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Las Profecías Bíblicas del Mesías

 

Después de ser resucitado, Jesús se apareció a sus discípulos para consolarles y despedirse de ellos, y les dijo  “... era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”. (Lucas 24:44)

 

Introducción

 

1 Antes de hablar de profecías mesiánicas en particular, es importante considerar algunas cosas que se refieren al Antiguo Pacto o Testamento (AT) y su transmisión hasta nuestros días. Los relatos canónicos del Antiguo Testamento, fueron registrados a través de un período de casi 1.100 años; Moisés los inició hacia el año 1495 antes de Cristo, con el libro del Génesis y los concluyó el profeta Malaquías, cómo hacia el año 420 a.C. A pesar de los largos períodos que a veces separan a sus distintos autores, los textos registrados suscitan una profunda impresión, ya que, en armonía con las Escrituras griegas del NT, revelan desde el primero al último, la imperiosa necesidad de una redención para la humanidad, sometida al pecado y la muerte, y reflejan la esperanza de salvación que el Ungido o Mesías de Dios proporcionará, estableciendo en toda la tierra una justicia eterna. Esta esperanza está fundamentada en las promesas de Dios a través de sus profetas, que desvelan el cometido y detallan la ascendencia del enviado, así cómo el tiempo y el lugar de su nacimiento, la trayectoria de su vida, las circunstancias de su muerte, la fidelidad que mostraría, y su triunfo en la misión que le había sido encomendada.

 

2 Los relatos bíblicos nos hablan de un salvador, de un hijo de Dios que renuncia a su vida previa en los cielos y nace cómo hombre entre el pueblo que le estaba esperando y que sin embargo le rechazó. Él, que no había heredado de Adán la tendencia al pecado, fue el único hombre que pudo vivir irreprochablemente el espíritu y la letra de la Ley entregada a Moisés, conquistando el derecho a la vida sin muerte que Dios otorgaba a través de ella, puesto que esta escrito: “...el hombre que cumpla mis leyes vivirá gracias a ellas”. (Levítico 18:5) Así llegó a ser el único hombre libre de la muerte.

Este Mesías era directamente hijo de Dios cómo lo fue Adán, por esto puede ser considerado cómo un hermano suyo y este vínculo le concedía la facultad de redimir a sus descendientes, cómo lo había dispuesto Dios en la Ley de Israel, de modo que él, con su vida sin pecado, pagó el precio que liberaba a la humanidad de la esclavitud a la muerte.

 

3 Por este motivo dice Pablo: “Está escrito que el primer Adán fue hecho alma viviente, mientras que el último Adán, un espíritu dador de vida”. (1Corintios 15:45) Y refiriéndose a que la Ley reflejaba la necesidad de un rescate que pondría al alcance de los hombres la bendición de Dios y la vida perdurable, escribe: La Ley solo contiene una sombra de los bienes futuros, no la realidad misma de las cosas, (Hebreos 10:1) pues es “...la prefiguración de cosas futuras, pero la realidad es Cristo”. (Colosenses 2:17) Y explica: “...todo sumo sacerdote es nombrado para presentar ofrendas y sacrificios, de modo que era necesario que él también tuviese algo que ofrecer... … y si la sangre de machos cabríos y de toros jóvenes... sobre los que están contaminados, purifica su cuerpo y los santifica, cuanto más la sangre de Cristo, que se ofreció a si mismo sin mácula a Dios una sola vez y para siempre, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para poder servir al Dios vivo. Él es pues el mediador de un nuevo pacto o testamento, y habiéndose producido una muerte cómo redención de las transgresiones cometidas bajo el primer pacto o testamento, los que son llamados, pueden recibir la herencia eterna que les fue prometida. (Hebreos 8:3 y 9:13-15)

 

4 El desarrollo de este argumento constituye el tema de la Biblia entera; un tema que a pesar de su complejidad, Pablo sintetiza en pocas palabras cuando dice: “...tal cómo por la trasgresión de un solo hombre, muchos han sido constituidos pecadores, por la obediencia de un solo hombre, también muchos han sido constituidos justos”. (Romanos 5:19) Mientras Pedro recuerda a todos los judíos y prosélitos dispersos por el Ponto, la Galacia, la Capadocia, el Asia y la Bitinia, que desde la antigüedad, las cosas sucedidas a Jesús habían sido anunciadas al pueblo de Israel, y escribe: Los profetas que predijeron el generoso don que os estaba reservado, examinaban e investigaban esta salvación mientras testificaban por adelantado los sufrimientos de Cristo, y la gloria que seguiría después”. (1Pedro 1:10-11)

 

5 Ya unos 730 años antes del nacimiento de Cristo, Isaías había hablado de un Mesías sufriente, profetizando el rechazo de la nación de Israel; sin embargo, las profecías nos hablan también de un Mesías triunfante, que resucitado por Dios, es revestido por él de gloria y de poder. En uno de los salmos de los hijos de Coré leemos: “...Dios te ha bendecido para siempre... y por causa de la justicia, tu majestad avanza triunfante sobre hechos de fidelidad... Tu trono ¡Oh divino! es perdurable y eterno. Cetro de rectitud es el cetro de tu reino; has amado la justicia y odiado la ilegalidad, por tanto ¡Oh divino!, tu Dios, te ha ungido con óleo ceremonial por encima tus compañeros.” (Salmo 45:2, 6-7) Y recordando este salmo, Pablo dice al describir la gloria alcanzada por Cristo: “...del Hijo se dice: “¡Oh divino! Tu trono es por los siglos de los siglos y el cetro de tu reino es un cetro de rectitud. Tu has amado la justicia y odiado la ilegalidad, por esto ¡Oh divino! has sido ungido con el óleo del ritual sobre tus compañeros, por tu Dios”. (Hebreos 1:8-9)

 

6 Así, en relación al propósito de Dios para el hombre, en el AT se ilustran dos aspectos de un mismo Mesías, y si bien las profecías que se refieren a su glorioso retorno cómo rey de justicia nombrado por Dios, tienen un cumplimiento aún futuro, las que se refieren a su nacimiento en Israel cómo hombre, a su vida, a su muerte y a su resurrección, han quedado plenamente consumadas. Encontramos en las Escrituras más de 330 profecías mesiánicas muy detalladas y extremadamente específicas, cuya autenticidad puede ser probada en base a referencias y hechos históricos, y que tuvieron un cumplimiento literal en Jesús de Nazaret, un personaje verdadero, muchas veces discutido y refutado cómo le sucedió durante su vida en la tierra, pero innegablemente histórico. Es pues importante considerar y conocer las razones que imposibilitan el hecho de que las profecías cumplidas en él sean una interpolación, o sea, una falsificación posteriormente incorporada en las Escrituras por sus seguidores.

 

7 A partir del año 1947, se hallaron a orillas del Mar Muerto, en muchas de las grutas que hay en la región del Qumran, numerosos manuscritos bíblicos. Este hecho provocó un gran revuelo entre estudiosos y arqueólogos, ya que los rollos encontrados abarcan todos los libros del Antiguo Testamento, excepto el llamado libro de Ester, y se remontan a tiempos anteriores a nuestra era cristiana. Pues bien, el libro del profeta Isaías registra muchas profecías mesiánicas y por este motivo, el hallazgo de un rollo entero de este profeta resulta de la mayor importancia. El texto está escrito sobre pergamino de piel de cabra y en idioma hebraico no vocalizado; el rollo, en un estado de conservación verdaderamente extraordinario, está formado por 15 piezas cosidas una a otra, y mide 7,30 m. de longitud por 26 cm. de amplitud; actualmente está en posesión del estado de Israel, donde ha sido fotografiado en su tamaño natural y publicado por entero, siendo accesible a cualquiera que esté interesado, a través del libro Scrolls from Qumran Cave’.

En lo que a su edad se refiere, el profesor André Lamorte escribe: ‘El rollo del profeta Isaías es considerado hoy y definitivamente, copiado antes de la era cristiana. El parecer de los expertos en cuanto a su datación, varía generalmente entre el inicio del primer siglo antes de Cristo y el final del segundo...’ Resultaría pues absurdo dudar de la legitimidad de las profecías mesiánicas que se encuentran en él.

 

8 Además, la veracidad de las profecías mesiánicas de los demás libros canónicos del AT, también puede ser corroborada por los manuscritos del Mar Muerto. Frank Moore Cross dice en su libro La Antigua Biblioteca del Qumran y la ciencia Bíblica, que el hallazgo de estos manuscritos hace imposible poner en duda cualquiera de los libros de los profetas anteriores, cómo los cinco primeros libros de Moisés, el libro de Josué, el de Jueces, 1º y de Samuel y el 1º y 2º de los Reyes, y también los de los profetas posteriores, que son Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, Daniel, Joel, Amós, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Ageo, Zacarías y Malaquías. Del libro del profeta Daniel se han encontrado numerosos fragmentos, y uno de ellos que fue hallado en la gruta IV, ha sido datado por los paleógrafos, hacia finales del siglo segundo antes de Cristo.

 

9 Por otro lado, aparte de estos manuscritos que certifican la fidelidad de las versiones hebreas que han llegado hasta nosotros, la traducción alejandrina del AT ofrece otra prueba de la genuinidad de las profecías mesiánicas de las Escrituras. Esta versión es una trascripción griega del entero AT, y se realizó hacia el año 285 antes de Cristo, por encargo del rey egipcio Ptolomeo Filadelfo. Según se afirma en ella, colaboraron en la traducción 72 expertos hebreos y por este motivo se la conoce con el nombre de ‘Septuaginta (LXX)’ o ‘Versión de los Setenta’.      El hebreo Aristóbulo escribe a principios del segundo siglo que precedió a nuestra era, que la trascripción de ‘La Ley’ al griego llegó a completarse durante el reinado de Ptolomeo Filadelfo, y si bien esta expresión se refiere normalmente a los cinco primeros libros de las Escrituras, puede de hecho ser aplicada a todo el AT, de modo que las palabras de Aristóbulo nos descubren la posibilidad de que la trascripción griega estuviese ya disponible a finales del siglo tercero antes de Cristo.

Hoy en día existen varias versiones procedentes de esta traducción alejandrina ¿Cómo pues hubiese sido posible cambiar posteriormente y en favor de Jesús, unas profecías escritas en el idioma más conocido de aquel tiempo y divulgadas desde 200 años antes de su nacimiento?

 

10 Para corroborar el cumplimiento en Jesús de las profecías mesiánicas, tenemos a disposición un notable número de fuentes históricas. Son importantes los escritos del historiador hebreo Josefo Flavio (años 37 a 100 después de Cristo) porque en dos de sus obras, Las Guerras Judaicas (De Bello Judaico) y Las Antigüedades Judías (Antiquetates Judaicae), relata la historia del pueblo hebreo desde el año 175 a.C. hasta el 70 de nuestra era. También lo son las fuentes y las declaraciones de Tácito (años 55 a 118 d.C. aproximadamente), de Thallos (hacia el 52 d.C.), de Tertuliano (2º siglo d.C.), de Casio Dión, (2º - 3er siglo d.C.) de Julio Africano (3er siglo d.C.) así cómo las del Talmud hebraico, aunque el testimonio más importante se encuentra en las Escrituras del Nuevo Pacto o Testamento.

 

11 Según manifiesta Kurt Aland, directivo del Instituto Germano-Occidental para el estudio del Nuevo Testamento, con sede en Münster, el NT ha sido transmitido a través de 5.300 manuscritos griegos, sin contar a los aproximadamente 9.000 manuscritos de traducciones antiguas y las decenas de miles de citas bíblicas realizadas durante los primeros siglos por los llamados Padres de la Iglesia. Todas estas certificaciones acreditan manifiestamente su transmisión fidedigna; es importante considerar que la distancia cronológica entre los escritos originales y los más antiguos manuscritos hallados, es solamente de unos 35 a 250 años, y además, todos los escritos del Nuevo Pacto o Testamento fueron compilados en tiempos apostólicos, entre el año 32 y el 96 de nuestra era, de manera que son atendibles y de una gran fiabilidad.

 

12 Con respecto a los cuatro evangelios, tres de ellos, el de Mateo, el de Marcos y el de Lucas, fueron escritos antes de la destrucción de Jerusalén que ocurrió en el año 70 de nuestra era, y tuvieron una amplia y rápida difusión; por este motivo, cualquier infidelidad a la realidad histórica de los acontecimientos relatados, hubiese suscitado su inmediata impugnación por parte de los judíos y el subsiguiente descrédito del cristianismo naciente. Pero puesto que los hechos narrados en ellos eran históricos e irrefutables, la lucha contra los cristianos no se centró en desmentidos si no en la difusión de calumnias y sospechas maliciosas, que dieron lugar a las persecuciones físicas.

Por otro lado, resulta impensable que algunos hombres de prestigio dentro del judaísmo de su tiempo, cómo lo eran Nicodemo, un miembro del Sanedrín, o Saulo de Tarso y el alejandrino Apolo, unos doctores de la Ley, se interesasen en el cristianismo y convirtiéndose a una fe nueva, intentasen sostenerla con argumentos basados en cuentos y hechos seudo-históricos.

 

13 A menudo se argumenta en detrimento de la credibilidad de las profecías mesiánicas, que su cumplimiento se debe tan solo a la casualidad, pero recurriendo al cálculo de probabilidades, esta opinión resulta fácilmente rebatible, puesto que las profecías mesiánicas son más de 330 y la probabilidad matemática de que todas se cumpliesen casualmente en un mismo individuo, sería de una entre 10 elevado a 99 (1:10 elevado a 99) una cifra no representable por su magnitud, aunque podemos hacernos una idea si pensamos que los electrones contenidos en el entero universo conocido, son 10 elevado a 130. Con esto comprenderemos inmediatamente, que con respecto al conjunto de las profecías mesiánicas consumadas en Cristo, no es sensato considerar siquiera la posibilidad de un cumplimiento casual.

 

14 Cómo conclusión podemos aún considerar algunas cosas en relación a la naturaleza de las profecías mesiánicas; por ejemplo, que las profecías que hablan del Mesías de Dios, no se encuentran solamente en los escritos de los profetas, se repiten también en los escritos de Moisés y en los demás libros del AT.

Por ejemplo, en el libro del Génesis, Dios mismo da testimonio de su Mesías cuando leemos: “...Yahúh Dios se dirigió a la serpiente para decirle: “Puesto que has hecho esto ... … pondré enemistad entre ti y la mujer y entre tu progenie y la suya; él te aplastará la cabeza y tu le herirás en el talón”. (Génesis 3:14-15) Y en los Proverbios de Salomón, el hijo de Dios destinado a aplastar la cabeza de la serpiente y a redimir a la humanidad, se da a conocer a los hombres antes de ir a ellos, y les habla de su cometido, de su origen, de su amor y de la esperanza que pueden albergar, diciendo: “...‘A vosotros, hombres, llamo; mis palabras son para los hijos de los hombres... Escuchad, porque hablaré palabras importantes...  recoged mi instrucción en vez de plata, y sabiduría en vez de oro escogido... yo voy por unos caminos de justicia, por unos senderos de juicio, para que aquellos que me aman hereden hacienda y yo llene sus tesoros. Yahúh me creó cómo primicia de su camino, antes de sus obras más remotas... cuando fijó los cielos, yo estaba allí, cuando sobre la faz del abismo diseñó una esfera... cuando puso límite al mar para que las aguas no sobrepasasen su orilla, cuando dispuso los fundamentos de la tierra, fui entonces a su lado artífice... y gozaba en el mundo, su tierra, y mi afecto estaba con los hijos del hombre... escuchad pues la instrucción, no la descuidéis y sed sabios; la dicha del hombre es escucharme, mientras vela día a día a mis puertas, aguardando en el dintel mi llegada, porque aquel que me halla, halla la vida y obtiene el favor de Yahúh...” (Proverbios 8:1-35)

 

15 Muchas de estas profecías emplean el perfecto profético, o sea, un término técnico particular de la gramática hebraica y con esto, los tiempos verbales futuros, del pretérito perfecto y del el pasado remoto, enfatizan la sensación de unidad en el tiempo de sus mensajes y la certeza de su consumación. Así encontramos referencias al Mesías sufriente y al Mesías triunfante en un mismo párrafo, y es que para Yahúh, el autor de la profecía, el tiempo tiene una dimensión muy diferente de la que tiene para el hombre; de hecho, su nombre significa en realidad, Aquel que era, que es y que será, (Apocalipsis 1:4) aludiendo en sentido absoluto a su existencia eterna. El nombre con el que se nos da a conocer, muestra que él no está sujeto a cambio alguno en el tiempo y que puede, con su presciencia de las cosas futuras, hacer saber a sus profetas las cosas por venir.

