Articulos


Daniel y los Tiempos de la Naciones

Introducción

El Pueblo de Israel y el Israel de Dios

 

       1  Tres años después de que en el día veinticuatro del primer mes del año 539 a.C. el rey de Persia Ciro conquistase Babilonia, el profeta Daniel recibió una visión profética de gran relevancia para todos aquellos que han puesto su esperanza en las promesas de Dios. Gabriel fue en aquella ocasión el mensajero enviado por Yahúh, y le dijo: he venido para hacerte saber las cosas que le sucederán a tu pueblo hasta el final de los días, porque es una visión que abarca tiempo”. (Daniel 10:14)

       Pero antes de examinar las revelaciones recibidas por Daniel, es oportuno explicar que cuando el ángel dice tu pueblo”, se refiere a la descendencia de Abraham por su hijo Isaac y su nieto Jacob, una descendencia que culminaría con el Mesías prometido, como dice: “el ángel de Yahúh” que llamando a “Abraham desde los cielos, le dijo: Yahúh declara: «Juro por mí, que puesto que has obrado de esta manera y no has retenido de mí a tu hijo, tu único, yo te bendeciré en gran manera y aumentaré muchísimo tu descendencia, que será como las estrellas de los cielos y como la arena de la orilla del mar… …y puesto que has escuchado mi voz, por medio de tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra»”. (Génesis 22:15-18)

 

       2  Dios renovó más tarde esta promesa a Isaac y a Jacob, de quien dice la Escritura: “Dios se manifestó a Jacob de nuevo, le bendijo y le dijo: «Tu nombre es Jacob, pero ya no te llamarás Jacob porque a partir de ahora tu nombre será Israel». Así le llamó Israel” (Génesis 35: 9-10) y de este Israel desciende el pueblo identificado por este nombre, un pueblo que mediante Moisés cerró un pacto con Dios, y que hasta la vigencia del nuevo pacto por medio de su Mesías, fue el destinatario de sus revelaciones y promesas, como reconoce el apóstol Pablo cuando escribe que a sus “parientes los Israelitas… corresponden la adopción como hijos, la gloria, los pactos, la promulgación de la Ley, el servicio sagrado, las promesas, los antepasados de cuyo linaje nació Cristo, y sobre todo, el Dios a quien pertenece la alabanza por siempre. (Romanos 9:3-5)

       Por esto cuando el ángel dice a Daniel:he venido para hacerte saber lo que le sucederá a tu pueblo hasta el final de los días, podría comprenderse que hasta el tiempo del fin, la visión se refiere a la nación de Israel que estaba bajo el pacto del Sinaí, pero las Escrituras nos muestran que no es así, ya que los acontecimientos que siguieron a la llegada del Mesías y a su repudio como mediador del “pacto nuevoque había sido anunciado por los profetas y “convalidado, no mediante el documento escrito, si no mediante el espíritu” (2Corintios 3:6), alteraron las cosas pero no las promesas.

 

       3  La llegada de un nuevo mediador entre Dios y los hombres había sido anunciada por Moisés, que advirtió al pueblo de Israel: “tu Dios Yahúh levantará de entre tus hermanos a un profeta como yo, a él debéis escuchar... Yahúh me dijo… les levantaré de entre sus hermanos a un profeta como tú y pondré mis palabras en su boca. Él les hablará todo lo que yo le mande, y yo pediré cuentas al hombre que no escuche aquellas palabras mías que él hablará en mi nombre”. (Deuteronomio 18:15...18)

       Jesús avisó al pueblo de estas cosas mediante parábolas y dijo: “Un propietario plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre, luego la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió a sus siervos a los labradores para que los recogiesen, pero los labradores agarraron a los siervos, golpeando a uno, matando a otro y apedreando al otro.

Envió pues otros siervos en mayor número que los primeros, pero los trataron del mismo modo, y finalmente les envió a su hijo, diciéndose: ‘A mi hijo le respetarán’. No obstante, al ver al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Venga, matémosle y quedémonos con su herencia’, y agarrándole, lo sacaron de la viña y le mataron’.”

Entonces Jesús les preguntó: “’Cuando el dueño de la viña acuda ¿Qué hará con aquellos labradores?’ Y ellos le contestaron: ‘A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores que en su momento le entreguen los frutos’.” (Mateo 21:33-41)

 

       4  Tras la muerte y resurrección de Jesús, Dios proseguía el desarrollo de su propósito para la humanidad a través de los que él justificaba por la fe mostrada en Cristo, y en el día de Pentecostés del año 33, Dios generó mediante su espíritu una creación nueva, el nuevo pueblo de Israel que Pablo denomina el Israel de Dios cuando dice: “ni la circuncisión ni la incircuncisión son nada, lo que importa es ser una nueva creación. Que haya paz y misericordia sobre el Israel de Dios y sobre todos los que caminarán según estas normas”. (Gálatas 6:15-16)

       Desde entonces el Israel de Dios está constituido por aquellos que él considera descendientes de Abraham, no por su genealogía, si no por la fuerza de una fe semejante a la mostrada por él. Por esto dice Pablo: “la promesa recibida por Abraham y su descendencia de ser los herederos del mundo, no fue en virtud de la Ley, si no en virtud de la justificación que deriva de la fe, porque en realidad, si los herederos fuesen los que se adhieren a la Ley, la fe sería inútil y la promesa sin valor”. (Romanos 4:13-14) Ante Dios ya: no es judío quien lo es exteriormente y la circuncisión no es la que puede verse en el cuerpo; es judío quien lo es en su interior y la circuncisión es la que está en su corazón por medio del espíritu, no por medio de un código escrito. Este es el que queda aprobado, no por los hombres, si no por Dios. (Romanos 2:28-29)

 

       5  El profeta Malaquías anuncia que Dios levantará a un pueblo sacerdotal purificado, un cuerpo de sacerdotes que había sido prefigurado por los levitas y que como ellos, estaría destinado a poner al alcance de todos los hombres las bendiciones de Dios. Escribe: “He aquí que envío a mi mensajero y preparará el camino delante de mí y de improviso llegará a su templo el Señor que vosotros pedís, o sea, he aquí que viene el ángel del pacto que vosotros deseáis’, dice Yahúh de las multitudes, pero ¿Quién se sostendrá en el día de su llegada? Y ¿Quién estará en pie cuando se presente? Puesto que él es como un fuego purificador y como un blanqueador para la colada; él ejercerá como refinador y purificador de la plata y purificará a los hijos de Leví, los depurará como se hace con el oro y la plata, y serán ante Yahúh, quienes aproximen el don de justificación”. (Malaquías 3:1-3) Jeremías declara: “«He aquí que vienen días», declara Yahúh, «en los que cerraré con la casa de Israel y con la casa de Judá un pacto nuevo… en aquellos días» declara Yahúh, «pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón, entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… …porque perdonaré su iniquidad y ya no recordaré sus pecados».” (Jeremías 31:31-34)

       Recordando esas palabras, Pablo escribe: “Cuando Dios reprende al pueblo dice: «He aquí que vienen tiempos, dice Yahúh, en los que estipularé con la casa de Israel y con la casa de Judá un pacto nuevo. Uno que no será como aquel que estipulé con sus padres en el día en que les tomé de la mano para sacarlos de Egipto, porque ellos no guardaron mi pacto con fidelidad, y también yo dejé de guardarles a ellos, dice el SEÑOR. Y después de aquellos días, estipularé con la casa de Israel este pacto, dice el SEÑOR, pondré en su mente mis leyes y las escribiré en sus corazones. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, ya no tendrá cada uno que instruir a su vecino y a su hermano diciéndoles “conoce al SEÑOR” puesto que me conocerán todos ellos, desde el menor al mayor. Entonces tendré misericordia de su iniquidad y no recordaré sus pecados». Y al hablarles de un nuevo pactodeclara el anterior anticuado, y lo que es anticuado envejece y está cercano a desaparecer”. (Hebreos 8:8-13)

 

       6  De las promesas a los antepasados, dice Pablo: “no es que la palabra de Dios haya venido a menos, puesto que no todos los que descienden de Israel son verdaderamente Israel, ni por el hecho de ser descendientes de Abraham, son todos hijos suyos, pues ‘Aquella que será llamada 'tu descendencia' vendrá por Isaac...’ Así pues, los hijos naturales no son en realidad hijos de Dios, mientras que los hijos de la promesa son considerados descendencia suya”. (Romanos 9:6-8) Y dirigiéndose a los hijos de la promesa, los que mediante Cristo participan en el nuevo pacto con Dios, Pedro escribe: “…vosotros sois una descendencia elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo que Dios ha adquirido para sí, con el fin de proclamar las virtudes de aquel que os ha llamado desde las tinieblas a su maravillosa luz. Antes, vosotros no erais un pueblo, pero ahora sois el pueblo de Dios; antes, vosotros no habíais obtenido misericordia, pero ahora la habéis obtenido…" (1Pedro 2:9-10)

       Este sacerdocio real está constituido por aquellos que Malaquías llama “los hijos de Leví purificados por Yahúh, (Malaquías 3:1-3) un pueblo que da a conocer a las gentes el don de la justificación otorgado por Dios que pone a nuestro alcance la vida sin muerte, el don que la redención de Cristo ha proporcionado a todos los que tienen fe, sin distinciones.

