, no concuerda con él el grandilocuente Platón, para quien los
principios del universo son Dios, la materia, y el modelo ¡Ahora si que estoy
convencido! pues ¿No he de creer al filósofo que inventó el carro de Zeus? Pero
viene tras él su discípulo Aristóteles, envidioso de su maestro por la construcción
del carro, y define otros principios: el hacer y el padecer. El principio
activo, que es el éter, es impasible, mientras que el pasivo tiene cuatro
cualidades: sequedad, humedad, calor y frío; y de hecho, mediante la
transformación de estos principios mismos, todo nace y perece.
Cansado ya con tanto
vaivén de opiniones diversas, me quedo con lo que piensa Aristóteles; que
ninguno venga a molestarme con más discursos.
Pero ¿Qué le vamos a
hacer? Unos viejos más antiguos que estos, me menean cómo a un muñeco. En
efecto, Ferecides declara que los principios son Zeus, Chtonia, y Cronos. Zeus
es el éter; Chtonia es la tierra, y Cronos es el tiempo. Así, el éter es el
principio activo, la tierra es el pasivo, y el tiempo es aquel elemento que
contiene a lo que nace. Y por lo visto hay envidias entre los viejos, puesto
que Leucipo, considerando todo esto una necedad, afirma que los principios son
lo ilimitado, el movimiento continuo, y lo mínimo; y que los cuerpos de partes
más ligeras, ascendiendo, se convierten en fuego y aire, mientras los más
densos, fijándose en lo bajo, se convierten en tierra y agua.
¿Hasta cuando escucharé
tanta opinión sin alcanzar verdad alguna? Puede que Demócrito me libere de mi
errante deambular cuando afirma que los principios son el ser y el no ser, y
que el ser es lo lleno, mientras que el no ser, lo vacío. Lo lleno, por su
posición y figura en el vacío, lo hace todo. Yo me adheriría tal vez al noble
Demócrito, y me agradaría estar con él siempre riendo, si no fuese que Heráclito,
que siempre esta llorando, me disuadiese diciendo: “El principio del universo es el
fuego, y sus estados son dos: la densidad y la rareza; la una es activa y la
otra pasiva, la una aglomera y la otra disgrega”.
Y ahora que ya estoy
harto y borracho de tantos principios, también Epicuro me exhorta desde allí, a
no desdeñar su hermosa doctrina sobre los átomos y el vacío, puesto que en el
entrelazarse de estos y a partir de sus varios modos y figuras, nace y perece
todo. No te digo yo que no ¡Oh Epicuro, el mejor de los hombres! Pero el caso
es que Cleantes, levantando del pozo su cabeza, *(Cleantes, debido a su pobreza, tras
dedicar el día a la filosofía, sacaba agua de los pozos durante la noche, para
regar los jardines) se ríe de tu doctrina y con su correa tira de los verdaderos
principios, que son Dios y la materia. La tierra se transforma en agua, el agua
en aire, el aire es atraído hacia arriba, el fuego procede por las regiones en
torno a la tierra, y el alma impregna todo el mundo; así, nosotros somos
animados por participar de ella.
Ahora bien, a pesar de
que estos son muchos, también me acomete otra muchedumbre que proviene de
Libia: Carnéades y Clitómaco con todos sus adeptos, que pisoteando las
doctrinas de los demás, afirman francamente que todo es incomprensible, y que
junto a la verdad asoma siempre una fantasía engañadora ¿Qué haré pues yo tras
tanto tiempo de fatigas? ¿Cómo desterrar tantas doctrinas de mi cabeza? Porque
si nada hay comprensible, adiós a la verdad entre los hombres, y la tan
elogiada filosofía, en vez de poseer la ciencia de los seres, solamente debate
con sombras.