La Biblia habla de la ‘prognosis’ de Dios, o sea de su presciencia o su preconocimiento, por esto Pedro dirige su primera carta a “los elegidos de antemano por Dios Padre…”; (1Pedro 1:1-2) sin embargo, el que Yahúh preconozca profundamente a las personas, no excluye o limita el libre albedrío y la capacidad de decisión de los hombres ni su correspondiente responsabilidad. Pablo escribe: “Nosotros sabemos que Dios hace cooperar todas sus obras para el bien de los que le aman, o sea, de aquellos que él ha llamado según su propósito, que son los que desde el principio ha reconocido y ha designado para ser modelados a semejanza de su Hijo, para que él sea el primogénito de muchos hermanos”. (Romanos 8:28-29) Pero verdaderamente, ninguno obliga a estos designados a escuchar la llamada de Dios, ya que todos los hombres son libres de elegir su camino, y comprendiendo que solo una parte de los que fueran llamados estaría dispuesto a seguirle, Jesús dijo: “...muchos son llamados, pero son pocos los elegidos”. (Mateo 20:16)

 

16 Las Escrituras cristianas del Nuevo Pacto o Testamento, nos enseñan que mediante la profecías mesiánicas puede demostrarse, en el verdadero sentido de la palabra, que Jesús de Nazaret fue el Mesías preanunciado y esperado por los profetas.

Relata Lucas que Pablo, que tan bien conocía las Escrituras por ser Doctor en al Ley, “...se crecía y confundía a los judíos que vivían en Damasco, demostrándoles que aquél era el Cristo”, por lo que “...al cabo de algún tiempo, los judíos tomaron la decisión de matarle”. (Hechos 9:22-23) Y también habla de que: “Un judío, de nombre Apolo, alejandrino de nacimiento y hombre elocuente, llegó a Éfeso. Era un experto conocedor de las Escrituras que había sido instruido en el Camino del Señor, y siendo ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba con exactitud las cosas referentes al Jesús, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Este había comenzado a hablar con valentía en la sinagoga, y habiendo oído hablar de él, Aquila y Priscila le tomaron consigo y le expusieron más exactamente la vía de Dios. Entonces él quiso pasar a la Acaya. Los hermanos le animaron a hacerlo así y escribieron a los discípulos para que le recibieran, y una vez allí, ayudó a los que habían creído por medio del don que había recibido, pues incansablemente argüía en público con los judíos, demostrándoles con las Escrituras, que Jesús era el Cristo”. (Hechos 18:24-28)

 

17 Ante los hebreos, Pablo y Apolo empleaban las Escrituras del pacto antiguo cómo demostración de la fe cristiana. En el original del texto de Hechos 9:22, la palabra ‘demostrándoles’ traduce el término griego symbibazo, que indica una demostración a través de conclusiones lógicas alcanzadas mediante el material aportado cómo prueba; y en Hechos 18:28, traduce el término epideiknù, que indica una exposición evidente y clara, probatoria de los motivos de la demostración.

Nunca se enfatizará suficientemente el hecho de que ninguna creencia religiosa, fuera del cristianismo bíblico, conoce y puede ofrecer esta clase de demostración probatoria.

 

 

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Capítulo Primero

 

El momento histórico de la llegada del Mesías

 

1 El noveno capítulo del libro del profeta Daniel es de gran importancia dentro de las profecías bíblicas, puesto que predice con exactitud el momento de la presentación del Mesías o Ungido de Dios, ante el pueblo de Israel. (Mesías en hebreo = Cristo en griego = Ungido en castellano)

La profecía dice así: “1 En el año primero de Darío, el hijo de Asuero del linaje de los Medos, que reinó sobre el reino de los Caldeos, 2 durante el año primero de su reinado, yo, Daniel, advertí en los libros el número de años que, según la palabra de Yahúh a Jeremías el profeta, transcurrirán hasta quedar cumplida la desolación de Jerusalén; setenta años. 3 Entonces volví mi rostro al Señor Dios para inquirir orando y rogando, en ayuno, saco y ceniza... … 21 Y mientras yo hablaba orando, aquel varón Gabriel... vino a mí hacia la hora del sacrificio de tarde 22 para esclarecerme y me habló diciendo: Daniel, ahora he venido para instruirte en conocimiento; 23 al iniciarse tus ruegos, partió el mandato y yo he venido a informarte pues eres un varón bien amado. Pon atención al mensaje y discierne la visión: 24 ‘Setenta semanas se ha decretado sobre tu pueblo y tu ciudad santa, para cerrar la trasgresión y para sellar los pecados, perdonar la iniquidad y traer justicia eterna; para concluir profecía y profeta, y ungir al Santo de los santos. 25 Conoce pues y comprende: desde que parte el mandato de restaurar y edificar Jerusalén, hasta el caudillo ungido, son siete semanas y sesenta y dos semanas. Plaza y muros tornarán a ser edificados, aunque en tiempos difíciles, 26 y después de las sesenta y dos semanas, el Ungido será suprimido sin causa; entonces la ciudad y el santuario serán destruidos por el pueblo de un soberano que sobrevendrá y terminara por invadirla,  y al final de la guerra se decretará su desolación. 27 Pero en una semana él establecerá un pacto para muchos, y a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y la ofrenda; entonces habrá profanaciones aterradoras por causa del asedio, y lo decretado se derramará hasta la desolación”. (Daniel 9: 1-3 y 21-27)

 

Las semanas de años del profeta Daniel

                                                                       

2 En primer lugar es importante comprender el significado de la expresión: semanas de años. La palabra hebrea shabua corresponde exactamente a la palabra griega eptade, que designa una composición de siete. Ahora bien, en el contexto de Daniel 9, la palabra shabua que se refiere normalmente a una semana de siete días, solo puede significar una eptade de años. Esto no resultaba nuevo para los hebreos del AT, porque en la Ley entregada a Moisés, Dios había ya ordenado al pueblo de Israel que contasen con ciclos de semanas de años. Cada siete años debía dejarse descansar la tierra sin cultivarla, y cada vez que los siete años trascurrían siete veces, debía celebrarse la fiesta del jubileo. (Levítico 25: 1-7, 8-13)

 

La fecha del decreto de la reconstrucción de Jerusalén

 

3 De acuerdo con los primeros versículos del noveno capítulo del libro de Daniel, esta profecía mesiánica se inicia en el año 539 antes de Cristo, el año en que Ciro conquistó Babilonia y colocó a Darío el Medo en el trono, mientras Jerusalén yacía destruida. En los versículos 25 y 26 leemos literalmente: “Conoce pues y comprende: desde que parte el mandato de restaurar y edificar Jerusalén, hasta el caudillo ungido, son siete semanas, y sesenta y dos semanas. Tornarán a ser edificados plaza y muros, pero en tiempos difíciles; y después de las sesenta y dos semanas, el Ungido será suprimido sin causa; entonces la ciudad y el santuario serán destruidos por el pueblo de un príncipe que vendrá, y su fin será por invasión, y al final de la guerra, se decretará su desolación”. De modo que desde el momento que se dio la orden de reedificar la ciudad de Jerusalén, hasta que el Mesías o Ungido de Dios se diese a conocer, tenían que transcurrir 69 semanas de años, o sea, 69 veces 7 años, que resultan 483 años.

 

4 En el segundo capítulo del libro de Nehemías se describe detalladamente el momento de la proclamación de este decreto tan importante para la historia del pueblo de Israel. Leemos: “1 Y ocurrió que en el mes de Nisán, el veinteavo año de Artajerjes, tenía el rey ante él el vino y yo se lo serví; nunca había estado triste en su presencia, 2 así que el rey me dijo: ‘¿Cómo es que tu rostro está triste? No es que estés enfermo, no es esto, solo tienes triste el corazón’; entonces me atemoricé muchísimo 3 y le dije: ‘¡Vida al rey por siempre! Pero ¿Por qué no iba a estar triste mi rostro, cuando la ciudad de la casa y de las sepulturas de mis padres está en ruinas, y el fuego ha consumido sus puertas?’ 4 Entonces me dijo el rey: ‘¿Que es lo que quieres?’ Así que oré al Dios de los cielos 5 y le dije al rey: ‘Si resulta adecuado ante el rey y si tu siervo halla favor ante ti, envíame a Judá, a la ciudad donde se hallan los sepulcros de mis padres, y la reedificaré’. 6 Entonces el rey me contestó, y estaba la reina sentada a su lado: ‘¿Cuando iniciarás el viaje, y cuando retornarás?’ Así que al rey le pareció bien dejarme marchar después de haberle establecido un plazo, 7 pero además le dije: ‘Si resulta adecuado ante el rey, séanme entregados comunicados para los gobernadores del otro lado del río, de modo que me permitan transitar hasta Judá, 8 y para Asaf, el guarda del parque del rey, para que me facilite maderas para las vigas de las puertas de la fortaleza que pertenece a la casa, y para las puertas de la ciudad y la casa que habitaré’, y el rey me lo concedió porque la mano misericordiosa de mi Dios estaba sobre mí...” (Nehemías 2:1-8)

 

5 El decreto es pues del Mes de Nisán, el mes del Pesaj hebreo que cae entre los meses de marzo y abril, del veinteavo año de reinado del rey Artajerjes. Ahora bien, el rey Artajerjes Longimano reinó desde el año 475 al 423 antes de Cristo, por lo que el veinteavo año de su reinado es el año 455. Todas estas cosas tenían para los hebreos del AT, el siguiente significado: desde la fecha del decreto de la reconstrucción de Jerusalén en marzo-abril del 455 antes de Cristo, tenían que ser contados 483 años hasta la presentación del Mesías de Israel. Este calculo nos indicaría la fecha en que Jesús comenzó su ministerio cómo el Mesías de Dios en el pueblo de Israel, según se indica en Daniel 9:25.

Quedan pues establecidos los sucesos que señalan el inicio y el final de las 69 semanas de años, en el marzo/abril del año 455 antes de Cristo y el marzo/abril del 29 después de Cristo. Con esto, la profecía de Daniel se cumple exactamente y esta es solamente una de las muchas profecías mesiánicas. A pesar de que esta exactitud ha causado desconfianza en muchos, no deberíamos incurrir en el mismo error que el filósofo neoplatónico Porfirio (233 – 303 d.C.), discípulo de Plotino, que en su libro 12º contra los cristianos, (citado por Eusebio de Cesarea en su ‘Preparación evangélica) declara falso el libro del profeta Daniel, con la acusación de que sus profecías resultan demasiado exactas.

 

La confirmación Histórica de la Profecía Bíblica

 

6 No obstante, si ahora quisiera alguno poner en duda la autenticidad de la profecía que se encuentra en el capítulo noveno de Daniel, solo podría intentarlo falseando la fecha de la presentación de Jesús en Israel, puesto que la profecía ha quedado corroborada por los hallazgos de Qumram, además de la Versión de los Setenta; aunque también varias fuentes no bíblicas muestran que Jesús llevó a cabo su ministerio y murió durante el reinado del emperador Tiberio y del procurador romano Poncio Pilato.

 

7 Tácito, nacido hacia el 56 d.C., desempeñó los cargos de pretor (88 d.C.) y de cónsul, (97 d.C.) aunque su importancia radica fundamentalmente en la autoría de dos grandes obras históricas de la Antigüedad clásica: los Anales y las Historias. Sus relatos históricos están en muchos casos, cronológicamente próximos a los acontecimientos narrados, y hacia el 115 de nuestra era, se refiere los seguidores de Jesús en su obra ‘Anales’ libro XV, 44, escribiendo: son “...personas que por el pueblo sencillo son llamados cristianos. El nombre esta relacionado con Cristo, que fue ajusticiado cómo malhechor por el procurador Poncio Pilato, bajo el reinado de Tiberio”.

También a través de Plinio el Joven, (61-114 d.C.) gobernador de Bitinia bajo la administración de Trajano, hallamos en la Historia clásica otra referencia al cristianismo, pues habla de los cristianos en el décimo libro de sus cartas (X, 96, 97).

 

8 Josefo Flavio, historiador judío nacido en el año 37 después de Cristo, y perteneciente a una distinguida familia sacerdotal, habla de Jesús en su obra ‘Antigüedades Judaicas’, libro XVIII: 63 y 64, y escribe: “Vivió por esa época Jesús, un hombre sabio… Cuando Pilato, tras escuchar la acusación que contra él formularon los principales de entre nosotros lo condenó a ser crucificado… y hasta el día de hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos”.

Un segundo texto en Antigüedades XX, 200 - 203 afirma que el sumo sacerdote “Anano consideró que tenía una oportunidad favorable, porque Festo (procurador romano) había muerto y Albino se encontraba aún de camino. De manera que convenció a los jueces del Sanedrín y condujo ante ellos a uno llamado Santiago, hermano de Jesús llamado Mesías, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y ordenó que fueran lapidados”.

 

9 Todos estos fragmentos son referencias históricas que dan testimonio del ministerio ejercido por Jesús entre el pueblo de Israel, en los años 29 al 33 de nuestra era. Y es importante el hecho de que desde el año 455 a.C. al período abarcado por los años 29 al 33 d.C. se insieren exactamente las sesenta y nueve semanas de años profetizadas por Daniel, que comprenden el período que transcurre desde el reinado de Artajerjes al emperador Tiberio. Puede por tanto afirmarse con fundamento que el tiempo profetizado por Daniel en cuanto a la llegada del Mesías, es exacto.

 

 La subdivisión de la semana de años

 

10 Podemos preguntarnos la razón de la subdivisión de las semanas de años en 7 y en 62, la explicación es la siguiente: Las 7 primeras semanas de años, o sea los primeros 49 años, se refieren al tiempo que tomó la reconstrucción de Jerusalén, pues se le dice a Daniel: “Plaza y muros tornarán a ser edificados, pero en tiempos difíciles...” (Daniel 9:25) Mientras que las restantes 62 semanas comienzan inmediatamente tras la reconstrucción de Jerusalén. Esto resulta importante, porque demuestra que el capítulo 9 de Daniel se refiere al decreto de Artajerjes en el 455 y no al de Ciro, del año 538 a.C. (El de Ciro se refería a la reconstrucción del templo. Esdras 1)

Se dice en la profecía de Daniel, que Jerusalén sería reconstruida en los primeros 49 años, y esto sucedió en tiempos de Artajerjes, no en los de Ciro. Con esto los hebreos podían conocer el año en que debían comenzar a contar para calcular el tiempo de la llegada del Mesías.

     

11 Además, en el versículo 27 de esta profecía, leemos: “Pero en una semana él establecerá un pacto para muchos, y a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio y la ofrenda...” En la primera mitad de la sexagésimo tercera (63ª) semana de años, Cristo estableció un Nuevo Pacto con Dios en beneficio de muchos, y a la mitad la semana, o sea, tres años y medio después de su presentación, puso fin al sacrificio y a la ofrenda que según la Ley, debía ofrecerse cotidianamente a Dios en el Templo, ya que ofreció su vida sin pecado una sola vez y por siempre, un sacrificio perfecto para redención de la humanidad, y con esto, todos los sacrificios que proféticamente la Ley prescribía por los pecados, quedaron obsoletos, ya que cómo explica el apóstol Pedro: “...no habéis sido liberados del modo de vida inútil que heredasteis de vuestros padres, por medio de cosas corruptibles... si no mediante la preciosa sangre de Cristo, que es cómo la de un cordero sin defecto ni mácula, predestinado antes de la fundación del mundo y revelado a vosotros en estos últimos tiempos”. (1Pedro 1:18-20)

 

12 El emperador Tiberio reinó desde el año 14 hasta el año 37 después de Cristo, y el 15º año de su reinado coincidió con el año 29 d.C. de nuestro calendario.

La actividad pública de Jesús duró unos 3 años y medio, pues en el evangelio de Juan se habla de que Jesús participó en tres conmemoraciones del Pesaj o Pascua judía. (Juan 2:13, 6:4 y 11:55) De la última celebrada, Juan escribe: Seis días antes del Pesaj, Jesús fue a Betania... entonces María tomó una libra de ungüento de nardo líquido de mucho precio, y le ungió los pies, secándolos con sus cabellos... dijo uno de sus discípulos... ‘¿Por qué no se ha vendido este ungüento por trescientos denarios para entregar a los pobres?’... pero dijo Jesús: ‘Déjala; porque ha guardado esto para el día de mi sepultura, pues a los pobres los tendréis siempre, pero a mí no me tendréis’...”. (Juan 12: 3-8) Y a partir del versículo 12 del mismo capítulo, relata el ingreso triunfal de Jesús en Jerusalén, en el día quinto antes del Pesaj, diciendo: Al día siguiente, mucha gente que había venido para la fiesta, al oír que Jesús acudía a Jerusalén, tomaron ramas de palma y salieron a recibirle clamando: ‘¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel’. Entonces Jesús halló un asnillo y se sentó sobre él, como está escrito: ‘No temas, hija de Sión: he aquí tu Rey viene, sentado sobre un pollino de asna’.” (Juan 12: 12-15 y Zacarías 9:9)

Jesús fue pues ejecutado en el mes de Nisán (entre marzo y abril de nuestro calendario) del año 33 d.C. También en esto se cumplió con precisión la profecía de Daniel.

