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Los Nuevos Cielos y la Nueva Tierra

 

       1 Isaías escribió: «esta es la declaración de Yahúh, el creador de los cielos, el Dios que preparó y fundamentó la tierra, y que no la creó para la desolación; la formó para que fuese habitada: “Yo soy Yahúh y no hay otro”». (Isaías 45:18...19) «Mi palabra se efectuará exactamente. La palabra de mi boca no regresará a mí de vacío, sin que mi designio se haya realizado y sin que aquello que la motivó se haya cumplido»; (Isaías 55:11) «He aquí que configuro unos nuevos cielos y una nueva tierra, y las cosas anteriores no serán recordadas ni acudirán al corazón». (Isaías 65:17)

 

El fin de este mundo

 

       2 Desde la antigüedad los profetas predijeron el final de este mundo o sociedad humana, sometido por la rebeldía del hombre, a «las fuerzas espirituales malvadas que habitan las regiones celestes» (Efesios 6:12), y anunciaron el «Día ardiente como un horno», en el que «todos los arrogantes y todos los que practican la trasgresión serán como estopa» y «el Día que tiene que llegar, los abrasará... y no dejará de ellos raíz ni rama» (Malaquías 4:12)

También Pedro, refiriéndose a «los cielos y la tierra actuales» (2Pedro 3:7), escribe: «el Día de Yahúh se presentará como un ladrón, y entonces los cielos pasarán con un estruendo, y los elementos, intensamente calientes, se disolverán, mientras que la tierra y todo lo que hay en ella se consumirá» (2Pedro 3:10), y compara esta destrucción con la de los días de Noé, diciendo: «por la palabra de Dios, en la antigüedad fueron constituidos unos cielos y una tierra que surgió del agua y que estaba rodeada de agua, y por orden de la misma palabra, aquel mundo de entonces fue destruido por el agua del diluvio. Pues bien, por la misma palabra, los cielos y la tierra actuales están destinados al fuego y reservados para el Día de juicio y de la destrucción de los impíos». (2Pedro 3:57)

 

       3 La destrucción de aquel mundo de entonces no significó la destrucción del planeta, que según la Escritura, fue inundado y fuertemente sacudido, porque a esta catástrofe que aniquiló a una sociedad corrupta y violenta, sobrevivieron ocho personas.

Mucho después, Pablo escribe: «en aquel momento (en los días de Noé) su voz sacudió la tierra, y ahora promete: “una vez más sacudiré, no tan solo la tierra, sino también el cielo”, y al decir “una vez más” expresa que las cosas que sean sacudidas habrán llegado a su fin y serán eliminadas». (Hebreos 12:2627)

Igual que entonces, la anunciada “sacudida” de la “tierra” afectará sobre todo a la humanidad indiferente e impía que la habita, pero el planeta permanecerá, y bajo el reino de Dios, será restaurado y habitado por una nueva sociedad humana gobernada por el Cristo.

En armonía con esto, cuando Jesús mostró a sus discípulos lo que debían pedir a Yahúh en oración, dijo estas tres cosas en primer lugar: «sea santificado tu Nombre; venga tu Reino a nosotros y hágase tu voluntad tanto en la tierra como en el cielo». (Mateo 6:910)

 

       4 En el libro de la revelación de Jesús a Juan, se relata por medio de símbolos y alegorías los eventos de la instauración del reino de Dios en la tierra. Leemos: «El séptimo ángel tocó su trompeta, y potentes voces anunciaron desde el cielo: “En este momento el reino del mundo ha llegado a ser el reino de nuestro Soberano y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos”… y rindiendo homenaje a Dios», los divinos habitantes de los cielos dijeron: «Te damos gracias Yahúh, Dios Omnipotente que eres y eras, porque haciendo uso de tu gran poder, has establecido tu reino. Las naciones se han enfurecido, pero ha llegado tu ira y el momento de juzgar a los muertos y de recompensar a tus servidores los profetas, a los santos, y a los humildes o poderosos que muestran respeto por tu nombre, y de destruir a todos aquellos que destruyen la tierra». (Apocalipsis 11:1518)

Los discípulos de Jesús deben poner fe en esta promesa de Dios, como hizo Pedro, que declara: «Nosotros estamos esperando unos nuevos cielos y una nueva tierra según su promesa, que alberguen la justicia» (2Pedro 3:13). Y también Pablo se refiere a esta nueva tierra cuando dice: «Él (Dios) no somete a los ángeles la futura tierra habitada de la que nosotros hablamos», (Hebreos 2:5) la somete a «un hijo al que ha constituido heredero para siempre del universo que fue creado para él» (Hebreos 1:2), y este hijo, «tras haberse ofrecido una sola vez, para abolir por siempre los pecados de muchos, volverá a manifestarse de nuevo en una segunda ocasión, pero ya no en relación al pecado, sino a los que le esperan para ser salvados». (Hebreos 9:28)