 

       7  Hablando de estas cosas al pueblo de Israel, Jesús había dicho: “Un hombre que daba un gran banquete convidó a muchos. Cuando la hora de la cena llegó, envió a su servidor para que dijese a los invitados: ‘Acudid, que todo está ya preparado’; sin embargo todos ellos se excusaron. El primero dijo: ‘He comprado un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego que me dispenses’; otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlas. Te ruego que me dispenses’, y otro: ‘Me he casado y por esto no puedo ir’.

Regresó pues el siervo y lo explicó a su señor, entonces el dueño de la casa se indignó y le dijo: ‘Sal inmediatamente a las plazas y a las calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’. El siervo le dijo: ‘Señor, se ha hecho como mandaste y aún hay lugar’. El señor le dijo: ‘Sal pues a caminos y patios, y hazles entrar hasta que mi casa se llene, porque os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi cena’.” (Lucas 14:16-24)

 

       8  En el libro del Apocalipsis, el apóstol Juan nos habla de este nuevo Israel; dice que Dios lo divide en doce simbólicas tribus y atribuye a cada una de ellas doce mil personas, dando así a entender que un número determinado de los que él ha llamado para constituir el Israel de Dios o el cuerpo de Cristo, ha tomado el lugar de los descendientes naturales de Jacob.

Juan, que contempló en visión todas estas cosas, escribe: En aquel momento oí el número de los marcados con el sello, ciento cuarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel… …y vi a personas tomadas de todas las etnias, tribus, pueblos y lenguas, una multitud grande que no se podía contar, en pie delante del trono y del Cordero, vistiendo largas ropas blancas y con ramas de palma en la mano. En voz alta declaraban: ‘La salvación se la debemos a nuestro Dios que está sentado sobre el trono, y al Cordero’.” (Apocalipsis 7:1-4 y 9-10) Es importante recordar todas estas cosas, porque como dijo el ángel a Daniel al relatarle las cosas que sucederían a Israel, aquello que de parte de Dios había visto, “es una visión que abarca un largo período”.

 

       9  Mateo escribe que pocos días antes de la celebración de la pascua del año 33, “Al salir Jesús del Templo, sus discípulos se aproximaron para hacerle reparar en las edificaciones del Templo, entonces él les dijo: «¿Veis todo esto? Os aseguro que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada». Y mientras estaba sentado en el Monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron privadamente y le preguntaron: «Dinos ¿Cuándo sobrevendrá esto? Y ¿Cuál será la señal de tu presencia y del final de los tiempos?»” (Mateo 24:1-3)

       Entonces Jesús contestó a su primera pregunta diciéndoles lo que iba a suceder en Jerusalén y como podrían reconocer el momento de huir de la ciudad, advirtiéndoles: Cuando veáis la profanación desoladora anunciada por el profeta Daniel, situada en lugar santo ¡Quien lea reflexione! Los que estén entonces en la Judea, huyan a los montes… (Mateo 24:15-16 y Daniel 9:27)

       Y Lucas vierte así sus palabras: “Cuando veáis a Jerusalén circundada de campamentos militares, sabed que su desolación se acerca. Entonces los que estén en Judea huyan a los montes, los que estén dentro de la ciudad se alejen de ella y los que estén en los campos no entren en ella; porque éstos son días para hacer justicia y se cumplirá todo cuanto está escrito Y después Jerusalén será pisoteada por las naciones hasta que los tiempos de las naciones hayan concluido”. (Lucas 21: 20-22 y 24) Las palabras que Jesús aplica a la destrucción de Jerusalén y de su Templo, conciernen a las visiones contempladas por Daniel.

 

       10  La visión de Daniel anticipa el largo período de la apostasía y del dominio de las naciones sobre el pueblo de Dios; los tiempos de las naciones comenzaron con la apostasía de Israel, pero cuando Jesús dijo a sus discípulos que Jerusalén sería pisoteada por las naciones hasta que el tiempo establecido concluyese, no se refería solo a la Jerusalén del pacto del Sinaí, que después de la ejecución de Jesús fue librada a su suerte como cualquier otra nación del mundo, también se refería a la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:2), edificada con “piedras vivientes” para formar “una casa espiritual, un sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios, por medio de Jesús Cristo”. (1Pedro 2:5)

       Estas piedras vivientes son los “ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de toda tribu de los hijos de Israel”, (Apocalipsis 7:4) que él ha reconocido previamente y “ha designado a ser modelados a la semejanza de su hijo, para que él sea el primogénito de muchos hermanos”. (Romanos 8:29)

       Esta Nueva Jerusalén fue también pisoteada, puesto que tras la muerte de los apóstoles, la apostasía controló y gobernó la cristiandad, y la santa congregación fundada sobre Jesús en el día de Pentecostés fue aplastada y desapareció. (2Tesalonicenses 2:78)

 

Los Tiempos

       11  En el capítulo octavo de su libro, Daniel describe una visión que le muestra unas bestias simbólicas que representan a las diferentes naciones que desde entonces ejercerían poder sobre Israel. Y las cosas que Daniel ve son esenciales para comprender las palabras que Jesús dice con respecto al futuro del Israel de Dios.

       Escribe: “8 El macho cabrío adquirió mucho poder, pero en su poderío, el gran cuerno le fue quebrado y se levantaron cuatro en su lugar, hacia los cuatro vientos de los cielos. 9 De uno de ellos surgió un pequeño cuerno que creció mucho hacia el Sur, hacia el Este y hacia el país hermoso, 10 y que engrandeciéndose hasta la multitud de los cielos, tiró algunas de sus estrellas a tierra y las pisoteó; 11 se alzó hasta el Príncipe del ejército, abolió el sacrificio cotidiano y derribó el santuario desde los cimientos. 12 A causa de la apostasía, una multitud fue entregada con el sacrificio cotidiano; entonces la verdad fue arrojada al suelo pero él procedió y prosperó. 13 Escuché que otro santo preguntaba al que yo había oído hablar: «¿Hasta cuando se prolongará esta visión, el sacrificio cotidiano, la apostasía que causa la desolación y la entrega del santuario y de los que sirven en él, para que sean pisoteados?» 14 Y me dijo: «Dos mil trescientas tardes y mañanas. Entonces el santuario será purificado»”. (Daniel 8:8-14)

 

       12  Daniel se preguntaba el significado de lo que había contemplado, y escribe: 15 “Y sucedió que cuando yo, Daniel, estaba considerando la visión y buscando su significado, he aquí que en pie ante mí, había uno de apariencia humana, 16 y escuché una voz que clamó desde el Ulay diciendo: «Gabriel, explícale la visión». Él se acercó entonces al lugar donde yo estaba y me asusté, cayendo rostro a tierra, pero él me dijo: «Comprende, hijo del hombre, que la visión es para el tiempo del fin». (Daniel 8:16-17) 18 Mientras él me hablaba, yo estaba aturdido, rostro a tierra, pero asiéndome, me levantó y me puso en pie. 19 Entonces me dijo: «He aquí que te daré a conocer lo que ocurrirá cuando la indignación llegue al límite, en el tiempo establecido para el fin. 20 El carnero que viste, el señor de los dos cuernos, representa los reyes de Media y de Persia; 21 el macho cabrío es el rey de Grecia y el gran cuerno entre sus ojos es su primer rey, 22 que al quebrarse da lugar a cuatro, puesto que surgirán de la nación cuatro reinos, pero no con su mismo poderío. 23 Al término de sus reinados, en el tiempo de la consumación del transgredir, se levantará un rey fuerte, experto en astucias; 24 su poderío se fortalecerá, aunque no por su poder, y hará cosas portentosas; entrampará e invadirá, maniobrará y atrapará a innumerables; también al pueblo de los santos. 25 Por su astucia hará prosperar el engaño y exaltándose en su corazón, destruirá a muchos que disfrutaban de tranquilidad. Entonces se levantará contra el Príncipe de príncipes, y será fragmentado sin la intervención humana. 26 La visión de las tardes y mañanas que se ha declarado es verdadera, pero tú séllala porque es para dentro de mucho tiempo”. (Daniel 8:19-26)

 

       13  En el capítulo noveno del libro, Daniel anuncia por medio de las setenta semanas de años, el momento de la aparición del Mesías en Israel, y también los sucesos que ocurrirían tras su ejecución.