 

13 Las palabras de Daniel: “...la ciudad y el santuario serán destruidos por el pueblo de un soberano que sobrevendrá...” (Daniel 9:26) se refieren con claridad a los ejércitos romanos. Unos años después de la ejecución de Jesús, los judíos se sublevaron contra Roma, de la que eran tributarios, y tras un asedio largo y penosísimo, en el año 70 penetró en la ciudad el ejército bajo el mando del general Tito, que fue más tarde emperador.

Un testigo ocular, el historiador judío Josefo Flavio, ofrece en su libro ‘Las Guerras Judaicas’, una información fidedigna de los terribles sucesos del asedio y destrucción de la ciudad. También el rabino Salomón Jarchi (1070-1105) que fue conocido con el nombre de Raschi, comentarista de 23 tratados del Talmud y de los libros del Antiguo Testamento, reconoce que en el capítulo noveno de Daniel se anuncian los dolores sufridos por pueblo judío, con la destrucción en el año 70 de la ciudad de Jerusalén.(Talmud babilonese, Nazir 32b)

 

La posición rabínica tradicional ante el noveno capítulo del libro de Daniel

 

14 El rabino Moshé Ben Maimón (Llamado Maimónides; 1135-1204; Córdoba, España), filósofo y médico ampliamente conocido y admirado en todas las épocas por su ciencia y su sabiduría, y denominado por los suyos ‘el segundo Moisés’ por su extraordinaria influencia en el pensamiento teológico hebreo, dice en su carta ‘Ygereth Hatteman’ en cuanto al cálculo de las semanas de años de esta profecía: “Daniel nos explicó la ciencia profunda del tiempo, pero puesto que es oculta, los santos antepasados nos han impedido calcular los tiempos del porvenir, porque la gente común puede irritarse y caer en el error, viendo que los tiempos se han cumplido y que Él (el Mesías) aún no ha llegado”. Esta toma de posición habla por sí misma y no necesita comentarios. (La cita es de Abraham Meister: ‘El Cumplimento de la Promesa Mesiánica del AT en Jesús de Nazaret’, Dott. S. Kulling, Chrischonarain 201, 4126 Bettingen, pag 19)

 

La exclusividad de su cumplimiento

 

15 El tiempo de la llegada del Mesías se comprende de modo inequívoco en el Antiguo Testamento y es evidente que todos los eventos relacionados con el Mesías y relatados proféticamente por Daniel, tuvieron su cumplimiento en la persona de Jesús y en los sucesos de su tiempo.

      Es cierto que en la historia del pueblo hebreo se han presentado más de cuarenta hombres sosteniendo ser el Mesías prometido, aunque hoy ni siquiera se recuerda su nombre. Los más notables por su amplia aceptación entre los hebreos, fueron Bar Kochba (132 d.C.) y Shabtai Zvi (1665 d.C.) Pero volviéndonos a las profecías, los dos se presentaron demasiado tarde para que les pudiesen serles aplicadas; él uno, más de cien años y el otro, unos 1.635.

Sin embargo, ninguno de los falsos ungidos ha podido nunca sostener su pretensión acreditando el cumplimiento en él, de las profecías registradas en los libros canónicos de la Biblia.

 

El Shiloh de Judá

 

16 Poco antes de morir, también el patriarca Jacob profetizó con respecto al futuro Mesías, porque al bendecir a cada uno de sus doce hijos, los padres de las tribus de Israel, les habló del destino de sus descendientes y dijo a Judá: “No se apartará el cetro de Judá ni el cayado de sus pies, hasta que llegue Shiloh, entonces la obediencia de los pueblos será para él”. (Génesis 49:10)

El cayado y el cetro son símbolo de la autoridad y del privilegio concedido por Dios a la tribu de Judá, puesto que el Mesías soberano de Israel y de todos los pueblos, procedería de ella. Este hecho implicaba que Judá tenía que conservar su identidad cómo tribu hasta que el Ungido de Dios se presentase y así ocurrió, porque la identidad de Judá no se debilitó ni siquiera durante el período de su cautividad babilónica, porque sufrió un desplazamiento geográfico en bloque, subsistiendo cómo tribu en el destierro. Las Escrituras confirman esto a través de Ezequiel, que desde  Babilonia escribe: “Y sucedió en el año sexto, el día cinco del mes sexto, que estando sentado en mi casa con los ancianos de Judá sentados ante mí...” (Ezequiel 8:1)

Aunque en tiempos posteriores la tribu de Judá permaneció bajo el dominio de griegos y de romanos, continuó habitando cómo nación en su tierra y conservó, hasta cierto punto, un gobierno y unas leyes propias, manteniendo una identidad propia hasta que en el año 70 de nuestra era, los romanos acabaron con el estado judío. Entonces su capital Jerusalén y su Templo, fueren destruidos, mientras sus gentes, perseguidas y apresadas, fueron dispersadas entre las naciones.

Shiloh, el rey ungido y enviado por Dios, tenía por tanto que llegar al pueblo de Israel antes de aquel año; en armonía con esto, Jesús procedía de la tribu de Judá y se presentó cuarenta años antes del final del mundo judío, para llevar a cabo una misión que le había sido encomendada por Dios, y estableció con él un Pacto Nuevo en favor de todos los pueblos.

 

17 Pablo, doctor de la Torah y versado en los profetas, escribe: “En tiempos pasados, Dios les habló a los padres muchas veces y de distintas maneras, por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos, nos ha hablado a nosotros por medio de un hijo a quien ha constituido heredero para siempre del universo que fue creado para él...” (Hebreos 1:1-2) Y: “...él ha recibido un ministerio mucho más excelso por ser el mediador de un pacto mejor, uno legalmente establecido sobre promesas mejores, porque si el pacto anterior hubiese sido perfecto, no se hubiese hecho necesario establecer otro”. Y sostiene esta afirmación con las escrituras del AT, diciendo: “Cuando Dios reprende al pueblo dice: ‘He aquí que vienen tiempos’, dice el SEÑOR, ‘en los que estipularé con la casa de Israel y con la casa de Judá un pacto nuevo... Uno que no será como aquel que estipulé con sus padres... pues ellos no guardaron mi pacto con fidelidad y también yo dejé de guardarles a ellos... Pero después de aquellos días, estipularé con la casa de Israel este pacto’, dice el SEÑOR, ‘pondré en su mente mis leyes y las escribiré en sus corazones. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo... tendré misericordia de su iniquidad y no recordaré sus pecados. Y al hablarles deun nuevo pactodeclara el anterior anticuado, y lo que es anticuado envejece y está cercano a desaparecer”. (Hebreos 8:6-13 cita Jeremías 31:31-34)

 

 

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Capítulo Segundo

 

Genealogía del Mesías

 

1 Hacia el año 70 de nuestra era, cualquier hebreo podía, en la gran mayoría de los casos, conocer con precisión su línea genealógica, puesto que cómo se declara en el capítulo 9 del Primer libro de las Crónicas, desde la antigüedad se registraba según su linaje a todos los nacidos en Israel. Demostrar la propia ascendencia era importante; quien no podía hacerlo, no era reconocido cómo israelita y este hecho conllevaba limitaciones, por ejemplo, si uno quería asumir una posición pública y darse a conocer, se averiguaba y se publicase su linaje, o al menos, los nombres de algunos de sus ascendientes más notables, y si la genealogía del que se presentaba no resultaba clara, no se le consideraba persona idónea para un cargo público. (Esdras 2:59-62 y Nehemías 7:61-65) Estas aclaraciones son importantes porque en el AT se profetizan los nombres de algunos de los ascendientes del Mesías y en el Nuevo Testamento se provee la completa genealogía de Jesús, que resultaba en su tiempo, fácilmente verificable.

 

Las tablas genealógicas de los evangelios de Mateo y Lucas.

 

2 Es bien sabido que los evangelios de Mateo y de Lucas nos presentan dos diferentes genealogías de Jesús, este hecho ha ocasionado cierta especulación y sin embargo, solo el testimonio conjunto de las dos genealogías presentadas, puede establecer sin lugar a dudas la legitimidad del derecho hereditario de Jesús al trono de David, un derecho que la Ley y los Profetas atribuyen al Mesías.

     

3 En el tercer capítulo de Lucas, leemos: “...al comenzar, Jesús mismo estaba en la treintena, siendo, cómo se creía, un hijo de José”, hijo (yerno) “de Elí, de Matsat, de Leví, de Melkí, de Yannaí, de José, de Matsatía, de Amós, de Nahum, de Eslí, de Nangaí, de Maats, de Matsatía, de Semeín, de Yoséc, de Yodá, de Yoanán, de Resá, de Zorobabel, de Salatsiel, de Nerí, de Melkí, de Abdí, de Cosam, de Elmodam, de Er, de Yosué, de Eliécer, de Yoreim, de Matsat, de Leví, de Simeón, de Judá, de José, de Yonán, de Eliakim, de Meleá, de Meiná, de Matsata, de Natán, de David, de Jesé, de Obed, de Boaz, de Salmá, Najsón, de Aminadab, de Ram, de Jetsrom, de Perets, de Judá, de Jacob, de Isaac, de Abraham, de Teraj, de Najor, de Serug, de Reú, de Peleg, de Heber, de Salá, de Cainan, Arpajshad, de Sem, de Noé, de Lamek, de Matusalén, de Henoc, de Yared, de Mahalalel, de Cainan, de Enosh, de Set, de Adán, de Dios. (Lucas 3:23-38)

Y en el capítulo primero del evangelio de Mateo, se transmite la línea genealógica de José, padre adoptivo de Jesús, y dice: “Libro de la generación de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac e Isaac engendró á Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, y Judá engendró de Tamar a Perets y a Zaraj; Perets engendró a Jetsrom, y Jetsrom engendró a Ram, y Ram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Najsón, y Najsón engendró a Salmá, y de Rahab, Salmá engendró a Boaz; Boaz engendró de Ruth, a Obed; Obed engendró a Jesé, y Jesé engendró al rey David; el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, y Salomón engendró a Roboam; Roboam engendró a Abiá, y Abiá engendró a Asá; Asá engendró a Yosafat, y Yosafat engendró a Yoram; Yoram engendró a Ozíah, y Ozíah engendró a Yoatán; Yoatán engendró a Acaz, y Acaz engendró a Ezekíyah; Ezekíyah engendró a Manasé, y Manasé engendró a Amón; Amón engendró a Yosíah, y Yosíah engendró a Yeconía y a sus hermanos durante el exilio en Babilonia. Y después del exilio en Babilonia, Yeconíah engendró a Salatiel, y Salatiel engendró a Zorobabel; Zorobabel engendró a Abiud, y Abiud engendró a Eliakim; Eliakim engendró a Azor, y Azor engendró a Sadoc; Sadoc engendró a Akim, y Akim engendró a Eliud; Eliud engendró a Eleazar, y Eleazar engendró a Matsán; Matsán engendró a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, el llamado Cristo. De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce, y desde David hasta el exilio en Babilonia hay catorce generaciones, y desde el exilio de Babilonia hasta Cristo, son catorce generaciones”. (Mateo 1:1-18)

 

4 Puede decirse que la genealogía de Jesús no era cosa de poca importancia. A través de los siglos, Dios había anunciado por medio de ángeles y de profetas, que el prometido Mesías sería simiente de Abraham, pertenecería a la tribu de Judá y gozaría por nacimiento, de un derecho legal al trono de David. Se hacía pues indispensable probar su ascendencia y también los derechos que esta le otorgaba, y con este propósito se registraron en las Escrituras las líneas familiares de María y de su esposo José.

 

5 La estirpe presentada en el evangelio de Mateo pertenece a José, el padre legal o adoptivo de Jesús. Se precisa que era simiente de Abraham, que pertenecía a la tribu de Judá, y que era descendiente del rey David y de la familia de su hijo Salomón. Sin embargo, se revela también que pertenecía a la estirpe de Yeconíah o Coníah, un rey de Judá de quien el profeta Jeremías había dicho: “Un vaso de tierra despreciable y rechazado es este hombre Coníah... Esto es lo que ha dicho el ETERNO: ‘Inscriban a este hombre cómo uno sin descendencia, cómo un hombre que ha malogrado su vida, porque los de su simiente no conseguirán prosperar y ninguno de ellos se sentará jamás en el trono de David...’” (Jeremías 22: 28-30) Puede por tanto decirse que por decreto de Dios, la rama familiar de José había quedado excluida de la línea real de David, porque los descendientes de Yeconíah no gozaban de ningún derecho real hereditario. Ahora bien, este hecho no afectaba directamente a Jesús, puesto que él no era simiente o hijo biológico de José y no pertenecía a su estirpe.

 

6 Por otro lado, Lucas registra la línea genealógica de María y aunque llama a José ‘hijo de Heli’, los estudiosos generalmente concuerdan en que este término puede entenderse y traducirse muy justamente cómo ’yerno de Heli’, que era padre de María y pertenecía a la tribu de Judá, siendo descendiente del rey David y de su hijo Natán. Jesús heredó pues su derecho real a través de la línea materna. Esta vía de sucesión es corroborada por Zacarías, que al anunciar proféticamente la muerte del Mesías y la calamidad que tras esto experimentarían todas las familias de Jerusalén, nombra en primer lugar a las familias de David y de Natán, diciendo: “...por aquel que traspasaron habrá un lamento cómo el lamento que se hace por un hijo único y le llorarán amargamente cómo se llora a un primogénito. Aquel día el lamento en Jerusalén será grande... se lamentará el país, familia por familia, la familia de la casa de David... la familia de la casa de Natán...” (Zacarías 12: 10-14)

 

7 Sin embargo, a pesar de que Jesús recibió el derecho al trono de David a través de su madre María, la genealogía de José, el esposo de su madre, resultaba indispensable para legitimar su derecho, y la razón de esto se encuentra en las disposiciones hereditarias establecidas por la Ley de Israel.

 

8 Antes de que las tribus de Israel entrasen en Canaán, la tierra prometida, Dios dispuso, por medio de Moisés, el reparto de la posesión que les entregaba. Cada una de las tribus, a excepción de la de Leví, tenía que recibir una extensión de tierra que siempre debía conservar en propiedad, repartiéndola entre sus familias, que así disfrutarían de un patrimonio estable y permanente que pasaría de padre a hijo. No obstante, en el capítulo 27 del libro de Números, leemos que las hijas de Tselofehad, un cabeza de familia que no tenía hijos varones, reclamaron el derecho a la herencia de su padre, y después de dirigirse en oración al SEÑOR, Moisés comunicó al pueblo que cuando en la familia no hubiese hijos varones, las hijas heredarían. Sin embargo esta disposición planteó un nuevo problema, porque si la tierra asignada a cada una de las tribus constituía una heredad intransferible ¿Qué sucedería cuando la heredera se casase con un hombre de otra tribu? ¿Cómo podría en tal caso regresar la heredad de la tribu a su ‘status quo’ en el año de jubileo, cómo la Ley decretaba? De nuevo Moisés se dirigió al SEÑOR, y luego estableció que cualquier mujer con derecho a una herencia en Israel, debía, para poder conservarla, casarse con un hombre que perteneciese a la tribu de la familia de su padre. La mujer que rechazase esta exigencia legal, renunciaba expresamente a su derecho hereditario.