 

       5 Un día, «cuando al salir del Templo, Jesús se alejaba, sus discípulos se le acercaron para mostrarle las construcciones del Templo. Pero él les dijo: “¿Veis todo esto? Yo os aseguro no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derruida». Más tarde, mientras descansaba «en el monte de los Olivos, sus discípulos se le acercaron en privado, y le dijeron: “Dinos ¿Cuándo sucederán estas cosas? y ¿Cuál será la señal de tu retorno y del final del mundo?» (Mateo 24:13)

Él les habló entonces de la destrucción de la ciudad; les dijo que muchos morirían dentro de sus muros, y que sus seguidores serían perseguidos por causa de su nombre (Lucas 21:20). Luego, refiriéndose a su retorno, predijo las señales que lo precederían, y advirtió a los que esperasen su llegada: «“Vigilad que no os engañen, porque muchos vendrán en mi nombre y dirán: “Yo soy el Ungido”, y engañarán a muchos! En torno a vosotros oiréis batallas, y también oiréis noticias de guerras. Ved de no alarmaros. Es necesario que todo esto ocurra, pero aún no es el fin”…» (Mateo 24:46)

 

       6 También les dijo: «Se instigará a etnia contra etnia y a reino contra reino, y habrá grandes catástrofes naturales (la palabra griega “sismoi” no se refiere solo a terremotos, también a todo tipos de desastres naturales), y según el lugar, epidemias y carestías; entonces ocurrirán fenómenos pavorosos y también en el cielo se producirán fenómenos extraordinarios». (Lucas 21:1011) «En aquel tiempo, habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y angustia en las naciones de la tierra por causa del bramido y de la agitación del mar, (la palabra “thalassa” expresa el oleaje del mar, y en la Escritura se aplica a las muchedumbres en conmoción. Ver Isaías 17:1213 y 57:20, y también Apocalipsis 17:15) mientras los hombres desfallecerán por el temor a la perspectiva de lo que viene sobre la tierra habitada, pues los poderes de los cielos serán sacudidos. En aquel tiempo verán al Hijo del Hombre llegando en una nube, (del mismo modo que los apóstoles le habían visto subir al cielo) con poder y gran gloria cuando vosotros veáis que comienzan a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza porque vuestra liberación está cercana». (Lucas 21:2528) Y después afirmó: «el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras permanecen». (Lucas 21:33)

 

       7 Jesús había dicho contemplando la ciudad: «¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como un ave reúne bajo las alas a su nidada! Pero no habéis querido. He aquí que se os abandona vuestra casa. Os digo que no volveréis a verme hasta que venga, cuando podáis decir: “¡Bendito el que llega en el nombre de Dios!”» (Lucas 13:34...35).

La Jerusalén que en el año setenta fue destruida, había rechazado y dado muerte al enviado de Dios, y aquel pueblo había dejado de ser para Yahúh una propiedad especial, siendo sustituido por aquellos que por la fe en Cristo, eran considerados por Él como la legítima descendencia espiritual de Abraham.

De hecho, el Pacto de la Ley, los sacrificios rituales, el Templo y la ciudad de Jerusalén habían ya cumplido la misión profética de conducir al pueblo hasta la llegada del prometido Mesías, que en virtud de su sacrificio, sería el mediador de un nuevo Pacto entre Dios y los hombres; un pacto de vida que entró en vigor cuando al ser resucitado, «Cristo, como sumo sacerdote de los bienes futuros» entró «una vez y para siempre en el Santo del tabernáculo (Templo) mayor y perfecto, que no ha sido construido por la mano del hombre, o sea, que no pertenece a esta creación, llevando consigo, no la sangre de machos cabríos y de toros jóvenes sino la suya propia, para procurarnos una redención eterna». (Hebreos 9:1112)

 