       Leemos: “Setenta semanas se ha decretado sobre tu pueblo y tu ciudad santa, para cerrar la trasgresión y para sellar los pecados, perdonar la iniquidad y traer justicia eterna, para concluir profecía y profeta, y para ungir al santo de los santos. Conoce pues y comprende: desde que parte el mandato de restaurar y edificar Jerusalén hasta el caudillo ungido, son siete semanas y sesenta y dos semanas. Plaza y muros tornarán a ser edificados, aunque en tiempos difíciles, y después de las sesenta y dos semanas, el Ungido será suprimido sin causa; entonces la ciudad y el santuario serán destruidos por el pueblo de un soberano que sobrevendrá y acabará por invadirla, y al final de la guerra se decretará su desolación. Pero en una semana, él establecerá un pacto para muchos, y a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y a la ofrenda; y cuando la profanación desoladora esté el en el lugar santo, lo decretado se derramará hasta la total desolación”. (Daniel 9:24-27) Una desolación total, como predijo Jesús al decir: “no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”. (Mateo 24:2)

 

       14  La historia nos muestra que la desolación de Jerusalén con la consiguiente profanación y destrucción de su templo tuvo lugar en el año 70 de nuestra era. La rebelión y la apostasía del pueblo de Israel llegaron al límite; se rebelaron contra el imperio romano, pero también y sobre todo, se habían rebelado contra el propósito de Dios al rechazar a su Mesías. Desde hacía tiempo habían contaminado la pureza de la revelación de Yahúh, rechazando a los profetas e integrando en el pensamiento hebreo creencias procedentes del helenismo. Esto les fue apartando progresivamente de la Ley, tanto en espíritu como en comportamiento, y les proporcionó una percepción distorsionada y básicamente materialista, de lo que el reino mesiánico significaba.

       Cuando Jesús mencionó los tiempos de las naciones, se refirió explícitamente a las palabras de Daniel de los versículos 13 y 14 del capítulo 8, por esto es lógico considerar que la duración de los tiempos de las naciones está relacionado con las 2.300 tardes y mañanas que allí se mencionan. Pero ¿Cómo debe contarse este tiempo?

       Algunos exegetas afirman que la visión se refiere a 2.300 días literales, o sea, días de 24 horas; otros piensan que por constituir la tarde y la mañana un día único, el tiempo que se declara en ella es de 1.150 días; sin embargo la mayoría de las interpretaciones que han sido divulgadas, aplican su cumplimiento al tiempo de Antíoco IV, que profanó en su día el Templo de Jerusalén, y llegan a la conclusión a través de complicados cálculos sin apoyo histórico o bíblico, de que después de 6 años y cuatro meses o de tres años y dos meses, según se cuenten los días, aquel Templo fue purificado.

Los tiempos bíblicos de las naciones deben contarse como un año por un día, lo mismo que las setenta semanas del capítulo 9 del libro de Daniel, que revelaban a Israel el momento de la presencia del Mesías entre su pueblo. Por este motivo, las 2.300 tardes y mañanas tienen que ser 2.300 años. Ahora bien, las indicaciones del relato bíblico nos muestran que esta profecía no podría haberse cumplido antes del tiempo de Jesús, porque cuando él dice: Jerusalén será pisoteada por las naciones hasta que los tiempos de las naciones hayan concluido”, (Lucas 21: 20-22 y 24) demuestra que en el año 33 de nuestra era, las 2.300 tardes y mañanas no habían terminado aun.

 

       15  En los versículos 22 y 23 del capítulo 8 se dice que después de la muerte de Alejandro, su imperio, el imperio greco-macedonio, sería dividido en cuatro reinos y “Al término de sus reinados, en el tiempo de la consumación del transgredir, se levantará un rey fuerte”. Este rey habría empezado como “un pequeño cuerno que creció mucho hacia el Sur, hacia el Este y hacia el país hermoso, y que engrandeciéndose hasta la multitud de los cielos, tiró algunas de sus estrellas a tierra y las pisoteó”. (Daniel 8:9…10)

       Roma creció cuando los cuatro reinos nacidos del imperio de Alejandro llegaron a su fin. Entonces el imperio se extendió y se hizo muy poderoso. Instigado por los judíos,

este rey potente, creció y se alzó hacia la multitud de los cielos, condenando a muerte a Jesús, el príncipe do los príncipes y también arrojó algunas de sus estrellas al suelo, pisoteándolas, cuando los seguidores de Jesús fueron perseguidos, encarcelados y muertos por causa de su fe. Más tarde, las fuerzas armadas del rey del Norte rodearon Jerusalén, profanaron la roca del Templo y tiempo después causaron la desolación de Jerusalén. (Daniel 11:31) Y con la destrucción del Templo, el sacrificio cotidiano que allí se ofrecía quedó eliminado. Este sacrificio era distinto de los sacrificios y ofrendas por el pecado, que Jesús había ya hecho innecesario.

       El momento y la secuencia de los acontecimientos que cumplen las profecías, muestran que quien provocó la desolación de Jerusalén y el pisoteo del santuario no puede ser otro que el César de Roma.

 

       16  Para establecer cuando comienzan a correr estos tiempos de las naciones, Gabriel, el mensajero de Dios, viene en nuestra ayuda con una detallada visión que hallamos en los capítulos 10º y 11º. La profecía de esta visión es tan precisa hasta en los detalles, que desde la antigüedad, algunos impugnaron su autenticidad afirmando que solamente podía haberse escrito tras los acontecimientos que se describen en ella. Porfirio, uno de sus opositores más notorios, dice en el 12º libro de su obra Adversos Cristianos, que el escritor del libro de Daniel tenía que ser forzosamente un falsificador que vivió en el tiempo de los Macabeos, o sea, cuando Israel se encontraba bajo el dominio de los reyes seleúcidas, que sucedieron a Seleuco Nicator, uno de los generales de Alejandro Magno. Sin embargo, Jesús responde a su objeción, confiriendo al libro de Daniel veracidad y autoridad al mencionarlo cuando profetiza para sus discípulos el destino de Jerusalén. (Mateo 24:15)

       Al comienzo del capítulo 10º del libro de Daniel, leemos: “En el año tercero de Ciro, rey de Persia, le fue manifestado un mensaje a Daniel llamado con el nombre de Beltshatsar. El mensaje era fidedigno y se refería a una gran lucha, y él lo escuchó y comprendió el contenido de la visión”. (Daniel 10:1) Gabriel le dijo: “he venido para hacerte saber lo que le sucederá a tu pueblo hasta el final de los días, pues es una visión que abarca tiempo”. (Daniel 10:14)

 

       17  Analicemos ahora  el capítulo 11º paso a paso.

       En el versículo 2 leemos: “Lo que ahora te revelo es verdadero: He aquí que en Persia tienen que levantarse tres reyes, y el cuarto atesorará grandes riquezas, más que los otros. Entonces, fortalecido por su prosperidad, se levantará con todo contra el reino de Yavan (Grecia)”. (Daniel 11:2) ¿Quiénes son estos tres reyes? Daniel recibe la visión en el tercer año del rey Ciro II, y Gabriel le dice que se levantarán otros tres reyes, por tanto el primero de estos reyes no puede ser el mismo Ciro, si no su hijo Cambises II, que comenzó a reinar a la muerte de su padre, en el año 529 a.C.