 

9 Esta regulación de las transmisiones hereditarias explica la importancia de la genealogía de José, que prueba el hecho de que María había cumplido con el requisito legal de casarse con un hombre de la tribu de su padre, la tribu de Judá, por lo que estaba en disposición de heredar y de transmitir a sus hijos un patrimonio, que en su caso incluía para su primogénito, los derechos inherentes al linaje de David. Así pues, las dos genealogías se complementan para confirmar la legitimidad del linaje real de Jesús, en armonía con lo que los profetas habían anunciado, y testifican que, tal cómo escribió Pablo a los Corintios, “...el Hijo de Dios, Jesús Cristo... … no ha resultado un dudoso 'puede que sí o puede que no', si no un seguro 'sí', por haberse concretado en él con un 'sí', todas las promesas de Dios que le conciernen”. (2Corintios 1:19-20)

 

Las Promesas de Dios a Abraham, Isaac y Jacob

 

10 Dice el libro del Génesis, que entorno al año 1922 antes de Cristo: “...el ángel de Yahúh llamó a Abraham desde los cielos, y le dijo: ‘Yahúh declara: ‘Por mí juro, que por haber obrado de esta manera y no haber retenido de mí a tu hijo, tu único, yo te bendeciré en gran manera y aumentaré muchísimo tu descendencia, que será cómo las estrellas de los cielos y cómo la arena de la orilla del mar. Tu descendencia se adueñará del lugar de residencia de sus enemigos y puesto que has escuchado mi voz, por medio de tu descendencia, todas las naciones de la tierra serán bendecidas”. (Génesis 22:15-18)

Ya mucho antes del nacimiento de Isaac, Dios había prometido a Abraham que todas las naciones se bendecirían por medio de su descendencia; con esto le aseguró que el Mesías sería descendiente suyo, y refiriéndose a la descendencia nombrada en la promesa, Pablo escribe: “...la promesa se le hizo a Abraham y a su progenie, no dice 'y a las progenies', cómo si hablase de muchas, cómo hablando de una sola dice 'y a tu progenie', que es el Cristo”. (Gálatas 3:16)

 

11 Mas tarde, hacia el año 1857 antes de Cristo, Dios anunció a Isaac que el Mesías descendería de él, diciéndole: “...yo estoy contigo y te bendeciré, porque entregaré todas estas tierras a ti y a tu descendencia, y te confirmaré el juramento que le hice a tu padre Abraham: Multiplicaré tu descendencia, que será cómo las estrellas de los cielos... Y por medio de tu descendencia, todas las naciones de la tierra serán bendecidas...” (Génesis 26:3-4)

Hacia el año 1760 a.C. Dios le dijo a Jacob, que llamó luego con el nombre de Israel: “...será tu descendencia cómo el polvo de la tierra, porque te esparcirás de este a oeste y de norte a sur; y todos los pueblos de la tierra se bendecirán a través de ti y de tu descendencia. Y he aquí que yo estaré contigo y te protegeré por donde vayas... y no desistiré hasta cumplir mi palabra”. (Génesis 28:14-15) Así quedaba confirmado que el Mesías procedería de una de las familias de los hijos de Jacob, o sea de una de las tribus de Israel.

 

El Mesías de la tribu de Judá, la familia de Jesé y descendiente de David

 

12 Antes de su muerte, ocurrida alrededor del año 1690 antes de nuestra era, Jacob formuló una bendición profética para cada uno de sus hijos, y a Judá le dijo: “No se apartará el cetro de Judá ni el cayado de sus pies, hasta que llegue Shiloh, entonces para él será la obediencia de los pueblos”. (Génesis 49:10) Por este motivo se escribió en el primer libro de la Crónicas: “...Pues Judá sobresale entre sus hermanos, pero hasta el caudillo designado...” (1º Crónicas 5:2) La palabra Nagid que básicamente significa caudillo o príncipe, es la misma que se emplea en Daniel 9:25, cuando se dice: “Conoce pues y comprende: desde que parte el mandato de restaurar y edificar Jerusalén, hasta el caudillo mesías (ungido), son siete semanas, y sesenta y dos semanas...” Ahora bien ¿Cual de las familias de Judá sería según las Escrituras, la del Mesías?

 

13 El profeta Isaías responde a esta pregunta cuando escribe: “Surgirá un brote del tronco de Jesé, de sus raíces retoñará un vástago y el espíritu de Yahúh yacerá sobre él; un espíritu de sabiduría y discernimiento, un espíritu de juicio y valentía, un espíritu de conocimiento y temor de Yahúh...” (Isaías 11:1-2) Es este un texto que también en el judaísmo se considera mesiánico y que en el Targum Jonathan Ben Uzziel, se comenta bajo el título de “Mesías”.

El Mesías tenía pues que proceder de la familia de Jesé de Belén, pero Jesé tenía siete hijos adultos y uno menor, o sea David, cómo se dice en 1º Samuel 16:10-11 ¿De cual de ellos descendería el Mesías?

 

14 Repetidamente se dice en la Escritura que el Mesías vendría de David, el hijo menor de Jesé. El profeta Jeremías anunció hacia el año 600 antes de Cristo: “’He aquí que en días venideros’, declara Yahúh, ‘levantaré de David un vástago justo, entonces reinará un rey con sabiduría, ejecutará un juicio, y habrá en la tierra integridad’...” (Jeremías 23:5)  Y en el salmo está escrito: “Hizo Yahúh un fiel juramento a David; no se retractará de esto: ‘colocaré sobre tu trono, a uno que descienda de tu persona’...” (Salmo 132:11)

Dios se obligó pues con David mediante un juramento, y él mismo dice en el poema de Etán: “No deshonraré mi pacto ni cambiaré lo que salió de mis labios. Una vez juré por mi santidad; ciertamente no decepcionaré a David, su posteridad existirá por siempre y su trono, cómo el sol ante mí, igual que la luna, quedará establecido eternamente y será testigo de un cielo fidedigno”. (Salmo 89:35-38)

 

Confirmación de la genealogía de María

 

15 Hallamos los nombres de todas las personas que las profecías señalan cómo ascendientes del Mesías, en la tabla genealógica de María, la madre de Jesús, de modo que también estas profecías tuvieron en él cumplimiento. Entre el pueblo hebreo, la ascendencia de Jesús era pública y por este motivo era llamado “Hijo de David” (Lucas 18: 38-39, Mateo 9:27 y 21:9-15) Si su linaje no hubiese estado de acuerdo con la genealogía mesiánica que se registraba en el AT, los principales del judaísmo de su tiempo, le hubiesen desacreditado con este argumento definitivo, pero su linaje era fácilmente verificable y no podía ser objetado ni desmentido.

Y puesto que la tabla genealógica de Jesús nos ha llegado a través del evangelio de Lucas, podemos decir que la arqueología confirma que Lucas es un historiador exacto y preciso. El famoso arqueólogo William Ramsay declara en sus escritos, que el relato de Lucas es insuperable en su fiabilidad. Una recapitulación de sus opiniones sobre los escritos de Lucas, madurada en años de investigación, se publica en el libro “The Bearing of Recent Discovery”, página 222.

 

 

El lugar de su nacimiento

 

16 En el siglo octavo antes de Cristo, Miqueas desempeñaba en Judá y en Israel el encargo de profeta; las Escrituras confirman: “Un mensaje de Yahúh fue a Miqueas, el Morashtí, que profetizaba en los días de los reyes de Judá Yotam, Ajaz y Ezequías, en Samaria y Jerusalén...” (Miqueas 1:1)

Pues bien, el profeta Miqueas dio a conocer el lugar donde tenía que nacer el esperado Mesías, escribiendo: “Y tú, Betleem Éfrata, la pequeña entre las tribus de Israel, saldrá de ti hacia mí, aquel que será el soberano de Israel y cuya procedencia es de un origen pretérito, de tiempos antiguos” (Miqueas 5:1)

Existían en la Palestina dos ciudades con el nombre de Betleem, una de ellas estaba en Galilea (ver Josué 19:15-16), y la otra estaba en Judea, y para distinguirlas se designaba a la de Judea, Betleem Éfrata.

El Mesías nacería pues en este pueblo situado unos 10 kilómetros al sur de Jerusalén, que en tiempos de Jesús debía tener alrededor de mil habitantes. Miqueas lo había predicho con claridad muchos siglos antes de que sucediese y el Nuevo Testamento confirma su predicción, porque Mateo escribe: “Y Jesús nació en Betleem de Judea, en los días del rey  Herodes...”, (Mateo 2:1) y Lucas lo confirma en el segundo capítulo de su evangelio.

 

La profecía de Miqueas 5:1 fue siempre bien interpretada

 

17 Cuando Herodes el Grande tuvo noticia del nacimiento de un nuevo rey, por los Magos llegados a él desde las tierras de oriente, reunió a los principales de los sacerdotes y de los escribas para indagar donde, según las Escrituras, tenía que nacer el Mesías, y ellos respondieron: “En Betleem de Judea, porque así se escribió por medio del profeta...” (Mateo 2:5) El lugar del nacimiento del Mesías no solo estaba claro para los doctores en la Ley, lo estaba también para las gentes del pueblo que le esperaban, porque al saber de Jesús, algunos que lo creían nacido en Galilea, decían: “¿Acaso viene el Cristo de Galilea? ¿No dice la Escritura que el Cristo viene de la progenie de David y de Betleem, el pueblo donde vivía David?” (Juan 7:41-42)

También el Targum de Jonathan Ben Uzziel, que habla de los profetas, muestra claramente la interpretación que en el judaísmo se atribuía a las palabras registradas en Miqueas 5:2, y para hacerla más evidente, el texto se introduce bajo el título Mesías.

 

Jesús el Nazareno

     

18 En los escritos del Nuevo Testamento, Jesús es llamado Nazareno (Natserí en hebreo y Natsoraion en griego) por dieciocho veces. Este nombre deriva del hebraico netser, que significa vástago, brote o rama.

Es noto que los contemporáneos de Jesús, incluso sus más acérrimos opositores, le conocían cómo Jesús el Natserí. El apóstol Juan relata: “...Jesús, que conocía todas las cosas que le acontecerían, avanzó y les dijo: ‘¿A quien buscáis?’ Ellos le respondieron: ‘A Jesús el Natserí’, y les dijo Jesús: ‘Soy yo’...” (Juan 18:5-7) Con el nombre que le habían asignado, se cumplieron en él las palabras de los profetas Isaías y Jeremías, que habían testificado: “En aquel día habrá un vástago (netser) para hermosura y honra de Yahúh, y unos frutos de la tierra, para orgullo y esplendor de los supervivientes de Israel”, (Isaías 4:2) y en el pasaje de Isaías 11:1, citado al hablar de su genealogía, se emplea directamente la palabra netser cuando se dice que “un vástago brotará de sus raíces”.

También Jeremías escribió: “’He aquí que en días venideros’, declara Yahúh, ‘levantaré de David un vástago justo’...” (Jeremías 23:5) Y aproximadamente en el año 520 antes de Cristo, declara el profeta Zacarías: “Así habla Yahúh de las multitudes, y dice: ‘He aquí un hombre, su nombre es Vástago, y crecerá desde abajo y restablecerá el Templo de Yahúh’...” (Zacarías 6:12) y también: “Escucha pues, Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros, los que están ante ti y que son hombres a imitar, porque he aquí que envío a mi servidor Vástago...” (Zacarías 3:8) Estos dos pasajes de Zacarías están señalados cómo Mesiánicos en el Targum Jonathan Ben Uzziel.

Es de gran importancia el significado que los nombres tienen en la Biblia; por ejemplo, en los pasajes citados se emplea la palabra ‘tsemaj’, que cómo ‘netser’, significa brote o vástago. Con esto, cualquier hebreo conocedor de las Escrituras, asociaba inmediatamente a Jesús el ‘Natserí’, con los pasajes proféticos que mencionaban a Vástago, el servidor de Dios.

 

19 Podríamos también preguntarnos por qué razón habiendo nacido en Betleem, Jesús nunca fue llamado Betlemita, y las siguientes consideraciones pueden ayudarnos a comprenderlo. El rey Herodes, llamado ‘el Grande’, después de la visita de los magos llegados desde oriente a su palacio, siguiendo una luz celeste, temió que el nacimiento de un nuevo rey pusiese fin a su reinado y a su dinastía, y calculando el tiempo que los magos habían viajado tras la luz, ordenó que la muerte de todos los niños menores de dos años nacidos en Betleem. (Mateo 2) Antes de la ejecución de esta orden, José y María huyeron con el niño a tierras de Egipto, y aunque regresaron a la muerte de Herodes, en el año 4 antes de nuestra era, al enterarse de que reinaba en Judea Arquelao, el más cruel de los hijos de Herodes, se establecieron con el niño en la ciudad de Natserat o Nazaret de la región Galilea, permaneciendo allí. Mateo escribe: “Y volvió y habitó en la ciudad que se llama Natserat, para que se cumpliesen las palabra habladas a través de los profetas, de que sería llamado Natserí”. (Mateo 2:23)

 

Desde Egipto

 

20 En armonía con todos estos acontecimientos, en el octavo siglo antes de Cristo, el profeta Oseas transmitió al pueblo unas palabras de Yahúh, para recordar su éxodo a Israel, y dijo: “...desde Egipto llamé a mi hijo”, (Oseas 11:1) Mas tarde, Mateo aplica estas palabras a Jesús y escribe que José, “...tomó por la noche al niño y a su madre y marchó a Egipto, quedándose allí hasta que murió Herodes, de modo que se cumpliesen las palabras que el SEÑOR habló a través del profeta: ‘desde Egipto llamé a mi hijo’,” (Mateo 2:15) porque también Jesús salió de Egipto para cumplir la voluntad de su Padre. Son pues verídicos los hechos de que en el tiempo señalado por las profecías, Jesús nació en Betleem, y que tras la muerte de Herodes, retornó a su país desde Egipto y fue conocido entre el pueblo de Israel con el nombre de ‘Natserí’ o ‘Vástago’.

 

 

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Capítulo Tercero

 

Presentación Pública de Mesías (29-33 d.C.)

 

El precursor.

     

1 En el tercer capítulo del profeta Malaquías, Dios habla para decir: “He aquí que envío a mi mensajero y despejará el camino delante de mí, entonces, de improviso, llegará a su Templo el Señor que vosotros buscáis y he aquí que acude el mensajero del pacto que anheláis...” (Malaquías 3:1) Por lo tanto, antes de que el Mesías se presentase en Israel, un profeta tenía que abrirle camino, preparando al pueblo.

Isaías le describe cómo “Una voz que clama desde el páramo: ‘Preparad el camino de Yahúh, allanadle en el páramo un camino hacia nuestro Dios...” (Isaías 40:3) Y dando a conocer que el precursor profetizaría en el páramo o desierto, completa la información del profeta Malaquías.

Este precursor tenía la misión de preparar al pueblo de Israel para la llegada del Mesías, todos tenían que esforzarse en reconocerle y en eliminar de su vida cualquier tropiezo que les impidiese recibirle con un corazón bien dispuesto. Por este motivo dice Isaías: “Todo valle será levantado y todo monte y colina, rebajados; lo tortuoso, hasta quedar derecho y los collados, hasta convertirse en llanura”. (Isaías 40:4)

El anuncio de este enviado tuvo su cumplimiento en Juan el Bautista, hijo de Zacarías, que cómo leemos en el evangelio de Lucas, comenzó su predicación en el quinceavo año del gobierno del emperador Tiberio.

El ángel que anunció a su padre el nacimiento de este hijo, le dijo: “‘No temas Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; tu mujer Isabel te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento porque será grande ante el Señor... ya desde el seno de su madre estará lleno de espíritu santo y convertirá a muchos hijos de Israel al SEÑOR su Dios, caminando ante él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos y de los rebeldes, a la prudencia de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’”. (Lucas 1:13-17)

 

 

Desde Malaquías, ningún profeta para Israel

 

2 La aparición de Juan el Bautista causó sensación entre los hebreos; hacía ya 450 años que no había surgido profeta en Israel, cómo en relación a los hechos sucedidos tras la muerte de Judas Macabeo, leemos en el libro histórico de Primero de Macabeos, capítulo 9:27: “Hubo una gran tribulación en Israel, cómo no la había habido desde que los profetas desaparecieron de entre ellos...”

También el Talmud, en su redacción babilónica, refiere que después de los últimos profetas, que fueron Ageo, Zacarías y Malaquías, el santo espíritu de Yahúh se había retirado de Israel. Esto nos hace comprender el gran revuelo causado por la predicación del Bautista, Dice Mateo: “...entonces fueron a él desde Jerusalén, toda la Judea y toda la región entorno al Jordán, y fueron sumergidos en el Jordán por él, confesando sus pecados”. (Mateo 3:5)

 

La actividad de Juan el Bautista

 

3 Juan bautizaba pues en el páramo, a orillas del Jordán, y predicaba un bautismo de arrepentimiento para solicitar el perdón de los pecados que se cometían bajo la Ley. Con su lenguaje enérgico y vehemente, hacía comprender al pueblo de Israel que el Mesías se presentaría ante ellos en breve, y que todos y cada uno de ellos debían convertirse, o sea, reconocer, confesar y arrepentirse de sus pecados, preparándose para recibirle, porque si no lo hacían y no acogían al Mesías enviado por Dios, no podrían escapar de las consecuencias de sus pecados.