Pero graves y
silenciosos, varios de la antigua tribu, Pitágoras y sus compañeros, me
entregan otros dogmas misteriosos, y entre ellos, aquel grande y secreto “Él lo dijo”. El principio del
universo es la mónada, y de sus figuras y números nacen los elementos. Ahora
bien, en cuanto al número, figura y medida de cada uno de estos, declaran más o
menos así: el fuego resulta de veinticuatro triángulos rectángulos cerrados por
cuatro equiláteros, y cada uno de los triángulos equiláteros se compone de seis
triángulos rectángulos, con lo que justamente es equiparable a una pirámide. El
aire resulta de cuarenta y ocho triángulos cerrados por ocho equiláteros, y se
equipara a un octaedro cerrado por ocho triángulos equiláteros, que se
descomponen cada uno en seis rectángulos, resultando en total cuarenta y ocho.
El agua resulta de ciento veinte triángulos cerrados por veinte iguales y
equiláteros, equiparándose así con un icosaedro, que consta de de ciento veinte
triángulos iguales y equiláteros. El éter se compone de doce pentágonos
equiláteros y se asemeja a un dodecaedro. La tierra se compone de cuarenta y
ocho triángulos, y está limitada por seis cuadrados equiláteros; es pues
semejante a un cubo, porque el cubo está limitado por seis cuadrados que se
descomponen cada uno en ocho triángulos, resultando en total cuarenta y ocho.
Verdaderamente,
Pitágoras mide así el mundo; pues también yo, divinamente poseído y despreciando
casa, patria, mujer e hijos, me alzo al éter mismo sin que me importe nada de
ellos, y tomando de Pitágoras el codo, me dispongo a medir el fuego porque no
basta Zeus para medirlo. Si este gran viviente, este gran cuerpo, esta gran
alma que soy, no sube al cielo en persona a medir el éter, adiós imperio de
Zeus; y una vez que lo haya medido y Zeus se entere a través de mí de cuantos
ángulos tiene el fuego, bajaré de nuevo del cielo, comeré olivas, higos y
legumbres, y me dirigiré al agua por el camino más corto para medir en codos,
dedos y semidedos la sustancia húmeda, determinando su profundidad para dar a
conocer a Poseidón cual es la extensión de su marítimo imperio. Me recorreré la
tierra entera en un solo día, calculando su número, su medida y sus figuras,
convencido de que con la edad que tengo, y siendo quien soy, no he de omitir ni
un palmo del universo entero. Y he aquí que también sé el número de las
estrellas, de los peces y de las bestias, y que poniendo el mundo en una
balanza, no me costará nada saber su peso. Mi alma se ha afanado hasta ahora en
estas cosas, para lograr el dominio de todo, pero inclinándose hacia mí,
Epicuro me dice: ‘Amigo, tú realmente has medido un mundo, pero hay muchos,
hasta infinitos mundos’.
Y nuevamente me veo
forzado a medir otros cielos y otros éteres, y estos en gran número. Así que
sin pérdida de tiempo y después de aprovisionarme para unos cuantos días, me
dispongo a viajar hacia los mundos de Epicuro. Vuelo con facilidad sobre los
límites de este mundo, de Thetis y el océano, y entrando en un mundo nuevo cómo
si fuera otra ciudad, lo mido todo en pocos días. Desde allí, avanzo a un
tercer universo, luego a un cuarto y quinto y décimo y centésimo y milésimo y…
¿Adónde más? Porque se me está echando encima la sombra de una ignorancia, de
un negro engaño, y de una fantasía sin límite; o sea de una insensatez
incomprensible. Pero por otra parte ¿Por qué dejar de medir los átomos mismos,
a partir de los que se han formado tantos mundos? Nada debe dejarse sin verificar,
y en particular aquellas cosas que son necesarias y útiles, de las que el
Estado y la felicidad de la familia dependen.
He expuesto pues
prolijamente todas estas cosas, para demostrar la contradicción que en las
doctrinas de los filósofos existe, y el modo en que la investigación de las
cosas les conduce hacia lo infinito y lo incierto, siendo sus resultados
incomparables e inútiles, por no confirmarse mediante algún hecho evidente o
razonamiento lúcido.