       En el año 522, cuando Cambises se encontraba en Egipto, un mago llamado Gaumata usurpó su trono haciéndose pasar por un hermano de Cambises llamado Bardiya, y logró un reconocimiento oficial. Mientras Cambises regresaba de Egipto murió, dejando en el trono al usurpador, que solo lo conservó 7 meses porque Darío I el Grande, hijo de Hystaspes, instigó a que se le diera muerte y subió después al trono de Persia.

       Bajo el reinado de Darío, el imperio atravesó por un período de expansión, y a su muerte Jerjes I, aquel de quien el ángel había dicho “marchará contra el reino de Yavan subió al trono de Persia, y en el año 481 a.C. marchó contra Grecia con un ejército enorme, como el historiador griego Herodoto (484-420 a.C.) lo confirma en su relato de las batallas entre griegos y persas. Su ejército era tan grande que avanzaba con lentitud y esto dio a los griegos la oportunidad de pactar alianzas defensivas entre los distintos estados helenos (los diferentes estados de la península griega y de Macedonia). Derrotado finalmente en las batallas de Salamina y de Platea, Jerjes retornó a Asia menor y a partir del 475 a.C. compartió el trono con su hijo Artajerjes.

       Con Jerjes concluyó el período del esplendor de la dinastía Aqueménide, y aunque tras su muerte en el año 465 a.C. hubo en Persia otros ocho reyes, hasta que en el año 330 a.C. fue conquistada por Alejandro Magno, en la profecía no se habla de ellos y a partir del reinado de Jerjes se ocupa de la creciente influencia del poder helénico.

 

       18  En el versículo 3 leemos: “Entonces surgirá un rey poderoso que gobernará con gran autoridad y obrará según su voluntad”. (Daniel 11:3)

En el año 334 a.C., Alejandro y sus generales Antígono Monoftalmo, Tolomeo (el futuro Tolomeo I) y Seleuco Nicator (el futuro Seleuco I), derrotaron a los persas junto al río Gránico, con un ejército de 35.000 hombres, y con esta batalla, Alejandro se adjudicó la supremacía en Asia. En el año 333 a.C. derrotó al rey Darío III en la batalla de Isso; en el año 332 a.C. destruyó la ciudad de Tiro tras un asedio de 7 meses y a continuación conquistó Gaza y pasó a Egipto, donde fue acogido como libertador. Con esto se aseguró el control de toda la costa oriental del mar Mediterráneo. Seguidamente, en el año 331 a.C. sometió la capital de la Cirenaica, extendiendo los confines de su reino hasta el imperio de Cartago. En aquel mismo año volvió a derrotar a los persas en la batalla de Gaugamela y poco después se rindió la ciudad de Babilonia.  

       Alejandro conquistó entonces la ciudad de Susa, residencia real de la dinastía Aqueménide, adueñándose de sus enormes tesoros y luego conquisto la ciudad de Persépolis, capital de Persia, que fue saqueada e incendiada. Con esto el imperio persa quedó completamente derrotado. El territorio de Alejandro llegaba hasta las costas meridionales del mar Caspio, incluyendo el actual Afganistán y se extendía hacia el Norte, hasta el Turquestán del Asia central. Para someter este vastísimo territorio había empleado solamente tres años y su afán de conquista no parecía apagarse. Según muchos historiadores, ambicionaba reunir el Oriente y el Occidente en un imperio mundial, así en el año 326 a.C. cruzó el río Indo e invadió el Punjab, derrotando al rey hindú Poro. Entonces Alejandro hizo aparejar una flota con la que alcanzó el Golfo Pérsico, luego atravesó el desierto hasta llegar a la ciudad de Susa en el año 324 a.C. permaneciendo allí un año mientras preparaba nuevas conquistas en el Occidente. Puede por tanto decirse que Alejandro Magno llegó verdaderamente a ser un rey poderoso.

 

       19  El versículo 4 dice: “pero después de establecerse, su reino se quebrará y será repartido a los cuatro vientos de los cielos, y no según el poderío de su gobierno ni para su posteridad, ya que excluyéndola, su reino será fraccionado y será para otros”. (Daniel 11:4)

Alejandro, enfermó mientras estaba en Babilonia y murió antes del verano del año 323 a.C. en el día 28 del mes macedonio de Desio, un día que generalmente se identifica con nuestro 10 de Junio. Su imperio no fue dividido entre sus hijos, que fueron asesinados, si no entre sus generales, los ‘diadocos’ o sucesores.

       Antígono, uno de sus generales llamado también Monoftalmo por ser ciego de un ojo, intentó reunir aquel vasto imperio bajo su dominio aunque sin lograrlo, y tras veinte años de guerras, Antígono y su hijo Demetrio fueron derrotados sobre tierra frigia (península de Anatolia, hoy en Turquía) en la batalla de Ipso, el mes de Septiembre del año 301 a.C. Durante la batalla murió Antígono y Demetrio huyó. Con su derrota, el imperio de Alejandro se dividió en cuatro monarquías, cuatro reinos helénicos: Tracia fue para Lisímaco; Macedonia fue para Casandro; Siria y Babilonia fueron para Seleuco Nicator y Egipto junto con el territorio de la Celesiria, que entonces englobaba a la Judea, fueron para Tolomeo. Solamente Alejandro pudo mantener la unidad de sus territorios en Asia, Egipto y Europa. Sin embargo surgieron de su imperio cuatro estados independientes que eran relativamente similares en su sistema político.

 

       20  El versículo 5 dice: “Entonces el rey del Sur se fortalecerá, pero uno de sus generales se hará mas fuerte que él y su dominio será grande”. (Daniel 11:5)

Tras la muerte de Antígono en la batalla de Ipso, el poder de Tolomeo I Soster se estableció permanentemente en Egipto, y puesto que su dominio estaba situado hacia el Sur de Israel, la profecía lo identifica como “el rey del Sur”. En cambió Seleuco I Nicator había ido tras la victoria de la batalla de Gaza del año 312 a.C. hacia Babilonia, y erigió allí un vasto imperio. Y puesto que su territorio se hallaba situado al Norte de Israel, es identificado en la profecía como “El Rey del Norte”, aquel que se fortalecería haciendo grande su dominio.

       La historia nos dice que en el año 297 a.C. murió Casandro y poco tiempo después terminó su dinastía. Nueve años más tarde, en el año 288 a.C. Lisímaco invadió la Macedonia pero en el año 168 a.C. el cónsul romano Emilio Paulo pone fin al reino de Macedonia y lo convierte en una provincia romana. Con esto desaparece uno de los cuatro reinos helénicos y comienza el ascenso de la que llegaría a ser la gran potencia romana, como Daniel profetiza diciendo: “De uno de ellos surgió un pequeño cuerno que creció mucho hacia el Sur, hacia el Este y hacia el país hermoso” (Daniel 8:9)

 

       21  ¿Cuál fue la suerte del reino helénico gobernado por Lisímaco?

Desde hacía mucho tiempo Seleuco estaba celoso del poder adquirido por Lisímaco, que gobernaba un gran imperio porque a partir del año 284 a.C. reinaba sobre la Macedonia, sobre la Tracia hasta los confines del río Danubio y sobre el Asia Menor hasta los confines del monte Tauro. El gran poder que había ido adquiriendo provocó la enemistad de Seleuco y en el año 281 a.C., en el Asia Menor comenzó entre los dos una guerra que llegó hasta la batalla de la llanura de Ciro (Kurpedión), al oeste de Sardis. Allí Lisímaco cayó en combate y el territorio que estaba bajo su dominio quedó a merced de Seleuco, que en primer lugar tomó posesión del Asia Menor, pasando luego a Europa y uniendo los dominios de Lisímaco a los suyos. Con esto reunió bajo su poder casi todo el imperio de Alejandro, exceptuando Egipto y Grecia.

       Puede por tanto decirse que en el año 281 a.C. el Rey del Norte se hizo “más fuerte que él (el rey del Sur) porque su dominio llegó a ser realmente grande.

 

       22  Hasta este momento el ángel da a Daniel una idea general de los principales acontecimientos que estarán relacionados con su pueblo, pero desde el año 281 a.C. describe detalladamente las cosas que a partir de entonces sucederían hasta la llegada del Mesías. Puede por tanto decirse que en el año 281 a.C. se inician los tiempos proféticos del Rey del Norte y el Rey del Sur. A partir de este año la Judea se halla alternativamente a merced de estos dos reinos y a comienzan a contarse los tiempos de las naciones.