El apóstol Juan lo describe diciendo: “Era un hombre que había sido enviado por Dios, se llamaba Juan. Él había venido para ofrecer un testimonio, para dar testimonio de la luz, de modo que todos pudiesen creer a través de él. Él no era la luz, pero podía testificar en cuanto a la luz. El que venía al mundo era la verdadera luz que ilumina a todo hombre...” (Juan 1:6-9) Y Lucas da fe de su predicación, explicando: “En el año decimoquinto del gobierno de Tiberio Cesar, siendo Poncio Pilato gobernador de la Judea, Herodes, tetrarca de la Galilea, su hermano Filipo, tetrarca de la Itrurea y de la provincia de Traconte y Lisanias, tetrarca de Abilene, y bajo el sumo sacerdocio de Anás y de Caifás, la palabra de Dios le llegó a Juan hijo de Zacarías, en el páramo; e iba por toda la región del Jordán predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados, cómo estaba escrito en las palabras de Isaías...” (Lucas 3:1-4)

 

4 Juan, dirigiéndose a los fariseos y a las autoridades religiosas, decía: “Oh prole de víboras ¿Quien os ha enseñado a huir de la ira que vendrá? Producid frutos dignos de la conversión y no os digáis: ‘Tenemos por padre a Abraham’, porque yo os digo que de estas piedras, Dios puede levantarle hijos a Abraham...” (Mateo 3:7-10) Y anunciaba a todos: “Después de mí viene uno más poderoso que yo, uno ante quien no soy digno de inclinarme para desatar las tiras de sus sandalias; yo os he bautizado en agua, pero él os bautizará en espíritu santo”. (Marcos 1:7-8)

 

Jesús se presenta

 

5 El relato de Mateo 3:13 dice que mientras Juan el bautista predicaba junto al río Jordán, Jesús fue a él para ser bautizado; con esto se cumplió lo que Isaías había escrito: “Y será revelada la grandeza de Yahúh y sin excepción, todas las gentes le verán...” (Isaías 40:5)

También el apóstol Juan escribe: “… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, y nosotros vimos su gloria, una gloria cómo la del hijo unigénito de un padre, pleno de favor y de verdad. Juan dio testimonio de él y clamó diciendo: Él es aquel de quien dije: ‘Viene después de mí’, pero existía antes que yo, porque fue anterior a mí... ” (Juan 1:14-15)

En relación a todas estas cosas, también es interesante señalar que en su obra “Antigüedades Judaicas” (XVIII, 5.2) Josefo Flavio confirma la historicidad de Juan el Bautista.

 

La actividad pública del Mesías

 

El lugar de su presentación

 

6 Si un hebreo quería saber en que región o zona del país iniciaría el Mesías su actividad pública, podía dirigirse al profeta Isaías, que escribió: “...tal cómo las tierras de Zabulón y de Neftalí fueron primero relegadas, al final serán honradas, y camino del mar, junto al Jordán de la Galilea de los gentiles, las gentes que caminan en la oscuridad, verán una gran luz; la luz amanecerá sobre los que habitan una tierra de oscuridad...” (Isaías 8:22-23;9:1-2) El profeta Malaquías había llamado sol de justicia al Mesías (Malaquías 4:2) y en armonía con estas palabras, Juan llama a Jesús “...la luz verdadera que ilumina a todo hombre...” (Juan 1:9) y relata que Jesús decía a las gentes que le escuchaban: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue de ninguna manera caminará en la oscuridad si no que poseerá la luz de la vida”. (Juan 8:12)

 

7 Las palabras de Isaías nos hacen comprender que los que habitaban en las tierras de Zabulón y de Neftalí, cerca del Mar de Tiberíades, llamado también Lago de Genetsaret o Mar de Galilea, tendrían un privilegio que les honraría, el de ser los primeros en ver la luz grande y verdadera que ilumina a los hombres y les da la vida. Era pues evidente que el Mesías comenzaría su actividad pública en Galilea. El relato de Mateo lo corrobora, pues escribe: “...oyendo pues Jesús que Juan había sido encarcelado, se retiró a Galilea, entonces dejó Nazaret, fue a vivir a Cafarnaum, en la orilla del lago, al confín de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliese la palabra hablada a través de Isaías... Desde entonces comenzó Jesús a proclamar y a decir: ‘Convertíos, porque se ha acercado el reino de los cielos’”. (Mateo 4:12-17) Este hecho queda también confirmado en Lucas 23:5 y en Mateo 4:18-25.

 

Los milagros del Mesías

 

8 En muchos pasajes de los libros del Antiguo Testamento, se sostiene con fuerza que el Mesías ejecutaría milagros. Así leemos en el libro de Isaías: “Decid a los de corazón impaciente: ‘Sed fuertes, no temáis, he aquí que vuestro Dios reparará, la compensación vendrá de Dios; él llegará y os salvará; entonces les serán abiertos los ojos a los ciegos, se destaparán los oídos de los sordos, brincará el lisiado cómo un corzo y la lengua muda clamará...” (Isaías 35:4-6) Y: “...los de espíritu confundido conocerán la sabiduría...” (Isaías 29:24) La reparación de Dios era la llegada del Mesías, que al llegar a Israel, tenía que mostrar ante el pueblo, lo que a escala mundial ocurriría en el reino de Dios; sanaría a los ciegos, a los sordos, a los lisiados y a los mudos, pero no solo, transmitiría también sabiduría. Los evangelios dan testimonio de que Jesús realizó todas estas cosas y muchas más, cómo leemos en Juan 9, Marcos 2:3-12 y 7:31-37 o Mateo 15:29-31, por esto Juan termina su evangelio diciendo: “Y también hay tantas otras cosas que realizó Jesús, que si se escribiesen una a una, pienso que los libros que tendrían que escribirse ni siquiera cabrían en el mundo”. (Juan 21:25) Así pues, los evangelios confirman las profecías de Isaías, que también encuentran confirmación en otras fuentes históricas de la época

 

La autenticidad de los testimonios

 

9 Existe un testimonio de los milagros de Jesús, que procede de uno de sus contemporáneos: el historiador Josefo Flavio. Este historiador judío, hablando del gobierno de Poncio Pilato en la Judea, escribe en su obra ‘Las Antigüedades Judaicas’, publicada en el año 93 después de Cristo: “En el tiempo aquel se presentó Jesús, un hombre sabio, un taumaturgo que llevó a cabo muchas obras milagrosas y fue el maestro de muchos hombres...” (Antigüedades Judaicas libro XVIII) Este comentario que proviene de un hebreo que ni siquiera se hizo cristiano, fue en un tiempo puesto en duda por muchos críticos, que lo consideraron una interpolación posterior, y sin embargo, desde un punto de vista textual (del examen de los viejos manuscritos que nos han llegado), esta sospecha no parece justificada en absoluto; en favor de su antigüedad puede decirse que Eusebio (263-339) lo conocía, puesto que lo cita por dos veces en sus libros; una en su ‘Historia Eclesiástica’ (libro 1º,12) y otra en su ‘Demostratio Evangelica’ (libro 3º,5)

Es además interesante el testimonio del Doctor H. St. John Thackeray, uno de los más importantes estudiosos ingleses de la obra de Josefo Flavio, pues ha confirmado recientemente, que el mencionado pasaje muestra determinadas peculiaridades lingüísticas propias de Josefo.

 

La confirmación del Talmud

 

10 También en el Talmud de Babilonia (Tratado Sanhedrín 43ª) se admite el hecho de que Jesús realmente ejecutó milagros en Israel, aunque se afirma que estas obras no eran realizadas mediante el poder de Dios si no a través de artes mágicas. Mateo confirma en su evangelio, esta acusación de los principales del pueblo, cuando escribe: “...todas las gentes estaban asombradas y decían: ‘¿Acaso no es este el Hijo de David?’ Pero al escucharles, dijeron los fariseos: ‘Este no expulsa a los demonios si no por medio de Belcebub, el príncipe de los demonios...” (Mateo 12:24)

 

Los Salmos

 

11 En un Salmo profético escrito por el rey Salomón, se habla, cómo en tantos pasajes del AT, de las obras y del propósito del Mesías, y dice: “…él liberará de su súplica al desventurado y al menesteroso sin protector. Velará sobre el débil y el desvalido, y salvará las vidas de los necesitados; redimirá sus vidas de la opresión y de la injusticia, y a sus ojos, la sangre de ellos será preciosa...” (Salmo 72:12-14) ¿Como se cumplió?

 

12 Y Lucas escribe: “Ocurrió que cuando iba de camino a Jericó, cierto ciego estaba sentado junto al camino, mendigando, y oyendo pasar a la multitud, preguntó qué cosa sucedía; ellos le respondieron que pasaba Jesús el Nazareno, y entonces gritó diciendo: ‘Jesús, Hijo de David ¡Ten piedad de mí!’ Aquellos que caminaban delante le reprendían para que callase, pero él gritaba aún más fuerte: ‘¡Oh Hijo de David! ¡Ten piedad de mí!’ Parándose, Jesús ordenó que lo condujesen a él y cuando estuvo ante él le preguntó: ‘¿Que es lo que quieres que haga por ti?’, y él dijo: ‘¡Oh Señor, que pueda volver a ver!’ Jesús le dijo: ¡‘Ve de nuevo! Tu fe te ha salvado’. E inmediatamente recobró la vista y le siguió glorificando a Dios. También todas las personas que lo vieron, dieron gloria a Dios”. (Lucas 18:35-43)

 

13 Había junto al estanque cubierto de Bethesda, un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años, y para poder sanar, esperaba ser sumergido en él cuando el agua se agitase.  “...Al verle acostado, Jesús, sabiendo que estaba así desde hacía ya mucho tiempo, le dijo: ‘¿Deseas sanar?’ El enfermo le contestó: ‘Oh Señor, yo no tengo quien me sumerja en el estanque cuando el agua se agita, de modo que mientras me acerco, siempre hay quien es sumergido antes que yo’. Jesús le dijo: ‘¡Levántate, toma tu camilla y camina!’... Mas tarde, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: ‘Mira, has sanado, ahora no peques para que no pueda ocurrirte algo peor’...” (Juan 5:6-9)

 

14 En otra ocasión, Jesús “...vio mientras pasaba, a un hombre ciego de nacimiento; sus discípulos le preguntaron: ‘Maestro ¿Ha pecado este o sus padres? ¿Por qué ha nacido ciego?’ Y Jesús les contestó: ‘Ni este ni sus padres, ha sido para que puedan manifestarse en él las obras de Dios. Yo debo realizar las obras para las que he sido enviado mientras dura el día, porque llega la noche y entonces ninguno podrá trabajar, pero mientras yo esté en el mundo, soy la luz del mundo’. Y dicho esto, escupió en la tierra y haciendo barro con la saliva, lo frotó sobre los ojos del ciego y le dijo, ‘ve y lávate en el estanque de Shiloam’ (que significa ‘El Enviado’) Entonces fue, se lavó y vio”. (Juan 9:1-7)

 

15 Jesús realizó pues todas las obras que en el AT se atribuían al Mesías; él fue aquel profeta que Moisés había anunciado al pueblo de Israel, diciéndoles: “… tu Dios Yahúh levantará de entre tus hermanos a un profeta cómo yo, a él debéis escuchar, tal cómo se lo pedisteis en Horeb, en el día de la asamblea, a vuestro Dios Yahúh, diciendo: ‘No sigamos oyendo la voz de nuestro Dios Yahúh ni viendo este gran fuego, para no morir’, y me dijo Yahúh: ‘Me parece bien lo que dicen; de entre sus hermanos les levantaré un profeta cómo tú y en su boca pondré mis palabras, de modo que les hablará todo lo que yo le mande; entonces pediré yo cuentas al hombre que no escuche mis palabras, las que él hablará en mi nombre.” (Deuteronomio 18: 15-19)

La palabra que en hebreo significa profeta, no se aplica solamente a quienes predicen acontecimientos futuros, también a todos los que anuncian la palabra de Dios o hablan de parte suya. Jesús habló de parte de Dios y predijo también acontecimientos futuros, algunos que ocurrieron tras su muerte, son históricos y demostrables. El Mesías tenía que anunciar en Israel la justicia de Dios y la justificación que él proporciona al hombre, dando a conocer la lealtad de Dios a sus promesas, y su misericordia y veracidad. Podemos encontrar el cumplimiento de todas estas cosas en los escritos del Nuevo Testamento.

 

16 En los Salmos se atribuyen al Mesías estas palabras: “Sacrificio y ofrenda no has deseado, me has hecho mensajero. Holocausto por el pecado y ofrenda no has demandado, entonces he dicho: ‘Mira, yo voy, en el rollo del libro se ha escrito acerca de mí, para efectuar complacido, mi Dios, tu voluntad. Tu ley está dentro de mí, anunciaré la justicia entre un gran pueblo. He aquí que no frenaré mis labios, Yahúh, tú lo sabes, no guardaré tu justificación solo para mí; declararé tu salvación y tu lealtad, no esconderé al gran pueblo tu misericordia ni tu veracidad...” (Salmo 40:7-11) Y Pablo dice en su carta a los hebreos, que conocían las Escrituras: “Al entrar en el mundo, Cristo dice: ‘No te has complacido en sacrificios y ofrendas, pero me has formado un cuerpo. No has aprobado holocaustos ni sacrificios por el pecado, y entonces he dicho: Mira, voy yo, cómo en el rollo del libro se ha escrito de mí, para hacer, Oh mi Dios, tu voluntad’. Después de haber dicho ‘No te has complacido en sacrificios ni ofrendas, ni en holocaustos ni sacrificios por el pecado’, aunque todos ellos se ofrecen  según la Ley, sigue diciendo: ‘Mira, voy yo para hacer tu voluntad’, de esta manera anula los primeros, para establecer lo segundo. Y precisamente por esta voluntad, nosotros hemos sido purificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesús Cristo, que se hizo una sola vez, y para siempre”. (Hebreos 10:5-10)

 

La reacción del pueblo de Israel frente a su Mesías

 

17 ¡El Mesías prometido, tan esperado y deseado, sería, según los profetas, rechazado y odiado por su propio pueblo! Isaías había dicho: “Así dice Yahúh: Un redentor de Israel, su santo, ha sido despreciado por todos, aborrecido por un pueblo...” (Isaías 49:7) Y efectivamente, esto es lo que le ocurrió a Jesús.

También en el Salmo se recogen estas palabras del Mesías: “...palabras de odio me han circundado, sin causa se me han enfrentado. Me calumnian a cambio de mi amor, pero yo oro aunque para mí hayan dispuesto daño a cambio del bien y odio a cambio de mi amor...” (Salmo 109:3-5)

Y en el libro de Isaías leemos: “¿Quien dio crédito a nuestro mensaje y por medio de quien se manifestó el brazo de Yahúh? Creció ante él cómo un vástago, cómo una raíz en tierra árida, y no había en él imagen o majestad aparentes ni una posición que nos agradase. Fue despreciado y rehusado por los notables (Ishim); era un hombre sufriente, preparado al dolor. Desdeñándole, le escondimos el rostro y le menospreciamos sin valorarle...” (Isaías 53:1-3)

Es de hacer notar que la expresión hebrea ‘Ishim’, que significa hombres, se utiliza también para designar a ‘hombres poderosos’, o sea a personas que gozan de una posición social destacada.