       8 En el año setenta de nuestra era, muchos discípulos de Jesús vieron el asedio y caída de la ciudad de Jerusalén, así como la destrucción de su Templo, que puso fin al ceremonial y a los sacrificios prescritos por la Ley. Sin embargo, algunos acontecimientos de su predicción se cumplirían en tiempos lejanos, y ninguno de aquellos discípulos podía vivir hasta ver las señales que anunciarían su retorno y el final de este mundo. Jesús las había dado a conocer para que llegado el momento, aquellos que estuviesen atentos a las Escrituras, pudiesen comprender la proximidad de su esperanza. Para ellos dijo: «cuando veáis suceder estas cosas, sabed que está cercano el Reino de Dios; de hecho, os digo que no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla». (Lucas 21:3132) E instándoles a permanecer atentos, advirtió: «Vigilaos, no sea que vuestros corazones estén cargados por el comer y el beber, y por las inquietudes de esta vida, y aquel Día llegue de repente sobre vosotros, puesto que llegará como un lazo sobre todos los que habitan la entera faz de la Tierra. Velad pues en todo momento, orando que seáis considerados dignos de escapar a todas las cosas que han de sobrevenir, y estar en pie delante del Hijo del hombre». (Lucas 21:3436)

 

La nueva tierra

 

       9 Jesús había dicho a la multitud: «Bienaventurados los dóciles, porque ellos poseerán en herencia la tierra» (Mateo 5:5).

Unos setecientos años antes, el profeta Isaías había escrito: «Yahúh dice: “¡Mirad! Voy a crear unos cielos nuevos y una tierra nueva, los anteriores ya no serán mencionados ni acudirán a la memoria; y los que crearé traerán alegría y regocijo para siempre, porque haré de Jerusalén (los nuevos cielos o gobierno del Cristo) regocijo y de su pueblo (toda la humanidad que pueble la tierra) alegría, y yo me regocijaré por Jerusalén y me alegraré por mi pueblo, y jamás se oirán allí lloros y lamentos». (Isaías 65:1719) En aquel día, las gentes «edificarán casas y morarán en ellas; plantarán viñas y comerán su fruto. No edificarán y otro las habitará ni sembrarán y otro comerá. Como los días de los árboles serán los días de mi pueblo y mis escogidos perpetuarán las obras de sus manos; no trabajarán en vano ni darán a luz para desasosiego, porque ellos son la simiente de los benditos de Yahúh, y con ellos, sus descendientes. Y ocurrirá que antes de que pidan, yo les responderé, y mientras ellos estén hablando, yo ya les habré escuchado». (Isaías 65:2124)

 

       10 Esta Jerusalén que Dios denomina “regocijo”, no es una ciudad terrestre sino la que se conoce en las Escrituras cristianas como la “Nueva Jerusalén”, por este motivo y en armonía con la profecía de Isaías, Juan escribe: «vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el cielo anterior y la tierra anterior habían desaparecido, y el mar (la humanidad turbulenta) ya no existe. Y vi como Dios hacía descender desde el cielo a la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, adornada como una novia para su esposo. Entonces oí una voz potente que provenía del cielo y dijo: “El templo de Dios está con la humanidad y permanecerá con a ella porque será su pueblo, y Dios mismo intervendrá en su favor y enjugará toda lágrima de sus ojos, ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque las cosas anteriores han pasado”. Y Aquel que se sienta en el trono me dijo: “¡Mira! hago nuevas todas las cosas” y siguió: “Escribe, porque estas palabras son fieles y veraces». (Apocalipsis 21:2..5)

 

       11 Mientras Juan contemplaba en visión los acontecimientos del Gran Día de Yahuh, oyó unas voces que anunciaban: «el reino del mundo ha llegado a ser el reino de nuestro Soberano y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos». (Apocalipsis 11:15)

Estas palabras significan que Jesús reinará sobre “la nueva tierra habitada” (Hebreos 2:5) predicada por los apóstoles. En aquel día, «de Sión saldrá la Ley y la palabra de Yahúh desde Jerusalén (la Nueva Jerusalén). Él (Cristo) juzgará entre las naciones y corregirá a muchas gentes; juzgará entre las gentes e instruirá a muchos pueblos, y ellos convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas; ya no alzarán la espada nación contra nación, ni volverán a ejercitarse para la guerra». (Isaías 2:3..4) Entonces Dios «Destruirá la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y eliminará de la tierra el quebranto de su pueblo». (Isaías 25:8)

 

Los nuevos Cielos

 

       12 Escribe Pablo que en una visión, fue transportado al “tercer cielo” (2Corintios 12:2). En la Escritura, el primer cielo se refiere a la atmósfera que rodea nuestro planeta, el segundo es el inmenso universo de nuestra dimensión material y el tercero, el lugar de la presencia de Dios. Y puesto que todos estos cielos” están situados por encima de la humanidad, este término también expresa supremacía o gobierno.