       A pesar de que el pueblo de Israel había caído repetidas veces en la idolatría y había pecado contra Yahúh, él nunca les abandonó y les envió jueces y profetas para que los tutelasen, pero después de la muerte Zacarías, el último profeta enviado por Dios unos cuatrocientos años antes de Cristo, Israel quedó sometido al gobierno de los reinos Helénicos y la predominante influencia de su filosofía, condujo gradualmente al pueblo de Israel hacia un parcial abandono de la doctrina original, dando lugar a la apostasía que culminó cuando la entera nación conducida por sus guías religiosos, no solamente ignoró el incuestionable cumplimiento de las Escrituras en la persona de Jesús, también pidió que fuese ejecutado por blasfemia y sedición a Roma.

 

       23  En el versículo 6 leemos: “Y algunos años después, la hija del rey del Sur irá al rey del Norte, y se unirán para concretar una alianza, pero ella no mantendrá su fuerza y su poder. Entonces ella, su descendencia los que la acompañaban y quienes en aquel tiempo la sostengan serán entregados”. (Daniel 11:6)

       En el año 252 a.C. o sea, 29 años más tarde, el nuevo Rey del Norte, Antíoco II Theos (divino), concluye una alianza con el nuevo Rey del Sur, Tolomeo II Filadelfo y toma a su hija Berenice por esposa, repudiando a su primera mujer Laodicea. Sin embargo, a la muerte su padre, Berenice pierde poder y es repudiada por Antíoco, que vuelve a casarse con su primera esposa y nombra sucesor a su hijo. Entonces Laodicea hace envenenar a su marido Antíoco II, a Berenice y al niño que había tenido con Antíoco y también a los miembros de su séquito, y luego promueve la proclamación de su hijo Seleuco II Callinico como rey.

 

       24  En los versículos del 7 al 9 leemos: “Pero en su lugar (de Berenice) se levantará un brote de sus raíces y partirá con el ejército, llegará ante la fortaleza del Rey del Norte y acometiéndola, la tomará y se llevará a Egipto sus dioses, sus imágenes de fundición y los objetos valiosos de plata y de oro de sus habitantes. Entonces, durante algunos años se mantendrá lejos del rey del Norte, que a su vez, irrumpirá en el reino del Rey del Sur y regresará a su tierra.” (Daniel 11:7-9)

       Para vengar la traición perpetrada contra su hermana Berenice, Tolomeo III Evergete declaró la guerra a Seleuco II Callinico y penetró en Siria hasta el Éufrates, capturando un enorme botín. Entonces tomó consigo como trofeo las imágenes de las divinidades del pueblo vencido y los objetos valiosos que se empleaban en su culto, y prevaleció hasta el punto de hacerse con el dominio de la Celesíria y de Seleucia, el puerto de la ciudad de Antioquia, capital del reino Sirio, además de otros puntos estratégicos del Asia Menor y del mar Egeo.

       Los hijos de Rey del Norte fueron Seleuco III Cerauno y Antíoco III. Tras el breve reinado del primero, subió al trono su hermano Antíoco III, llamado el Grande, que en su largo reinado demostró una gran energía y habilidad militar. Aprovechando la debilidad del nuevo rey de Egipto, Tolomeo IV, reconquistó el puerto de Seleucia en el año 219 a.C. y declarándole la guerra, penetró hasta la Samaria en el año 218 a.C. Luego retornó a Siria.

 

       25  En los versículos del 10 al 12 leemos: “Entonces sus hijos se agitarán, reuniendo un ejército numeroso; uno de ellos avanzará, invadirá y peleará de nuevo, penetrando hasta la fortaleza. Y el rey del Sur se enfurecerá contra el rey del Norte, que reclutará una gran muchedumbre; esa muchedumbre caerá en manos del rey del Sur, que a causa de esto se crecerá y su corazón se endiosará, entonces derribará diez miles pero no prevalecerá”. (Daniel 11:10-12)

       Después de algunos meses de tregua, en el año 217 a.C. se reanudó la guerra con brío. Tolomeo en persona condujo a su ejército, que en Rafia, junto al confín egipcio, inflingió una grave derrota a Antíoco III y recuperó el territorio de la Celesíria. Entonces Tolomeo pactó la paz con Antíoco y se volvió a Egipto.

 

       26  Los versículos 13 y 14 dicen: “Y el rey del Norte retornará y reclutará un gran ejército, mayor aún que la vez anterior, y después de algunos años partirá con un ejército grande y con mucho armamento. En aquel tiempo se levantarán muchos contra el rey del Sur, y unos hijos violentos de tu pueblo se levantarán para dar cumplimiento a la visión, pero caerán.” (Daniel 11:13-14)

En el momento de la muerte de Tolomeo IV y del ascenso al trono del jovencísimo Tolomeo V Epifanio, Antíoco III volvió a atacar con gran fuerza e invadió la Celesíria en el año 201 a.C. llegando hasta Gaza, mientras en diversos puntos del territorio egipcio surgían revueltas, sublevaciones y brotes sediciosos. Algunos judíos tomaron posición en favor de Antíoco III, al que veían como libertador de Israel, y es más que probable que su rebelión contra Egipto fuese por razones religiosas y obedeciese a una tentativa de construir un templo en Egipto, con el fin de cumplir la visión que se registra en la profecía del libro de Isaías 19:19, que dice: “En aquel día habrá un altar dedicado a Yahúh en medio del país de Egipto, y un recordatorio de Yahúh junto a su confín”. Pero el intento de rebelión fracasó.

 

       27  En los versículos 15 y 16 leemos: “Y el rey del Norte marchará, levantará un terraplén de asedio y tomará una ciudad fortificada. Las fuerzas del Sur no podrán resistirle ni tampoco sus tropas de élite, y el invasor hará según su voluntad y no habrá quien esté ante él. Entonces el Rey del Norte se detendrá en el país hermoso, que quedará en su poder.” (Daniel 11:15-16)

Se hace aquí referencia al largo asedio de la ciudad de Gaza, que fue reconquistada por el Rey del Norte en el año 201 a.C. La contraofensiva egipcia en Judea solo consiguió retrasar la entrada de Antíoco III en Jerusalén. El general egipcio Scopa con sus mercenarios “etoli”, sus tropas de élite, sufrió una gravísima derrota que acabó definitivamente con el dominio del Rey del Sur sobre la Celesíria. Así, la ciudad de Jerusalén y toda la Judea, “el país hermoso”, quedaron bajo el dominio seleúcida.

 

       28  El versículo 17 dice: “El Rey del Norte estará dispuesto para el ataque con todo el poder de su reino, aunque intentará resolver las dificultades con el Rey del Sur, entregándole para su mal a su hija por mujer, pues ella no le sostendrá ni estará por él”. (Daniel 11:17)

Antíoco III se preparaba para agredir a Tolomeo V, como también lo confirma el historiador romano Tito Livio en sus “Anales”, escribiendo que él: “confiaba en todas las fuerzas de su reino, tras haber reclutado ingentes tropas de tierra y de mar”. Aún así y por temor a la intervención de Roma, Antíoco decidió llegar a un acuerdo con Tolomeo, prometiéndolo con una hija suya llamada Cleopatra. El matrimonio tuvo lugar en Rafia, en el año 194 a.C., pero no cumplió el objetivo deseado, puesto que cuando estalló la guerra entre su padre Antíoco III y los romanos, ella, en apoyo de su marido, tomó partido por Roma.

 

       29  Los versículos 18 y 19 dicen: “Entonces el Rey del Norte se volverá hacia las zonas costeras, conquistando muchas, pero un caudillo acabará con su insolencia y le hará regresar humillado. Tras esto, mirará hacia las fortalezas de su tierra, pero tropezará, caerá y no será hallado.” (Daniel 11:18-19)

Antíoco III pasó a Europa y ocupó una parte de la Tracia y de las posesiones macedonias, pero en el año 189 a.C. fue derrotado en Magnesia de Lidia por el ejército romano bajo el mando de Cornelio Escipión. Tras esto, Antíoco aseguró su dominio sobre todas las ciudades griegas del Asia Menor, pero durante una expedición en el año 187 a.C. contra las provincias orientales que se habían sublevado, fue muerto mientras intentaba apoderarse de los tesoros que se guardaban en un templo de Bel de Elimade (Elam).