 

Tienden trampas al Mesías

 

18 El Salmo dice: “… sin causa, me han escondido una trampa, para mi alma han cavado una zanja...” (Salmo 35:7) Varias veces se menciona en el Nuevo Testamento, que los guías espirituales del judaísmo tendían trampas a Jesús, proponiéndole preguntas tendenciosas para comprometerle. Lucas dice: “...los escribas y los fariseos se encendieron por las cosas que les decía, y tratando de entramparle, le hacían hablar de muchas cosas fuera de contexto, buscando que dijese alguna que les permitiese acusarlo” … … “Y sucedió en un Sábado, que entrando en la casa de uno de los principales de los fariseos para comer el pan, se presentó ante él cierto hombre afectado de hidropesía; ellos le vigilaban, pero en respuesta, dijo Jesús a los escribas y a los fariseos: ‘¿Es legal curar en Sábado?’ Cómo ellos permanecían en silencio, fue a él, lo curó y lo despidió; entonces se volvió hacia ellos y les dijo: ‘Si uno de vuestros asnos o de vuestros bueyes cayese en un pozo ¿No lo sacaríais inmediatamente, aún en el día del Sábado?’ Y no podían replicarle a estas cosas”. (Lucas 11:53-54 y 14:1-5)

 

19 También Marcos escribe: “Entonces le enviaron a algunos de los fariseos y de los herodianos para que lo entrampasen con palabras, y llegándose a él, le dijeron: ‘¡Oh Maestro! Sabemos que eres veraz y que no estas pendiente de ninguno, porque no miras la apariencia del hombre si no que enseñas verdaderamente el camino de Dios ¿Es pues legal pagar el tributo al Cesar o no lo es? ¿Debemos pagarlo o no?’ Pero él, que conocía su hipocresía, les dijo: ‘¿Por qué me probáis? Dejadme un denario para que lo vea’, ellos se lo dejaron y entonces les dijo: ‘¿De quien es esta imagen y esta inscripción?’ Y ellos dijeron: ‘De Cesar’; entonces Jesús les contestó diciendo: ‘Devolved a Cesar las cosas del Cesar y a Dios las cosas de Dios’, y se maravillaron de él”. (Marcos 12:1-17)

 

Los designios homicidas contra del Mesías y el rechazo del pueblo

 

20 En el libro de los Salmos leemos: “...porque he oído a muchos calumniar, hay miedo alrededor, mientras conspiran a una en contra de mí y traman el arrebatarme la vida...” (Salmo 31:13-14) Y Marcos dice que cuando en la Sinagoga, Jesús sanó en día sábado a un lisiado: “...salieron los fariseos, e inmediatamente se reunieron contra él con los herodianos, para ver cómo podían eliminarle...” (Marcos 3:6) También leemos en el evangelio de Juan que: “...desde el día aquel en que se reunieron en concilio, tramaban para matarle.” (Juan 11:53)

 

21 Los profetas habían anunciado que el Mesías sería rechazado por su pueblo en conjunto, y así sucedió. Este rechazo se manifestó de modo inequívoco el día 14 del mes de Nisán del año 33, cuando Jesús fue presentado ante Pilato, leemos que entonces: “...habiendo Pilato convocado al sumo sacerdote y a los principales del pueblo, dijo: ‘Me habéis presentado a este hombre cómo embaucador de las gentes, pero después de haberlo examinado en vuestra presencia, no he encontrado en él ninguna de las faltas de las que le acusáis, ni tampoco Herodes, pues se lo envié de parte vuestra. Por tanto nada ha hecho para ser merecedor de muerte y cómo ya le he castigado, lo liberaré’... … pero todos juntos gritaron diciendo: ‘Toma a este y libéranos a Barrabás’, uno que estaba encerrado en prisión por una revuelta que había habido en la ciudad y por asesinato. De nuevo insistió Pilato porque quería liberar a Jesús, pero ellos gritaron diciendo: ‘¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!’ Aún les dijo por tercera vez: ‘¿Que mal ha hecho este? Nada he hallado que merezca la muerte y habiéndole ya castigado, lo liberaré’, pero ellos le presionaban a gritos, exigiendo que fuese crucificado... … Pilato decidió satisfacer su petición y tal cómo ellos habían pedido, liberó al que había sido encarcelado por sedición y asesinato, entregándoles a Jesús”. (Lucas 23:13-25)

 

Judas Iscariote

 

22 Las profecías hablan de la enemistad e ingratitud del pueblo de Israel para con el Mesías pero además, en varios pasajes del Antiguo Testamento se dice que uno de los suyos, un hombre próximo a él, le traicionaría. Esta profecía se cumple en la persona de Judas Iscariote. El Mesías dice por boca de David: “También un hombre fiel a mí, uno en quien confiaba, uno que comía mi pan, ha levantado contra mí su talón...” (Salmo 41:9) El traidor tenía que ser uno a quien el Mesías consideraba amigo, y efectivamente, Jesús llamó ‘amigo’ (Mateo 26:50) a Judas Iscariote cuando recibió su beso de saludo. Jesús confiaba en él, ya que cómo dice Juan, Judas “administraba la caja”, (Juan 12:6) o sea, se encargaba de la administración del dinero.

 

23 Durante la última cena con sus apóstoles, Jesús compartió su pan con Judas aún sabiendo que le traicionaría. Juan relata: “...el ánimo de Jesús se turbó y declaró: ‘En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me traicionará’. Todos los discípulos se miraron unos a otros, preguntándose a quien se refería. Uno de sus discípulos estaba reclinado sobre su pecho, uno muy amado por Jesús, de modo que Simón Pedro le hizo una seña para que le preguntase a quien se refería, e inclinándose, este le dijo: ‘¡Oh señor! ¿Quien es?’ y le contestó Jesús: ‘Es aquel a quien daré el trozo de pan que voy a mojar en el plato’, y untando un trozo de pan, se lo dio a Judas, el de Simón Iscariote... e inmediatamente después de haber tomado el trozo de pan, salió...” (Juan 13:21-30)

 

24 En los Salmos leemos: “… el que me agravia no es un enemigo, entonces lo soportaría; el que se alza contra mí no es uno que me odia, pues me hubiese ocultado de él; pero eres tú, un hombre valioso, mi compañero y mi amigo, y compartíamos una afectuosa confianza mientras en la casa de Dios, caminábamos entre la gente”. (Salmo 55:12-14) Igual que en el Salmo 41 versículo 9, en este el Mesías llama al traidor, ‘amigo’, porque Judas Iscariote, cómo los demás apóstoles, resultó un fiel acompañante de Jesús durante tres años y medio, y de los relatos de los evangelios se desprende que frecuentaban juntos el Templo, cuando Jesús “...impartía todos los días enseñanza en el Templo…”. (Lucas 19:47)

     

25 El agravio de Judas a Jesús representa una profunda traición; no solo lo vende por dinero, también le saluda alegremente y le besa, para entregarlo personalmente a sus adversarios en el momento y el lugar adecuados, lejos de las gentes que siempre le rodeaban, poniéndolo en manos de sus enemigos para que fuese ejecutado de un modo terrible.

Verdaderamente, Judas había preparado de antemano su traición, pues Mateo relata: “Entonces, uno de los doce llamado Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes y les dijo: ‘¿Que me daríais para que os lo entregue?’ Y ellos le pagaron treinta piezas de plata; desde entonces buscaba la oportunidad de entregarlo”. (Mateo 26:14-16).

Mucho tiempo antes, el profeta Zacarías, hablando de parte del Mesías de Israel, escribe: “...y pesaron mi paga, treinta siclos de plata...” (Zacarías 11:12) Y

 

26 Judas Iscariote se suicidó después de traicionar a Jesús; dice Mateo que viendo que le condenaban, “...sintió remordimiento y quiso devolver las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciéndoles: ‘He pecado al entregar sangre inocente’, pero ellos le contestaron: ‘¿A nosotros que nos importa? Es asunto tuyo’. Entonces arrojó las piezas de plata en el Templo, y saliendo, fue y se ahorcó”. (Mateo 27:3-5) Estos acontecimientos habían sido ya predichos, y también el destino de Judas, porque dice David “Coloca junto a él a un impío, y esté a su diestra un delator...” y habla luego del delator, diciendo “Serán sus días pocos y otro tomará su encargo; quedarán sus hijos huérfanos y viuda su mujer...” (Salmo 109:6-8)

 

27 ¿Cual era el encargo que Judas desempeñaba y que pasaría a otro? Lucas escribe que Jesús, “...llegado el momento, convocó a sus discípulos, a los doce nombrados apóstoles: a Simón que también llamaba Pedro y a su hermano Andrés; a Santiago y a Juan; a Felipe y a Bartolomé; a Mateo y a Tomás; a Santiago, el de Alfeo y a Simón, el llamado Zelota; a Judas, el de Santiago y a Judas Iscariote, que se hizo traidor”. (Lucas 6:13-16) Después de su muerte y recordando el Salmo 109, los apóstoles consideraron que Judas debía ser sustituido y para tomar su encargo, presentaron “...a José, llamado Barsabas y denominado ‘Justo’, y a Matías; entonces dijeron en oración: ‘Tú ¡Oh Señor! Que conoces los corazones de todos, muéstranos a cual de los dos eliges para tomar el servicio de apostolado que Judas abandonó para dirigirse a su lugar; entonces echaron suertes y recayó sobre Matías, que fue contado con los once apóstoles”. (Hechos 1:23-26)

 

 

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Capítulo cuarto

 

La condena, la ejecución y la resurrección del Mesías

 

La condena

 

1 En el capítulo anterior hablábamos del gran contrasentido que representa el rechazo del pueblo de Israel hacia aquel Mesías que Dios había prometido desde la antigüedad y que había sido descrito con tanto detalle por los profetas. Ahora mostraremos algunas profecías que exponen los sucesos del punto culminante de este rechazo, o sea, la condena y la ejecución del Mesías.

Un salmo de David dice: “Estoy exhausto por mi clamor, mi garganta está seca; desfallecen mis ojos esperando a mi Dios. Mis enemigos, aquellos que me odian sin causa, son más numerosos que los cabellos de mi cabeza. Abundan mis adversarios, los que sin provecho, me destruyen...” (Salmo 69:4) porque “...me he convertido en un extraño para mis hermanos, en un extranjero para los hijos de mi madre”. (Salmo 69:8) Y el odio que los principales del pueblo, los escribas y los sacerdotes sentían por él, les llevó a condenarlo a muerte.

 

Los falsos testigos

 

2 Leemos en los Salmos: “Se levantan testigos corruptos que me hablan de lo que no sé; me devuelven mal por bien ¡Que tristeza para mi alma!” (Salmo 35:11-12) “Pero yo, cómo un sordo, no escucho, y soy cómo un mudo que no abre la boca, cómo un hombre que ni escucha ni tiene argumentos...” (Salmo 38:14)

El cumplimiento de esto lo hallamos en el evangelio de Mateo, que dice: “Los sacerdotes principales y el entero Sanedrín, procuraron falso testimonio contra Jesús para que fuese condenado a muerte, pero no lo consiguieron a pesar de que se presentaron muchos testigos falsos. Pero después llegaron otros dos que dijeron: ‘Este ha dicho: Yo puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días’, entonces el sumo sacerdote, poniéndose en pie le dijo: ‘¿Nada tienes que decir a lo que estos testifican contra ti?’ Pero Jesús permanecía en silencio...” (Mateo 26:59-63) Este pasaje pone de manifiesto que Jesús tenía que ser condenado a pesar de no poder ser acusado de ningún delito.

 

Los malos tratos

 

3 Isaías predice cómo sería tratado el Mesías en aquella ocasión, y escribe: “El Señor Yahúh abrió para mí un oído, de modo que no me rebelé ni me volví atrás; ofrecí mi espalda a golpeadores y mi rostro a los que se mofaban, no lo escondí de burlas ni de escupidos. El Señor Yahúh me ayuda, por esto no caeré en desgracia y por esto he hecho mi rostro cómo el pedernal, pues sé que no seré avergonzado”. (Isaías 50:6-7)

Mateo escribe: “...el sumo sacerdote le dijo: ‘¡Yo te requiero por el Dios viviente, que nos digas si eres el Mesías, el hijo de Dios!’ y le dijo Jesús: ‘Tú lo has dicho. Y además te digo que verás desde ahora al hijo del hombre sentado a la derecha del Potente y llegando sobre las nubes del cielo’. Entonces el sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo ‘¡Ha dicho blasfemias! ¿Que otra cosa necesitamos? Mirad, ahora que todos habéis oído la blasfemia ¿Cual es vuestro veredicto?’ Y ellos contestaron: ’Merece morir’. Entonces le escupieron en la cara y le pegaron puñetazos y bofetadas, diciéndole: ‘Profetízanos ¡Oh Cristo! ¿Quien es el que te ha pegado?’” (Mateo 26:63-68)

También el profeta Miqueas había escrito: “...herirán con una vara el rostro del juez de Israel”. (Miqueas 4:14) Y Mateo dice de Jesús: “...y escupiéndole, tomaron una vara y le pegaron en la cabeza”. (Mateo 27:30)

 

La flagelación y la corona de espinas

 

4 Dice Juan que “...Pilato tomo entonces a Jesús y lo hizo azotar, y los soldados, tejiendo una corona de espinas, la colocaron en su cabeza y echaron sobre él un manto rojo, y golpeándole, le decían: ‘¡Salve, rey de los Judíos!’” (Juan 19:1-3)

El látigo que los romanos empleaban para los azotes, el flagrum, tenía tres ramales que terminaban en una pieza metálica con dos bolitas de 3 centímetros. Por esto se dice proféticamente en el Salmo: “Los labradores han arado sobre mi espalda, han extendido sus surcos”. (Salmo 129:3) Por otro lado, la corona de espinas le abría heridas que sangraban empapándole el cabello. El aspecto de Jesús debía tan ser terriblemente lastimoso, cómo el que Isaías describe refiriéndose al Mesías: “...muchos han quedado atónitos ante ti, un hombre así desfigurado en su apariencia y su figura humana”. (Isaías 52:14)

 

La ejecución y el el salmo 22

 

5 Unos mil años antes de que Jesús fuese ejecutado, David describe minuciosamente la ejecución del Mesías, una ejecución diferente de la que recibía entre los hebreos un malhechor, ya que de acuerdo con la Ley, los malhechores tenían que ser lapidados. (Levítico 20:2) Los primeros en practicar la crucifixión fueron los romanos, y lo hicieron varios siglos después de que se escribiese este salmo:

Salmo 22:1-31 “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mi grito de socorro, de mis palabras entre gemidos 2 ¡Dios mío! Clamo durante el día y tú no respondes, y en la noche, y no hay para mí reposo. 3 Pero tú eres Santo, albergas la gloria de Israel. 4 En ti confiaron nuestros padres, ellos confiaron y tú los liberaste. 5 Clamaron a ti y escaparon, confiaron en ti y no fueron avergonzados. 6 Pero yo soy un gusano, no un hombre, escarnecido por los hombres y por pueblo despreciado. 7 Todos los que me ven se burlan de mí... sacuden la cabeza diciendo: 8 ¡Recurra a Yahúh! ¡Lo libere él, ya que en él se deleita!

9 Tú me sacaste del vientre de mi madre; sobre su pecho me sosegaste; 10 fui confiado a ti desde mi nacimiento; tú eres mi Dios desde el seno de mi madre. 11 No te alejes de mí pues me envuelve la angustia y no hay quien me ayude. 12 Me han cercado muchos toros; poderosos del Basán me rodean 13 y abren contra mí la boca, un león que desgarra y ruge. 14 Cómo el agua, me derramo y todos mis huesos se descoyuntan; mi corazón está cómo la cera, se ha derretido dentro de mí; 15 mi fuerza se ha secado cómo la arcilla y mi lengua se pega al paladar. Me has puesto en el polvo de la muerte, 16 me han acorralado perros, me ha circundado una banda de malhechores que son a mis manos y mis pies cómo un león, 17 y puedo contar todos mis huesos.

Recelosos de mí, me observan; 18 se reparten mis vestiduras y echan a suertes mi túnica. 19 Pero tú ¡Oh Yahúh! no te alejes ¡Fuerza mía, apresúrate a socorrerme! 20 ¡Libra mi alma de la espada, mi singularidad, de la garra del perro! 21 Sálvame de la boca del león y de los cuernos de los búfalos ¡Tú me responderás! 22 Anunciaré tu nombre a mis hermanos, y te alabaré dentro de la congregación. 23 Los que teméis a Yahúh ¡Alabadle! Toda la simiente de Jacob ¡Glorificadle! Toda la simiente de Israel ¡Temedle! 24 Pues él no ha menospreciado ni desestimado el sufrimiento del afligido, no escondió de él su rostro y cuando le pidió auxilio, escuchó.

25 ¡De ti acude mi alabanza entre la gran congregación! Cumpliré mi promesa ante los que te temen: 26 los necesitados comerán y se saciarán; los que buscan a Yahúh le alabarán ¡Viva por siempre su corazón! 27 Recordarán, y se volverán a Yahúh de todos los confines de la tierra, y se inclinarán ante ti todas las familias de las naciones, 28 puesto que el reino es de Yahúh y él gobierna sobre las naciones.

29 Toda la multitud de la tierra se nutrirá y se inclinará; ante él se postrarán todos los que descienden al polvo, incluso si su alma no queda con vida. 30 Una descendencia le servirá, y lo que el Señor ha hecho será referido por siempre, 31 porque ellos pasarán anunciando su justificación para un pueblo que ha nacido de él”. (Salmo 22: 1-31)

 

Manos y pies perforados

 

6 La Versión de los Setenta (LXX) vierte así el versículo 16 de este salmo: “...me han acorralado perros, una banda de malhechores me ha circundado; me han perforado las manos y los pies...”, mientras traducciones masoréticas, cómo la del Códice de Leningrado, dicen “...me han acorralado perros, una banda de malhechores me ha circundado; cómo un león, son a mis manos y mis pies...” Esto ocurre porque la versión griega de los LXX tiende a interpretar en el significado de la expresión hebrea, y en este caso, vierte directamente el significado de lo que el león representa, ya que sus dientes perforan y destrozan. Esto no significa que el versículo haya sido adaptado a lo ocurrido, puesto que cómo ya se ha dicho, la Versión de los Setenta había sido ya publicada y difundida mucho antes del nacimiento de Cristo.