Los Nuevos Cielos designan por tanto al gobierno del Cristo, cuya composición y funciones se ilustran en la Escritura mediante alegorías y simbolismos, porque como dice Pablo, existen cosas que no pueden expresarse «en un lenguaje sugerido por la sabiduría humana, sino en aquel que nos ha sido enseñado por el espíritu, para expresar cosas espirituales en términos espirituales». (1Corintios 2:1113)

 

       13 Dios había dicho por medio de Isaías: «Tu pueblo, todos los justificados, heredarán para siempre la tierra, el retoño de mi plantío y la obra de mis manos para manifestar mi gloria. Entonces el pequeño llegará al millar y el menor será un gran pueblo, porque yo, Yahúh, obraré con presteza a su tiempo». (Isaías 60:21...22)

Esta profecía que tuvo un cumplimiento limitado cuando Jerusalén fue reconstruida en el período de Zorobabel a Nehemías, tendrá su mayor y definitivo cumplimiento cuando Dios establezca su reino sobre la tierra.

En el libro del Apocalipsis, leemos que el apóstol Juan oyó un canto nuevo en honor al Cordero de Dios, que decía: «Digno eres de recibir el rollo y de abrir los sellos, porque tú fuiste sacrificado y con tu sangre rescataste para Dios, a personas de toda tribu, lengua, pueblo y nación, haciendo de ellos reyes y sacerdotes de nuestro Dios, para que reinen sobre la tierra» (Apocalipsis 5:910). Juan vio también a todos los justificados que formaban parte de los Nuevos Cielos o gobierno de Cristo, y escribe: «Entonces vi al Cordero en pié sobre el Monte Sión, y con él, a ciento cuarenta y cuatro mil que tenían escrito sobre sus frentes el propio nombre y el nombre de su Padre». (Apocalipsis 14:1) «Estos son los que siguen al Cordero doquiera que vaya, y han sido adquiridos de la humanidad para ser las primicias para Dios y para el Cordero» (Apocalipsis 14:4)

 

       14 Las personas de esta multitud no solo procedían del pueblo judío, como los apóstoles y los primeros discípulos, pues venían de los distintos pueblos de la tierra y representaban simbólicamente a las doce tribus de Israel, constituyendo un nuevo Israel espiritual. Son todos aquellos que habiéndose unido a la muerte de Jesús por medio del bautismo en su nombre, Dios considera como legítima descendencia de Abraham por causa de la fe mostrada, participando con él de esta promesa: «Te favoreceré, te bendeciré y te acrecentaré; multiplicaré tu descendencia que será como las estrellas de los cielos y como la arena de la orilla del mar (que no puede contarse)… y todas las naciones de la tierra serán bendecidas por medio de tu descendencia, porque tú has escuchado mis palabras». (Génesis 22:1718)

Pablo explica: «la promesa se le hizo a Abraham y a su progenie; no dice a sus “progenies” como hablando de muchas, sino que hablando de una sola dice: “tu progenie”, que es Cristo… y por causa de la fe en Jesús Cristo, ahora sois todos hijos de Dios, y todos vosotros, los que habéis sido bautizados en Cristo, sois parte del Cristo. Por esto ya no hay judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre o mujer, todos vosotros sois uno con Jesús Cristo. Y de acuerdo con la promesa, si pertenecéis al Cristo, también sois herederos y descendencia de Abraham». (Gálatas 3:16, 2629)

 

       15 En armonía con esto, dice Pablo: «De hecho, la circuncisión y la incircuncisión no son nada, lo importante es una nueva creación. Que haya paz y misericordia sobre el Israel de Dios, y sobre todos los que caminarán según estas normas» (Gálatas 6: 15...16), y realmente, el Israel de Dios formado por la descendencia que integra el cuerpo de Cristo, es una creación nueva, algo que no existía antes del día de Pentecostés.

Pedro la describe como «una descendencia elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo que Dios ha adquirido para sí», (1Pedro 2:9) y les dice «Ahora que os habéis dado cuenta de cuan generoso es el Señor, acercaos a él, “piedra viviente” rechazada por los hombres pero escogida y preciosa para Dios, de modo que también vosotros seáis edificados como piedras vivientes”, para formar una casa (o templo) espiritual, un sacerdocio santo que ofrece a Dios mediante Jesús Cristo, gratos sacrificios espirituales» (1Pedro 2:35).