 

       30  En el versículo 20 leemos: “En su lugar se alzará uno que hará pasar por el reino espléndido a un recaudador, pero poco tiempo después será quebrantado, aunque no por la ira ni en batalla”. (Daniel 11:20)

Seleuco IV Filopator, que reinó desde 187 hasta 175 a.C. envió a su hijo Demetrio a Roma como rehén, y tuvo que esforzarse en recoger la enorme suma requerida por Roma como tributo de guerra. Con este fin, en los días del sumo sacerdocio de Onías III mandó a uno de sus principales dignatarios llamado Heliodoro a Jerusalén, para requisar los tesoros del Templo. Onías se dirigió entonces a Antioquia, al rey, para aclarar su posición, pero Heliodoro mismo conspiró contra el rey y le dio muerte; luego proclamó rey al primogénito de Seleuco y asumió su tutela. Así Seleuco fue asesinado poco después de la tentativa de Heliodoro de saquear el Templo.

 

       31  Los versículos 21 al 24 dicen: “y en su lugar se alzará uno despreciable al que no fue entregada la majestad del reino, pero irá en paz y tomará el reino por medio de intrigas. Y las fuerzas del invasor invadirán delante de él, y ellos (los judíos) serán aplastados y también el príncipe del Pacto (el Sumo sacerdote). Después de haber hecho una *alianza con él, maniobrará engañosamente y crecerá fortaleciéndose a través de una pequeña nación, y en paz con los potentes de la provincia, llegará y hará lo que ni sus padres ni los padres de sus padres hicieron. Ellos se repartirán la presa, el botín y la riqueza, y tramará planes para el futuro contra las ciudades fortificadas”. (Daniel 11:21-24)

       Eumene, el rey de Pérgamo, avisó a Antíoco, el hermano menor de Seleuco IV, de la muerte de su hermano. Antíoco estaba en Atenas y se dirigió a la corte de Pérgamo. Mientras tanto, Eumene, el rey de una pequeña nación, preparó un ejército poderoso, muchos denarios y un tratado de alianza por si Antíoco accedía al trono de su hermano. Los dos soberanos actuaron de acuerdo en todo momento, y Antíoco se presentó ante los suyos como vengador del asesinato de su hermano Seleuco y legítimo depositario de la autoridad real.

       Demetrio, hijo de Seleuco IV y heredero legítimo del trono, fue retenido en Roma como rehén, mientras otro de los hijos menores de Seleuco que también se llamaba Antíoco, fue formalmente constituido cabeza del estado durante algunos años, hasta que su tío Antíoco, el regente, lo hizo asesinar y se apoderó del reino en el año 175 a.C., tomando el nombre de Antíoco IV Epifanio. En este mismo año ocurrió también un suceso muy grave relacionado con el pueblo judío: el sumo sacerdote Onías III fue depuesto y asesinado por los hombres de Antíoco IV Epifanio. En la profecía se denomina a este sumo sacerdote, “príncipe del Pacto” o “conductor de la Alianza” debido a su responsabilidad con respecto al pacto de la Ley del pueblo de Dios.

 

       32  En los versículos 25 al 28 leemos: “Él (Antíoco IV Epifanio) levantará su brío y su corazón contra el Rey del Sur con un gran ejercito, y el Rey del Sur se enfrentará a él con un ejército grande y muy poderoso, pero no prevalecerá porque será traicionado. Los mismos que compartían su mesa buscarán su ruina, su ejército será derrotado por completo y en la batalla caerán muchos. En cuanto a los dos reyes, su corazón estará lleno de maldad, sentándose a la misma mesa se dirán mentiras, pero no conseguirán nada porque el desenlace todavía es para el tiempo establecido. Después volverá el Rey del Norte a su tierra con muchos bienes pero con la intención de actuar contra la santa alianza”.

       Como se dice en el versículo 17, Tolomeo V se había casado con Cleopatra I que entonces solamente tenía 16 años. Cleopatra le dio dos hijos: Tolomeo VI y Tolomeo VII, y a la muerte de su marido asumió la regencia, puesto que sus hijos eran menores de edad. Cleopatra era hermana de Antíoco IV Epifanio y mientras permaneció en vida las relaciones entre sus reinos fueron pacíficas, pero cuando a su muerte Tolomeo VI llamado Filometor, subió al trono ayudado por sus tutores, las cosas cambiaron. Según la alianza pactada entre los dos reyes, *legítimamente la Celesiria pertenecía a Tolomeo VI, sin embargo la corte de Antioquia sostenía sus derechos sobre aquel territorio, alegando que el tratado que la entregaba a Egipto era falso. Los romanos estaban entonces seriamente empeñados en la Macedonia, por lo que no podían interesarse en el conflicto sirio-egipcio; esta coyuntura pareció al gobierno de Alejandría (Egipto) la situación idónea para invadir y recuperar la Celesiria.

       En realidad Euleo y Leneo, tutores de Tolomeo VI, estaban seguros de conquistar para él no solo la Celesíria, también el entero imperio seleúcida, pero, como decía la profecía, “los mismos que compartían su mesa” le arruinaron, porque en el año 170 a.C. Antíoco IV, aquel que según la profecía, tramaría “con respecto a las ciudades fortificadas”, con intencionespara el futuro”, rompió el acuerdo de paz existente, invadiendo y arrebatado con engaño la ciudad fortificada de Pelusio, que situada al Este del delta del río Nilo era una puerta de entrada a Egipto. Siria poseía pues una vía de entrada al país y Antíoco IV Epifanio entró en Egipto por ella. Entonces Euleo, creyéndolo todo perdido, convenció a Tolomeo de que escapase a Samotracia con todos sus tesoros. Luego, Euleo y Leneo, que habían intentado la invasión del reino seleúcida, fueron vencidos y ejecutados.

       Los nuevos ministros del rey Tolomeo VI, intentaron a través de una delegación aquea, pactar la paz con Antíoco, aduciendo que todo se debía a la equivocada política de Euleo y apelando al parentesco de tío y sobrino que unía a los reyes. La embajada fracasó pero aún así se llegó a un acuerdo de paz con la cesión del territorio de la Celesiria, que Egipto cedió a Siria. El gran botín de guerra que Antíoco había recogido en Egipto, sirvió para redoblar sus donaciones a las polis (ciudades estado) griegas. Pero todas estas cosas provocaron una revuelta contra Tolomeo VI, que fue depuesto a favor de su hermano Tolomeo VII, llamado Evergete.

 

       33 Una vez purificados el santuario de los cielos se iniciará la primera resurrección; Pablo escribió: El versículo 29 dice: “Llegado el momento, él volverá de nuevo hacia el Sur, pero esta vez no resultará como la primera”.

       Viendo Antíoco IV Epifanio que en Egipto estallaba una guerra civil, ocupó todo el país con el pretexto de sostener la legitimidad y lo puso bajo el gobierno de Tolomeo VI; en manos de Tolomeo VII Evergete solamente quedaron la ciudad de Alejandría y la fortaleza de Pelusio. Sin embargo, la intervención de Antíoco en Egipto era tal, que los dos hermanos pactaron la paz para que cualquier pretensión de penetración en el territorio resultase ilegítima.

       Antíoco se reunió entonces con los embajadores de Egipto, y a cambio de un acuerdo de paz, solicitó la isla de Chipre y la fortaleza de Pelusio, pero los Tolomeos no aceptaron estas condiciones y Antíoco invadió Egipto de nuevo.

 

       34  La primera parte del versículo 30 dice: “Pero llegarán contra él las naves de Kitim y regresará desalentado”.

¿Qué naves eran estas? Kitim era un hijo de Yavan y nieto de Jafet, el tercer hijo de Noé, y en el libro del Génesis se dice que todos los pueblos marítimos del mar Mediterráneo descienden de los hijos de “Yavan: Elisah, Tarsis, Kitim y Dodanim”. (Génesis 10:45) Muchos identifican Kitim con la isla de Chipre, a pesar de que también otras islas se designan con este nombre, por ejemplo, cuando en Ezequiel 27:6 se mencionan las islas de Kitim, se hace referencia a varias islas mediterráneas.