     

7 Por otro lado, la expresión ‘perros’ designaba en Israel a cualquiera que no fuese judío. En una ocasión, una mujer cananea se dirigió a Jesús para pedirle que curase a su hija y él le contestó: “...yo solo he sido enviado a los hijos de Israel...” pero cómo ella insistía, le dijo: “...’No es justo tomar el pan de los hijos para echarlo a los perros’, y ella le contestó: ‘Es verdad, Oh Señor, pero hasta los perros comen las migas que caen de la mesa de los hijos’...” Y dice Mateo que Jesús, conmovido por la fe y la humildad de aquella mujer cananea, curó a la niña a pesar de que aquel no era aún su momento. (Mateo 15:21-28)

En el Salmo se llama pues ‘perros’ a la compañía de soldados romanos, que burlándose de Jesús, le coronan de espinas, le golpean y le insultan, para escoltarle luego hasta el lugar de su ejecución y crucificarle, perforándole manos y pies. Mateo escribe: “...después de insultarle, le despojaron del manto de soldado y le vistieron con su propia túnica, para llevarle a donde la crucifixión”. (Mateo 27:31)

 

Sus ropas repartidas y echadas a suertes

 

8 En el versículo 18 leemos que los extranjeros (perros) primero se reparten las ropas del Mesías y después echan a suertes su túnica. También este detalle encuentra un cumplimiento preciso en Jesús, porque Juan escribe: “Una vez crucificado Jesús, los soldados tomaron sus ropas repartiéndolas en cuatro partes, una para cada soldado, y la túnica. La túnica no tenía costuras porque estaba tejida entera desde la parte superior, así que dijeron ‘No la rasguemos, echémosla a suertes y sea de uno’. Con esto se cumplió la escritura: ‘...han repartido mis ropas y echado a suertes mi túnica’...” (Juan 19:23-24)

 

Huesos descoyuntados y sed

 

9 En los versículos 14 y 15, dice el Mesías: “Cómo el agua, me derramo y todos mis huesos se descoyuntan; mi corazón está cómo la cera, se ha derretido dentro de mí; mi vigor se ha secado cómo la arcilla y mi lengua se pega al paladar”. Mientras va saliendo de él la vida cómo el agua que se derrama, el peso del cuerpo que cuelga del travesaño fijado sobre el palo, hace que se desconecten sus huesos y además, siente tanta sed; pero dice el Mesías por boca de David: “...por alimento me dieron lo amargo y para mi sed me dieron a beber vinagre...” (Salmo 69:21)

Mateo escribe: “...y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, denominado ‘Lugar de la Calavera’, le dieron de beber un vino mezclado con hiel, que después de probar, no quiso tomar...” (Mateo 27:33-34) Y también: “Cómo hacia la hora nona, Jesús clamó con fuerte voz, diciendo: ‘Elí, Elí ¿Lamá sabachthaní?’ O sea: ‘Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?’. Al oírlo, algunos que estaban de pie allí dijeron: ‘A Elías llama este’, e inmediatamente corrió uno de ellos a tomar una esponja, y empapándola en vinagre, la ató a una vara y le dio de beber...” (Mateo 27:46-48)

 

Luz y oscuridad

 

10 El versículo 2 dice: “¡Dios mío! Clamo durante el día y tú no respondes, y de noche, pero no hay para mí reposo”; también en los Salmos dice el Mesías refiriéndose al momento de su ejecución: “¡Oh Yahúh, Dios de mi salvación! Clamé ante ti de día y de noche...” (Salmo 88:1-2) Y el profeta Isaías puso estas palabras en boca del Mesías: “Hago vestir los cielos de negrura y los cubro de saco...” (Isaías 50:3)

Marcos escribe: “Era la hora tercera cuando le crucificaron... y al llegar la hora sexta, la oscuridad cubrió toda la tierra hasta la hora nona”. (Marcos 15:25 y 32) Este oscurecimiento de tres horas en el día en que Jesús fue ejecutado, ha sido también confirmado por fuentes no bíblicas. El historiador samaritano Thallos, que en el año 52 de nuestra era escribió en Roma, habló de este suceso en su ahora desaparecido libro ‘Historiae’, una obra citada por los historiadores romanos Julio Africano y Flegón Tralliano, y Julio Africano escribe: “Thallos explica en el tercer libro de su ‘Historiae’, que aquella oscuridad se debió a un eclipse solar, pero, según me parece, sin razón”. La objeción de Julio Africano es importante, porque realmente, no pudo tratarse de un eclipse solar, que de todos modos no provocaría un oscurecimiento total de tres horas, y además, durante el plenilunio es imposible que se verifique un eclipse de sol total, pero sabemos que el día 15 de Nisan, día de la ejecución de Jesús, es el día de la Pascua judía, una festividad que coincide siempre con la luna llena.

La oscuridad que cubrió aquel día la tierra durante tres horas, constituyó por tanto el prodigio anunciado por los profetas; un prodigio documentado por los discípulos de Jesús y por otras fuentes históricas.

 

La burla y la vergüenza

 

11 En los versículos 6 y 7, el Mesías habla de las burlas y los insultos que soportará por parte de tantos, y dice así: “Pero yo soy un gusano, no un hombre; escarnecido por los hombres y del pueblo despreciado. Todos los que me ven se burlan de mí... sacuden la cabeza diciendo: ¡Recurra a Yahúh! ¡Lo libere él, ya que en él se deleita!” Y Mateo escribe: “...los que pasaban le despreciaban y sacudían la cabeza diciendo: ‘Tú, el que tirabas el Templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres hijo de Dios, baja del palo’, y también los principales sacerdotes se burlaban de esta manera, y junto con los escribas y los ancianos, decían: ‘A otros salvó, pero él no puede salvarse; si es rey de Israel, que baje ahora del palo y le creeremos. Él ha confiado en Dios, que lo rescate ahora si lo ama, porque ha dicho: ‘Soy Hijo de Dios’. Con todo esto, incluso aquellos ladrones que habían sido crucificados con él, le increpaban...” (Mateo 27:39-44)

 

Contado con los transgresores y su intercesión misericordiosa

 

12 Isaías escribió proféticamente: “...fue contado con los transgresores, pero ha redimido los pecados de muchos e intercedido por los pecadores”. (Isaías 53:12) Y Lucas escribe: “Y condujeron también para ser ejecutados con él, a otros dos que eran malhechores y cuando llegaron al lugar llamado ‘la Calavera’, le crucificaron junto a los dos malhechores, de hecho, con uno a su derecha y el otro a su izquierda; entonces dijo Jesús: ’Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’...” (Lucas 23:32-34)

 

La muerte

 

13 La conclusión de todos estos dolores se expresa en el Salmo 22:15, donde el Mesías ora a su Dios, diciendo: “...me has puesto en el polvo de la muerte”. Mientras que en el Salmo 31:5, se hallan las últimas palabras que el Mesías pronunciaría: “En tus manos encomiendo mi espíritu, me has redimido ¡Oh Yahúh! Dios fidedigno”. Y escribe Lucas que: “Clamando en voz alta, Jesús dijo: ’Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’, y habiendo dicho esto, expiró”. (Lucas 23:45)

 

La duración de su vida

 

14 ¿Se encuentra en el AT, algún pasaje que desvele la edad de Jesús cuando murió? En el Salmo 102, el Mesías suplica a su Dios: “Dios mío, no me lleves en la mitad de mis días...” (Salmo 102:24) pero ¿Cual es la mitad de los días de una vida humana? El Salmo 90 dice así: “...el tiempo de los nuestros años son unos setenta, y si somos vigorosos, unos ochenta...” (Salmo 90:10)

La mitad de los años de un hombre, serían pues de los 35 a los 40 años. En Lucas 3:23 leemos que Jesús comenzó su predicación ‘cuando estaba en los treinta años’ o sea, no a los treinta si no entrado ya en la treintena. Esto coincide con los acontecimientos que marcaron su nacimiento, cómo el censo ordenado por Augusto, el hecho de tras la visita de los magos, Herodes hiciese matar a los niños menores de dos años, la enfermedad que mantuvo a Herodes durante un tiempo en Jericó y el que unos días antes de su muerte, hubiese un eclipse de luna, fechado el año 4º antes de nuestra era. Por todas estas cosas, Jesús tenía que haber nacido el año 7º antes de nuestra era, por lo que cuando comenzó su predicación en el año 29 d.C. debía tener unos 36 o 37 años de edad, y tres años y medio más tarde, en la fecha de su muerte, tendría cerca de 40 años.

 

Ningún hueso roto

 

15 Un salmo profético dice de Dios y su Mesías: “...él guarda todos sus huesos, ni uno de ellos es quebrantado”. (Salmo 34:20) Pues bien, en el evangelio de Juan, se dice de Jesús: “Entonces los judíos, para que los cuerpos no quedasen en el palo durante el Sábado, pues era la Preparación del gran Sábado, preguntaron a Pilato si podían romperles las piernas y sacarlos de allí. Fueron pues los soldados y primero rompieron las piernas de los que habían sido crucificados con él y al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no se las rompieron; entonces uno de los soldados le traspasó el costado con su lanza, e inmediatamente le salio sangre y agua...” (Juan 19:31-34)

 

Precisiones sobre el lugar de su muerte

 

16 El lugar preciso de la muerte del Mesías era ya conocido en tiempos de Abraham. Se relata en el libro del Génesis que unos 1.900 años antes de Cristo, Abraham se dirigió a un monte de la tierra de Moriah para ofrecer a su hijo Isaac. (Génesis 22:1-19) Y en el segundo libro de las Crónicas, leemos: “Empezó pues Salomón, a edificar la Casa de Yahúh en Jerusalén, en el monte Moriah...” (2Crónicas 3:1) La tierra de Moriah es por tanto, la región que circunda Jerusalén.

Entonces Isaac no murió en la tierra de Moriah, porque aquel episodio fue solo un precedente profético del sacrificio que se llevaría a cabo en aquel lugar. Proféticamente, Abraham dio al montículo del sacrificio el nombre de ‘Yahúh Yireh’, que significa Yahúh provee. Relata Moisés que: “...Isaac dijo a su padre: ‘Padre mío’… ‘Aquí veo el fuego y la leña, pero ¿Dónde está el cordero para el holocausto?’ Y Abraham le respondió: ‘Dios proveerá el cordero del holocausto, hijo mío’...” (Génesis 22:7-8) Y verdaderamente, Dios proveyó a su hijo Jesús, al “cordero de Dios que quita los pecados del mundo”, (Juan 1:29) que en aquel monte se ofreció en favor de la humanidad. (Hebreos 13:11-12)

Y Jesús murió en la tierra de Moriah, sobre el montículo de ‘Yahúh Yireh’, llamado en sus días el Gólgota, dando así cumplimiento al drama profético representado por Abraham y su hijo Isaac.

 

Las profecías mesiánicas de Isaías en la literatura rabínica

 

17 Existen en la literatura rabínica, muchos pasos que relacionan Isaías 53 con el Mesías. Se encuentran por ejemplo, en el Talmud de Babilonia, Sanhedrin 98b; en el Tratado Abkath Rokel del libro Paskita, del año 700 de nuestra era; en un comentario de Génesis 1:3, del rabino Moses Haddarschan, del siglo XI; o en el libro Rabboth, del año 300 de nuestra era, que comenta Ruth 2:12.

El rabino Alschesch (s. XVI), dice refiriéndose a Isaías 53: “Nuestros antiguos rabinos pensaban, apoyados por la tradición, que aquí se habla del rey Mesías. Por esto, también nosotros, siguiéndoles, mantenemos que debemos pensar que el sujeto de esta predicción sea David; él es el Mesías, cómo está bien claro”. Y en el Midrasch Tanchuma, escrito alrededor del siglo IX, se reconoce: “Este es el rey Mesías, que es elevado, exaltado y hecho excelso, más en alto que Abraham, elevado por encima de Moisés y más que los ángeles que le sirven”. Mientras que en el Targum Jonathan Ben Uzziel, este versículo de Isaías 52:13 está bajo el título de “Mesías”.

 

 

Una lectura del capítulo 53 de Isaías

 

17 “¿Quien ha dado crédito a nuestro mensaje y por medio de quien se ha manifestado el brazo de Yahúh? 2 Creció ante él cómo un vástago, cómo una raíz en tierra árida, y no había en él imagen o majestad aparentes, ni una posición que nos agradase. Fue despreciado y rehusado por los notables; era un hombre sufriente, preparado al dolor, y nosotros, desdeñándole, le escondimos el rostro y le menospreciamos sin valorarle.

4 En verdad, él nos ha liberado de nuestra angustia, ha cargado con nuestra desgracia. Nosotros le hemos considerado contaminado, azotado por Dios y atormentado, 5 pero él ha sido la absolución de nuestras ofensas; fue herido por nuestras transgresiones, fue abatido por nuestros pecados, asumió el coste de nuestra paz y por su herida hemos sido sanados. 6 Todos estábamos cómo ovejas perdidas; algunos nos dirigimos a su camino y Yahúh echó sobre él la trasgresión de todos nosotros.

7 Maltratado y afligido, nada dijo; llevado al degüello cómo un cordero, enmudeció; cómo una oveja ante su esquilador, no abrió la boca.

8 Fue arrestado y detenido para juicio, pero a su generación ¿Quien la juzgará? Porque él fue cortado del mundo de los vivos; fue herido por el pecado de mí pueblo.

9 Fue puesto junto a malhechores y a su muerte, con uno rico; aunque él no había hecho injusticia ni había en su boca falsedad.

10 Quiso Yahúh establecer un sacrificio de expiación y lo sometió al dolor; pero su alma verá descendencia, prolongará sus días y en sus manos prosperará la voluntad de Yahúh. 11 Del fruto de su vida verá una luz intensa y quedará satisfecho, pues por su sabiduría, mi leal siervo justificará a muchos, llevando el peso de sus transgresiones. 12 Le daré por tanto, parte con muchos y repartirá el triunfo con los potentes, porque derramó su vida hasta morir y fue contado con los transgresores, pero ha redimido los pecados de muchos e intercedido por los pecadores”. (Isaías 53:1-12)

 

Consideraciones sobre los capítulos 52 y 53 de Isaías

 

18 Antes de describir en el capítulo 53 la pasión del Mesías, se habla en el 52 de su retorno triunfante. Isaías escribe: “He aquí que mi siervo triunfará; será levantado, encumbrado y muy exaltado. Igual que muchos quedaron atónitos ante ti, un hombre así desfigurado en su apariencia y figura humana, le buscarán muchas naciones. Frente a él enmudecerán las bocas de los reyes, porque verán lo que no se les había referido y entenderán lo que no habían escuchado. (Isaías 52:13-15)

En armonía con esto, en el Nuevo Testamento se dice que el Mesías sería “...alzado por Dios y liberado del dolor de la muerte, porque era imposible que la muerte lo retuviese”, (Hechos 2:24) y también que fue elevado a los cielos ante los apóstoles, pues: “...habiendo dicho estas cosas, fue alzado ante sus ojos, y una nube le ocultó de su vista; y mientras ellos le miraban subir a los cielos, dos hombres en túnica blanca estaba de pie a su lado y les dijeron: ‘...este es Jesús, él está siendo ascendido de junto a vosotros hasta el cielo y así volverá, de la misma manera que le habéis visto ir...” (Hechos 1:9-11) para sentarse “...a la diestra de Dios”. (Marcos 16:19) Ya que “...después de haber cumplido con la purificación de los pecados mediante el sacrificio de expiación, se ha sentado a la diestra de la Majestad divina en el más alto de los cielos, y ha adquirido una naturaleza tan superior a la de los ángeles, cuanto mayor es su responsabilidad en la posición que le ha sido otorgada”. (Hebreos 1:3-4)

Y en los Hechos de los apóstoles se relata la predicación de la buena nueva ante reyes (Hechos 26:27-28) e incluso ante el emperador romano. (Hechos 25:11-12) Además, Mateo registró estas palabras de Jesús a sus discípulos “…se publicará la buena nueva del reino en todo lo habitado cómo testimonio a todas las naciones...” (Mateo 24:14) Y Pablo confirma: “…verdaderamente, ‘su voz se ha oído por todas partes y su palabra, hasta la extremidad de la tierra habitada’.” (Romanos 10: 18)

 

19 En el primer versículo Isaías escribe: “¿Quien ha dado crédito a nuestro mensaje y por medio de quien se ha manifestado el brazo de Yahúh?” Y es que si bien el mensaje de Cristo se predicó en todo el mundo conocido de entonces, relativamente pocos hebreos lo aceptaron y también entre los paganos provocó un gran rechazo, con esto los discípulos de Jesús fueron perseguidos y tantos fueron ejecutados por causa de su fe.

Más adelante dice que “...no había en él imagen o majestad aparentes, ni una posición que nos agradase. Fue despreciado y rehusado por los notables, era un hombre sufriente y preparado para el dolor y nosotros, desdeñándole, le escondimos el rostro, le menospreciamos sin valorarle“. (Isaías 53:2-3) Los hebreos esperaban a un Mesías guerrero y triunfador que combatiese por Israel liberando al pueblo del yugo romano, pero el Rey Ungido que Dios envió a Israel, siendo poderoso en espíritu y en obras, se comportó cómo un humilde y apacible siervo suyo. Su combate fue contra la mentira y la hipocresía; mediante la buena nueva, predicó el retorno del pueblo de Israel a la verdad de Dios, hablando al pueblo de su amor por los hombres y mostrándoles a través de las Escrituras, la salvación que para ellos había provisto.