Estas piedras vivientes que se apoyan en la piedra angular que es Cristo, representan a los que Dios «ha llamado según su propósito… y que desde el principio ha reconocido y ha designado a ser modelados en semejanza de su Hijo, para que él sea el primogénito de muchos hermanos». (Romanos 8:2829)

 

La Nueva Jerusalén o Israel de Dios

 

       16 Cada uno de los designados por Dios, pertenece al cuerpo de Cristo, que es su cabeza, y entre ellos «no existe ni judío o griego, ni circunciso o incircunciso… solo existe la unidad en Cristo», (Colosenses 3:11) la unidad de pensamiento, propósitos y objetivos, compartidos por los que forman parte de la Nueva Jerusalén, «la ciudad santa que Dios hace descender del cielo», (Apocalipsis 21:911) y que «no necesita la luz del sol o de la luna, porque está iluminada por la gloria de Dios a través de su lámpara que es el Cordero. Las naciones caminarán guiadas por su luz y los reyes de la tierra le cederán su gloria... En ella no entrará nada que sea impuro ni ninguno que sea abominable o mentiroso; solamente aquellos que hayan sido inscritos en el libro de vida del Cordero». (Apocalipsis 21:23...27) La llamada que estos reciben, procede de Yahúh mismo, como ocurría en tiempos apostólicos, y por esto «no depende de quien desea ni de quien propone, sino de la misericordia de Dios». (Romanos 9:16)

Cuando Pablo rememora la fe de los profetas y de los hombres fieles de la antigüedad, dice que algunos: «fueron lapidados, segados a trozos, sometidos a tortura, o muertos por la espada», mientras que otros «anduvieron errantes, cubriéndose con pieles de oveja y de cabra, privados de todas las cosas, en tribulaciones y en malos tratos, pues el mundo no era digno de ellos! Sin embargo, a pesar de que todos ellos recibieron tan buen testimonio a causa de su fe, no alcanzaron la promesa porque Dios había preestablecido para nosotros (el cuerpo de Cristo) algo mejor, de manera que ellos no alcanzasen la perfección sin nosotros». (Hebreos 11:3740)

Esto significa que antes de que tantos fieles servidores de Dios pudiesen alcanzar la promesa de una resurrección a la vida sin muerte en la tierra prometida, la nueva Jerusalén o administración de Cristo, debía ser establecida.

 

       17 Las declaraciones de los antiguos profetas, de los apóstoles y los discípulos de Jesús, a través de los siglos revelan por medio de alegorías o imágenes simbólicas, los designios de Dios para la humanidad. Pablo declara que estas cosas forman parte del «secreto sagrado mantenido oculto desde tiempos remotos, pero dado a conocer ahora por medio de las Escrituras proféticas, para que por disposición del Dios eterno, la obediencia a la fe se dé a conocer entre todas las naciones» (Romanos16:26)

Algunos años después de la muerte de los apóstoles y primeros discípulos, la Buena Nueva y las cartas apostólicas sufrieron algunos intencionados retoques e interpolaciones, que contrastan la doctrina revelada, torciendo su sentido con el fin de sostener unas ideas más tarde convertidas en dogmas. Hoy en día estos retoques son bien conocidos, pero no se eliminan del texto por ser considerados tradición eclesiástica.

Sin embargo, hay que tener presente el hecho de que las Escrituras canónicas, desde el Génesis a la Revelación o Apocalipsis, están en perfecta armonía, transmitiendo un mismo mensaje y constituyendo la única fuente de enseñanza para los discípulos de Cristo. Una enseñanza que debe ser impartida y defendida sin temor, pues aunque como Pablo dice, estas cosas resultan «un absurdo para los que van a perecer… tal como por medio de su propia filosofía, el mundo no ha conocido a Dios, Él, en su sabiduría, ha juzgado apropiado salvar a los que creen por medio de algo que se considera absurdo: las cosas que nosotros proclamamos. Y mientras los judíos piden pruebas y los griegos van tras la filosofía, nosotros proclamamos el sacrificio de Cristo, que para los judíos es motivo de tropiezo y para las naciones, un absurdo. Pero para los que tienen la llamada, sean judíos o griegos (israelitas o personas de otras naciones), Cristo es el poder divino y la sabiduría divina, que lo simple para Dios, está más allá de la sabiduría humana, y lo ligero para Dios, está más allá del poder humano». (1Corintios 1:1825)

 

       18 No obstante, Pablo advierte: «Quiero recordaros hermanos, que la buena nueva que yo os he anunciado, la que vosotros habéis escuchado y en la que perseveráis, permitirá que seáis salvados siempre que os atengáis a ella tal y como yo os la he declarado ¡De otro modo habríais creído en vano!». (1Corintios 15:1..2) Esforcémonos pues por «recordar correctamente las palabras de los santos profetas, y las instrucciones que el Señor y Salvador nos ha transmitido por medio de los apóstoles» (2Pedro 3:2), mientras aguardamos el Día del Yahúh, confiando plenamente en que, «en armonía con su polifacética sabiduría, Dios lleva a cabo su secular propósito por medio de nuestro señor Jesús Cristo». (Efesios 3:1011)