       Epifanio de Salamina, que vivió del 315 al 403 de nuestra era, escribe en la tercera parte de su libro Panarión: “De todos es conocido que la isla de los chipriotas es llamada Kitim, pero se llaman Kitim tanto los chipriotas como los de la isla de Rodas. Además, la raza de los chipriotas y de los rodiotas también habitó en Macedonia, de donde dicen que Alejandro el Macedonio es originario; por este motivo se relata en el libro de los Macabeos que su familia proviene de la tierra de Kitim, a pesar de que Alejandro el Macedonio pertenezca a la raza griega”.

       De hecho todas las regiones marítimas del mar Mediterráneo eran llamadas Kitim y teniendo esto en cuenta, Jerónimo, en su traducción de las Escrituras conocida como la Vulgata Latina, vierte así este versículo de Daniel: “Et veniet super eum Trieres, et Romani”, o sea: “Y llegarán contra él naves trirremes romanas”. De hecho, el embajador romano Cayo Pompilio Lenato, al mando de una potente flota, fue a Antíoco IV con un decreto del Senado que le ordenaba retirar inmediatamente sus tropas de Egipto, y con esto frustró sus proyectos expansionistas.

 

       35  En la segunda parte del versículo 30 leemos: “en su retirada descargará su enojo procediendo contra el pacto santo y renovará su acuerdo con los desertores del pacto santo.” (Daniel 11:30)

       Lleno de ira, Antíoco IV retornó a su tierra, pero durante la retirada sus tropas saquearon el Templo de Jerusalén. Josefo Flavio relata: “retirándose de Egipto por temor a los romanos, Antíoco partió en dirección a Jerusalén, y al comienzo del año 142 del reinado de los seleúcidas (168 a.C.), se apoderó de la ciudad sin combatir, porque las puertas le fueron abiertas por los que eran de su partido (los desertores del pacto santo). De este modo se hizo el dueño de Jerusalén y mató a muchos de los que le eran contrarios… y retornó a Antioquia”. (Antigüedades Judaicas, XII: 246-247)

       No contento con esto, en el mes de Diciembre del año siguiente, el año 167 a.C., organizó una marcha contra Jerusalén y conquistó la ciudad en día de sábado. Su violencia se desencadenó contra las cosas más sagradas; se confiscaron y destruyeron los libros sagrados; se prohibieron la circuncisión y el sábado y se profanó el Templo, que se consagró al dios griego Zeus olímpico. También hizo quemar las puertas del Templo, derribó las habitaciones de los sacerdotes y se llevó el altar y el candelabro de oro y la mesa de la presentación de los panes. Jasón, que gracias a una ingente suma de dinero entregado a Antíoco había sido nombrado sumo sacerdote, cayó en desgracia por sus relaciones poco claras con Egipto y fue sustituido por Menéalo, que se mostró totalmente favorable a Antíoco IV y transformó la Judea en un estado helenizado. Muchos sacerdotes, atraídos por la cultura y el modo de vida de los griegos, habían adoptado con gusto las nuevas usanzas.

 

       36  Estas cosas provocaron en el tiempo de los Macabeos, una revuelta que duró hasta que se estableció de la dinastía Asmonea. Una parte del pueblo había apostatado de la fe y el sacerdote Matatías instigó a la rebelión. Entonces Judas llamado “Macabeo”, se erigió como cabeza de los sublevados liberando la ciudad de Jerusalén y obteniendo en el año 160 a.C., un edicto de tolerancia. A su muerte le sucedió su hermano Jonatán y a él le sucedió Simón, el último de los hermanos, que reunió en sus manos el poder religioso, civil y militar, y murió en el año 134 a.C. Después de su muerte el poder se concentró en la familia de Matatías, de la familia Asmonea. Juan Hircano, el hijo de Simón, llegó a obtener la total independencia y su hijo Aristóbulo asumió el título de rey, pero en este momento Roma intervino. En el año 65 a.C. el general Pompeyo ocupó la Siria y entró en el 63 a.C. en Jerusalén, invitado por el partido Judaico. Pompeyo confirmó las libertades religiosas y a la familia Asmonea como titular de la autoridad religiosa, pero no del poder político; con esto los judíos se convirtieron en vasallos de Roma. En el año 39 a.C., el Idumeo Herodes, ministro de los Asmoneos, obtuvo de Roma, el nuevo rey del Norte, su nominación como rey de Judea mediante un decreto de Antonio y de Octavio.

       Antíoco IV había reinado desde el 175 hasta el 163 a.C. y después de él subieron al trono de esta dinastía iniciada por Seleuco, otros cuatro reyes que gobernaron hasta el año 64 a.C. momento en que el general romano Pompeyo declaró a la Siria, último baluarte del imperio Seleúcida, provincia romana. A partir del entonces el Rey del Norte cambia de identidad, pero ¿Cómo puede esto asegurarse?

       En el año 33 de nuestra era, Jesús cita la profecía que se encuentra en Daniel 9:27 y que es paralela a la de Daniel 11:31, aplicándola a la destrucción de Jerusalén. El rey del norte no puede pues ser identificado con el reino seleúcida que ya había sido dividido en provincias romanas. Sin embargo, es importante comprender que estas profecías no tienen como objetivo registrar la historia de los diversos imperios, solo hacen referencia a los acontecimientos históricos que se relacionan con los reyes situados al norte y al Sur de de la Palestina, y solamente cuando afectan de algún modo al pueblo de Daniel, como lo confirman estas palabras de Gabriel: “yo he venido para hacerte comprender lo que le sucederá a tu pueblo en días futuros”. (Daniel 10:14)

       Roma, una potente nación situada al Norte de Jerusalén, había conquistado el país de Egipto situado al Sur y el imperio seleúcida situado al Este, que incluía la Palestina, el país hermoso, tal como había Daniel había anunciado cuando escribe que de uno de los cuatro cuernos o reyes que provenían del imperio greco-macedonio, surgiría “un pequeño cuerno que crecería en gran manerahacia el Sur y hacia el Este, y hacia el país hermoso. (Daniel 8:9)

 

       37  En el versículo 31 leemos:Por causa de la apostasía, fuerzas armadas procedentes del rey del Norte se levantarán y profanarán la roca del templo, eliminando el sacrificio cotidiano y causando la desolación.” (Daniel 11:31)

En este versículo retoma el argumento que encontramos en el capítulo 9º de Daniel, cuando se habla de la profanación del Templo: “habrá profanaciones aterradoras por causa del asedio, y lo decretado se derramará hasta la desolación”, (Daniel 9:27) y también a las palabras de Jesús, que dice: “Cuando veáis la profanación desoladora anunciada por el profeta Daniel, situada en lugar santo ¡Quien lea reflexione! Los que estén entonces en la Judea, huyan a los montes” (Mateo 24:15)

       ¿Qué dice la historia con respecto a la profanación de la roca del Templo?

Cuando en el verano del año 66 de nuestra era, los judíos se rebelaron contra Roma y el Templo fue ocupado por la secta de los Zelotas capitaneados por el feroz Eleazar, hijo de Ananías. Entonces Roma tuvo que intervenir para restablecer la situación y poner orden, como escribe Josefo Flavio: “En el 13 del mes de Octubre, Cestio Galo formó al ejército y marchó contra la ciudad. Mientras avanzaba, Cestio incendió el barrio de Betsetha, y acampó frente al palacio real. Si en aquel mismo momento hubiese querido abrirse camino con las armas hasta más allá de las murallas, enseguida se hubiese adueñado de la ciudad y la guerra habría terminado… Durante cinco días los romanos intentaron atacar por cualquier parte, pero sin éxito. Al día siguiente, Cestio Galo tomó a muchos soldados escogidos y a los arqueros, y lanzó un ataque contra el lado septentrional del templo… los soldados podían tranquilamente socavar el muro y disponerse a quemar la puertas del Templo… Cestio… llamó a los soldados de improviso y renunciando del modo más absurdo a sus planes sin haber sufrido derrota alguna, desalojó la ciudad”. (Las Guerras Judaicas, libro 2º, capítulo 19:4-6)

       Con su ataque al ala septentrional del Templo, Cestio Gallo dio inicio a la profanación que 4 años más tarde concluyó con su total destrucción bajo las legiones al mando del general Tito. Ahora bien, cuando los romanos tenían la conquista de la ciudad en sus manos, no se comprende que es lo que obligó a Cestio Gallo a ordenar la retirada. Y sin embargo Jesús había predicho que esto ocurriría, por esto avisó a sus seguidores de que aprovechasen aquel momento para huir de Jerusalén, y les dijo: “porque éstos son días para hacer justicia, y se cumplirá todo cuanto está escrito”. (Lucas 21:22)

 

       38  Daniel había oído una voz que preguntaba al ángel que le transmitía el mensaje: “¿Hasta cuando se prolongará esta visión, el sacrificio cotidiano, la apostasía que causa la desolación y la entrega del santuario y de los que sirven en él, para que sean pisoteados? Y me dijo: Dos mil trescientas tardes y mañanas. Entonces el santuario será purificado”. (Daniel 8:13-14) Es por tanto evidente que cuando Jesús habla de los tiempos de las naciones, se refiere a 2.300 años proféticos, ya que Gabriel informa a Daniel: “La visión de las tardes y mañanas que se te ha declarado, es verdadera, pero tú séllala porque es para dentro de mucho tiempo (Daniel 8:26) Por las palabras de Jesús y las del el ángel, podemos estar seguros de que los dos mil trescientos años, o sea los tiempos de las naciones, se extienden hasta mucho después de la llegada del Mesías y si bien hasta su llegada se referían al Israel del antiguo pacto, desde entonces se refieren al Israel de Dios del nuevo pacto; la Nueva Jerusalén fundada por el espíritu de Dios en el día de Pentecostés.

       Desgraciadamente, en este mundo bajo el poder del Maligno la historia suele repetirse, y después de la muerte de los apóstoles, muchos de los que se consideraban sabios y pastores de la congregación de Cristo se alejaron de la doctrina original y perdieron la perspectiva; entonces, no comprendiendo los verdaderos designios de Dios para la humanidad, incluyeron en su enseñanza algunas creencias y esperanzas de las naciones. Así, mientras la congregación apostólica permanecía relegada en el “hades”, la apostasía creció y haciéndose poderosa, gobernó la Cristiandad. (2Tesalonicenses 2:78)

 

       39  En relación a estas cosas, el apóstol Juan escribió: “¡Esta es la última hora hijitos! Vosotros habéis oído que el Anticristo tiene que venir, y ya han aparecido muchos anticristos, de manera que sabemos que esta es la última hora.” (1Juan 2:18)            Aquella era la última hora de la verdadera congregación apostólica. Juan escribe: “El anticristo es aquel que niega al Padre y al Hijo” (1Juan 2:18) y en línea con sus palabras, la venidera apostasía rechazaba a Yahúh como creador y Padre de su primogénito e identificaban a Jesús con el único Dios, negando a través de una elucubración la verdadera identidad del Padre y la verdadera identidad del Hijo. Con la apostasía comenzó un período de oscurantismo y de ignorancia con respecto al propósito del Creador, pero la congregación apostólica no permanecería pisoteada ni retenida por siempre en el “hades” o sepulcro, porque Jesús predijo que su congregación, aquella cimentada sobre él, la piedra angular del Templo espiritual de Dios construido por piedras vivientes, regresará a la vida porque “las puertas del hades no prevalecerán sobre ella”. (Mateo 16-18) Por esto escribe Pablo que “Cristo, tras haberse ofrecido una sola vez para abolir por siempre los pecados de muchos, volverá a manifestarse de nuevo en una segunda ocasión, pero ya no en relación al pecado sino a los que afanosamente le esperan para ser salvados. (Hebreos 9:28)

      

       40  En el último libro de la Biblia, el del Apocalipsis, el apóstol Juan explica las cosas que en aquel tiempo sucederán, pero debemos que tener en cuenta que esta visión “que Jesús Cristo recibió de Dios” para su pueblo, está destinada a “mostrar a sus servidores las cosas que ocurrirán en rápida sucesión”. (Apocalipsis 1:1) Por este motivo los tiempos que en ella se indican no guardan el simbolismo de los tiempos proféticos de las Escrituras hebreas.

       Juan escribe: “Entonces se me dio una vara de medir como la de un agrimensor y se me dijo: “Levántate, mide el Santuario del Templo de Dios y el altar, y cuenta a los que le prestan servicio sagrado, pero no midas el recinto exterior del Templo, déjalo, porque ha sido entregado a las naciones que pisotearán la Ciudad Santa durante cuarenta y dos meses.” (Apocalipsis 11:1-2) Entonces, una vez medido el Santuario y después de estos cuarenta y dos meses literales, se cumplirá por fin la purificación anunciada por ángel a Daniel, que escribe: “Me dijo: Dos mil trescientas tardes y mañanas. Entonces el santuario será purificado”. (Daniel 8:14)

 

       41  Pero ¿Qué significa la purificación del Santuario?

       Cuando en la carta de Hebreos el apóstol Pablo habla del Santuario o Tabernáculo, nos hace comprender que no está hablando del Santuario destruido por Roma, el rey del Norte de aquel tiempo, sino de algo muy diferente que fue prefigurado por el Tabernáculo del páramo y por el Templo de Jerusalén, pues dice: “Y llegó Cristo como sumo sacerdote de los bienes futuros, entrando una vez y para siempre en el Santo del Tabernáculo mayor y más perfecto, que no fue construido por la mano del hombre, o sea, que no es de esta creación”. (Hebreos 9:11) Podemos pues comprender que Pablo se refiere aquí a los cielos de Dios, pero si es así ¿Por qué motivo deben ser purificados? Juan nos da la respuesta cuando escribe: “En el cielo había estallado una batalla; Miguel y sus ángeles combatieron contra el Dragón y aunque el Dragón y sus ángeles lucharon no pudieron prevalecer y perdieron su lugar en los cielos. Con esto, el gran Dragón, la antigua serpiente, el que es llamado Diablo y Satanás y está engañando a la humanidad entera, fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. Y oí una potente voz procedente del cielo que decía: “Ahora ha llegado el momento de la salvación mediante el poder del reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque el calumniador de nuestros hermanos, aquel que los calumniaba día y noche ante nuestro Dios, ha sido arrojado hacia abajo”. (Apocalipsis 12:7-10)

 

       42 Una vez purificados el santuario de los cielos se iniciará la primera resurrección; Pablo escribió: “si la muerte llegó por medio de un hombre, la resurrección llega también por medio de un hombre, para que del mismo modo que mueren todos por la culpa de Adán, vuelvan a la vida todos por medio de Cristo. Aunque cada uno de acuerdo con el orden establecido: Cristo como primicia, más tarde, cuando él vuelva, aquellos que pertenecen al Cristo, y después todos los demás”. (1Corintios 15:21-23) En armonía con las palabras de Pablo, Juan escribe: “Y vi sentados sobre sus tronos a los que habían recibido el encargo de juzgar; vi a los que fueron decapitados por dar testimonio de Jesús y por causa de la palabra de Dios; a los que no se habían inclinado ante la bestia salvaje o ante su representante y no habían aceptado llevar su contraseña sobre la frente o sobre el brazo. Habían regresado a la vida para reinar con Cristo durante mil años. Esta es la primera resurrección, porque el resto de los muertos no regresa a la vida hasta que hayan transcurrido los mil años ¡Felices y santos son los que obtienen la primera resurrección! Sobre ellos no tiene poder la segunda muerte, ellos serán sacerdotes de Dios y reinarán los mil años junto a Cristo”. (Apocalipsis 20:4-6)

 

Conclusión

       Con la purificación de los cielos y la primera resurrección terminan los tiempos de las naciones, o sea, los 2.300 años proféticos. A partir de este momento puede esperarse la presencia de nuestro señor Jesús, y si el análisis de los acontecimientos históricos que hemos relatado y su relación con las visiones de Daniel resultan correctos, podemos decir que partiendo del año que inicia la profecía del rey del Norte y el rey del Sur, los 2.300 años de los tiempos de las naciones terminarían en el año 2020 de nuestra era, sin embargo el tiempo confirmará o corregirá estos cálculos.

       De todos modos, es importante comprender que para los seguidores de Jesús lo primordial no es saber con exactitud un día que solo el Padre conoce, si no el hecho de permanecer fieles en todo momento y considerar que como precursores de la futura presencia del Señor, deben ahora anunciar su proximidad a quienes confían en él.