El no era un rey cómo los de este mundo que “está bajo el poder del Maligno, (1Juan 5:19) por esto había dicho a sus discípulos: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y se llama bienhechores a los que sobre ejercen ellas el poder, pero entre vosotros no es así; más bien, el que entre vosotros sea mayor, sea cómo el más joven y el principal, cómo el que sirve… Porque… yo estoy entre vosotros cómo el que sirve”. (Lucas 22:25-27) Y cuando Pilato le preguntó “’¿Eres tú el Rey de los Judíos?’... Jesús le respondió: ‘Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuese de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los Judíos, pero mi reino no es de aquí’… entonces Pilato le dijo: ‘Pero ¿Tú eres rey? Y Jesús respondió: Tú dices que soy rey. Yo he nacido para esto y he venido al mundo para esto: para dar testimonio á la verdad, y todo aquél que pertenece a la verdad, escucha mi voz’”. (Juan 18:33-37)

Esta actitud puramente espiritual contrariaba los proyectos nacionalistas que los principales del pueblo judío acariciaban desde hacía tiempo, por este motivo no querían ni podían reconocerle cómo enviado de Dios y procuraban desacreditarle para atraerle el rechazo de la población y poder eliminarle. Aún así, aquellos que le reconocieron, tuvieron el privilegio de acompañarle y de convivir con el Primogénito de la creación de Dios, su portavoz o su ‘Palabra’, que naciendo cómo hombre, “...habitó entre nosotros”. Y ellos pudieron percibir “su gloria, la gloria del Padre para un Hijo Unigénito, pleno de favor y de verdad”. (Juan 1:14)

 

20 Isaías escribe: “Maltratado y afligido, nada dijo; llevado al degüello cómo un cordero, enmudeció; cómo una oveja ante su esquilador, no abrió la boca”. (Isaías 53:7) Y es cierto que Jesús soporto las calumnias y los malos tratos en silencio y sin proferir queja alguna; Mateo dice: “...levantándose, el Sumo Sacerdote le dijo: ‘¿Nada respondes a lo que estos testifican en contra de ti? Pero Jesús callaba”. (Mateo 26:62-63) Entonces “...Jesús fue llevado ante el gobernador. El gobernador le interrogó diciendo: ‘¿Eres tú el rey de los judíos?’ y Jesús le respondió: ‘Tú lo dices’, pero a las acusaciones de los principales sacerdotes y de los ancianos, nada respondió”. (Mateo 27:11-14)

 

21 Sigue Isaías: “Fue arrestado y detenido para juicio, pero a su generación ¿Quien la juzgará? Porque él fue cortado del mundo de los vivos; fue herido por el pecado de mi pueblo” (Isaías 53:8)

El juicio de Jesús consistió en un proceso breve y viciado, en el que acusadores y jueces actuaron por conveniencia política y olvidaron la justicia. Habitualmente, en los procesos de vida o muerte para el acusado, el tribunal o Sanedrín tenía la obligación de citar a varios testigos dispuestos a declarar a favor del inculpado, sin embargo, en el caso de Jesús se había ya decidido que fuese condenado cómo blasfemo, de modo que su juicio fue tan solo un trámite obligado.

Juan relata “Entonces convocaron consejo los principales sacerdotes y los fariseos, y se preguntaban: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación’. Pero uno de ellos, Caifás, que aquel año era Sumo Sacerdote, les dijo: ‘Vosotros no comprendéis nada ni os dais cuenta de que os conviene que sea solo uno que muera por el pueblo y no perezca toda la nación’. Esto no lo dijo por su propia cuenta... profetizó que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno, a los hijos de Dios que estaban dispersos. Y desde este día, decidieron darle muerte”. (Juan 11:47-53)

Mateo escribe: “Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y resolvieron prender a Jesús con engaño y darle muerte. Pero decían: ‘Durante la fiesta no, para que no se arme un alboroto en el pueblo’...” (Mateo 26:3-5) Durante el juicio, “...los principales sacerdotes y los ancianos lograron persuadir a la gente de que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús”. (Mateo 27:20) Pero cómo “...Pilato trataba de librarle... los judíos le gritaron: ‘Si liberas a este no eres amigo del César, porque todo el que se hace rey, se enfrenta al César’...” (Juan 19:12)

Mateo relata: “Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta, y dijo Pilato a los judíos: ‘Aquí tenéis a vuestro Rey’. Ellos gritaron: ‘¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!’ Les dijo Pilato: ‘¿A vuestro Rey voy a crucificar?’ Replicaron los principales sacerdotes: ‘No tenemos más rey que el César’...” (Juan 19:14-15) “Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba si no que más bien se promovía tumulto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo diciendo: ‘Soy inocente de la sangre de este justo. Vosotros veréis’, y todo el pueblo respondió: ‘¡Su sangre está sobre nosotros y sobre nuestros hijos!’ Así que les soltó a Barrabás y después de que Jesús fuese azotado, lo entregó para que fuese crucificado”. (Mateo 27:24-26)

 

22 Isaías había escrito: “...fue puesto junto a malhechores y a su muerte, con uno rico...”. (Isaías 53:9) Habitualmente se sepultaba a los criminales en el vertedero del valle de Hinón, situado en las afueras de Jerusalén. Allí se arrojaban y se quemaban las basuras y los animales muertos; sin embargo Yahúh dispuso que Jesús fuese llevado a un sepulcro aún sin estrenar. Dice Mateo: “Al llegar la noche, un discípulo de Jesús, un hombre rico de Arimatea llamado José, fue a Pilato para pedirle el cuerpo y Pilato dio la orden de que el cuerpo de Jesús le fuese entregado; José lo tomó y envolviéndolo en un paño limpio de lino fino, lo colocó en una tumba nueva de su propiedad excavada en la roca, hizo rodar una piedra grande frente a la entrada y se marchó”. (Mateo 27:57-60)

 

23 Las Escrituras ofrecen un triple testimonio de la inocencia de Jesús, confirmando estas palabras de Isaías: “… él no había hecho injusticia ni había en su boca falsedad…”. (Isaías 53:9)

Pablo dice: “...hacemos de embajadores en lugar de Cristo, cómo si a través nuestro Dios exhortase: 'os suplicamos en el nombre de Cristo que os reconciliéis con Dios, porque ha considerado pecador al que no conoció el pecado, para que nosotros fuésemos justificados por medio suyo'...” (2Corintios 5:20-21)

Pedro escribe: “También sufrió Cristo por vosotros, dejándoos un modelo para que siguieseis sus huellas, pues él, que no cometió pecado ni en sus palabras se halló engaño, al ser ultrajado, no devolvió los ultrajes, y mientras sufría, no profirió amenazas. Se encomendó al que juzga con justicia, y ofreció su cuerpo en sacrificio por nuestros pecados, para que muertos al pecado, viviésemos para la justicia. De modo que vosotros habéis sido sanados a causa de sus heridas, porque erais cómo unas ovejas perdidas, y habéis vuelto ahora al pastor y guardián de vuestras vidas”. (1 Pedro 2:21-25)

Y el apóstol Juan dice en su carta: “...debéis saber que él ha venido para anular los pecados, porque en él no hay pecado”. (1 Juan 3:7-8)

 

24 Leemos:Quiso Yahúh establecer un sacrificio de expiación y lo sometió al dolor; pero su alma verá descendencia, prolongará sus días y en sus manos prosperará la voluntad de Yahúh”. (Isaías 53:10)

En el libro de los Hechos de los Apóstoles vemos que antes de ser ascendido a los cielos, Jesús se había presentado ante sus apóstoles, “...vivo tras su sacrificio, ofreciéndoles muchas pruebas evidentes y siendo visto con ellos durante cuarenta días...” (Hechos 1:3)

Y dice Pablo que “...después de haber cumplido con la purificación de los pecados mediante el sacrificio de expiación, se ha sentado a la diestra de la Majestad divina en el más alto de los cielos, y ha adquirido una naturaleza tan superior a la de los ángeles, cuanto mayor es su responsabilidad en la posición que le ha sido otorgada”. (Hebreos 1:3-4)

 

25 Dice Isaías: “Del fruto de su vida verá una luz intensa y quedará satisfecho. Por su sabiduría, mi leal siervo justificará a muchos, llevando el peso de sus transgresiones”. (Isaías 53:11)

Y Pablo escribe: “Ahora... se ha dado a conocer el modo en que Dios concede la justificación que la Ley y los Profetas declaran; aquella que Dios concede mediante la fe en Cristo y que está al alcance de todos los que tienen fe, sin distinciones. Pues cómo todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, todos son justificados gratuitamente, gracias a su generoso don: la redención mediante Jesús Cristo; porque la fe en el poder redentor de su sangre, es la base para que Dios, por su misericordia, atribuya la justificación. (Romanos 3:21-25)

 

26 Dice Isaías: “Le daré por tanto, parte con muchos y repartirá el triunfo con los potentes, porque derramó su vida hasta morir...” (Isaías 53:12)

Y cuando Juan recibe la visión de parte de Jesús, que relata en el Apocalipsis, viéndolo en toda su majestad, escribe: “Al verle caí a sus pies cómo muerto, pero él puso su mano derecha sobre mí y me dijo: ‘No temas, yo soy aquel que comenzó y aquel que concluirá, el viviente. Aunque morí, ahora vivo por los siglos de los siglos y tengo la llave de la muerte y del hades’...” (Apocalipsis 1:17-18) Y más adelante declara: “Vi a personas tomadas de todas las etnias, tribus, pueblos y lenguas, una multitud grande que no se podía contar, en pie delante del trono y del Cordero, vistiendo largas ropas blancas y con ramas de palma en la mano... Uno de los ancianos me dirigió la palabra para preguntarme: ‘Estos que van vestidos con largas vestiduras blancas ¿Quienes son y de donde vienen?’ pero yo le respondí: ‘Tu lo sabes mejor que yo, señor’. Así que me dijo: ‘Son aquellos que han atravesado la gran tribulación, y han lavado sus ropas, purificándolas en la sangre del Cordero. Por esto están ante el trono de Dios día y noche, prestándole un servicio sagrado en de su templo’...” (Apocalipsis 7:9 y 13-15)

 

La autenticidad de Isaías

 

27 Puesto que los escritos de Isaías son tan importantes en la profecía mesiánica, es importante remitirse a su autenticidad y fiabilidad; debemos pues recordar aquellas palabras de André Lamorte, que se refieren a la copia de su libro hallada en el Qumran, y que hemos citado en la introducción: ‘El rollo del profeta Isaías se considerado hoy y definitivamente, copiado antes de la era cristiana. El parecer de los expertos en cuanto a la datación, varía generalmente entre el inicio del primer siglo antes de Cristo y el final del segundo. No es pues razonable dudar de las profecías que hallamos en él.

 

La resurrección

 

28 También la resurrección del Mesías había sido anunciada en el AT. En el Salmo 16 habla el Mesías y dice: “He puesto a Yahúh siempre ante mí, porque él está a mi diestra y no perezco. Por esto está mi corazón alegre y se conmueve mi alma; morara mi persona en seguridad con más razón, pues no abandonarás mi alma en el Sheol ni dejarás que tu fiel vea la sepultura”. (Salmo 16:8-10) La Versión griega de los LXX traduce libremente el significado de este versículo y lo termina así: “... no abandonarás mi alma en la muerte ni permitirás que tu santo vea la corrupción”.

Es evidente que estas palabras no pueden referirse a David, el compositor de este salmo, porque mil años antes del nacimiento del Mesías, él vio la muerte y su cadáver, la corrupción, igual que todos los hombres. Pero Mateo relata: “El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: ‘No temáis, sé que buscáis a Jesús, el Crucificado, pero no está aquí. Ha resucitado cómo había anunciado. Venid y ved el lugar donde estaba, y ahora apresuraos, id a decir a sus discípulos: ‘Él ha resucitado de entre los muertos e irá delante vuestro a Galilea. Allí le veréis’…” (Mateo 28:5-7)

 

Josefo Flavio confirma la resurrección

 

29 La resurrección de Cristo no viene solamente confirmada por los relatos Bíblicos, ya que cuando en el año 93, el historiador Josefo Flavio publicó los 20 volúmenes de su obra ‘Antigüedades Judaicas’, escritas con el fin de que los romanos estuviesen mejor informados de la historia de los hebreos y de su religión, se pronunció brevemente en cuanto al juicio y a la resurrección del Señor Jesús, escribiendo: “En aquel tiempo, (el tiempo de Pilato) se presentó Jesús, un hombre sabio, un taumaturgo que realizó muchas obras milagrosas y fue un maestro para los hombres que aceptaban con gusto la verdad. Ganó a su causa muchos hebreos y muchos griegos… y después de que incitado por nuestros propios principales, Pilato lo condenase a muerte, aquellos que lo amaban no le abandonaron y él volvió, mostrándose a ellos vivo después de tres días...” (Antigüedades Judaicas libro XVIII)

Es cierto que varios críticos han puesto en duda la autenticidad de este pasaje, pero cómo ya se ha dicho, hay otros expertos, cómo el Doctor H. St. John Thackeray que está especializado en los escritos de Josefo Flavio, que apoyan su genuinidad.

 

Más de 500 testigos oculares

 

30 Puede también decirse que hubo en conjunto, más de quinientos testigos oculares de la resurrección de Jesús; uno de ellos, Pablo, escribe: “De las cosas esenciales que yo mismo recibí, os he transmitido esto: en cumplimiento de las Escrituras, Cristo murió por nuestros pecados y después de ser sepultado, resucitó al tercer día. Fue visto por Cefas y luego por los doce; pero más tarde, fue visto por más de quinientos hermanos a un tiempo, y aunque algunos de estos ya han muerto, la mayoría aún vive. Después de que Santiago y todos los apóstoles le viesen, en último lugar, se me apareció también a mí, a uno que no merecía vivir, al más insignificante de los apóstoles, porque no soy digno de ser llamado apóstol ya que he perseguido a la congregación de Dios”. (1Corintios 15:3-9)

Este es un testimonio que no puede ser considerado dudoso, porque no podría declararse impostores a Pablo y a todos los que dieron en su día, testimonio de la resurrección de Cristo. Además, la insinceridad está en contradicción total con las Escrituras a las que ellos se atenían con firmeza, aunque esto significase para muchos, una condena a muerte.

 

Sin resurrección, no existe el cristianismo

 

31 Reflexionemos también en este hecho. Hacia el año 57 de nuestra era, el apóstol Pablo escribió a los Corintios, que la certeza de la fe cristiana se basa en la realidad de la resurrección de Cristo, o sea, si la resurrección del Señor no resultase un hecho indiscutible, la fe de los cristianos carecería de fundamento. Pablo dice: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha sido resucitado de entre los muertos ¿Como es que algunos de vosotros decís que no hay resurrección de los muertos? Pues si no existe la resurrección de los muertos ¡Tampoco ha sido resucitado Cristo! Y si Cristo no ha sido resucitado, nuestra predicación y nuestra fe no tienen sentido. Es más, si fuese verdad que la resurrección de los muertos no existe, cuando nosotros declaramos que Dios ha resucitado a Cristo, se nos puede considerar cómo falsos testigos de Dios, porque si los muertos no van a resucitar, tampoco ha resucitado Cristo. Y si él no ha sido resucitado, vuestra fe es inútil, aún estáis inmersos en vuestros pecados y aquellos que murieron en unión con Cristo están perdidos. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo para esta vida, somos más dignos de lástima que cualquiera ¡Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos cómo primicia de los que duermen en la muerte! Porque si la muerte llegó por medio de un hombre, la resurrección llega también por medio de un hombre, para que del mismo modo que mueren todos por la culpa de Adán, vuelvan a la vida todos por medio de Cristo; aunque cada cual de acuerdo con el orden establecido: Cristo cómo primicia, más tarde, cuando él vuelva, aquellos que pertenecen al Cristo y después todos los demás”. (1Corintios 15:12-23)

Los testigos oculares de la resurrección no podían engañar ni ser engañados, y no hubiese sido posible que todos hiciesen depender la veracidad de su predicación partiendo de una mentira y ofreciesen su vida basándose en ella. La realidad de la resurrección de Cristo era para ellos una evidencia inquebrantable y no solo esta confirmada por los testimonios de Pedro, de Mateo, de Lucas, de Juan y de los otros apóstoles, también por el de más de quinientas personas, muchas de las cuales vivían aún cuando Pablo escribió la carta.

 

La importancia de la resurrección

 

32 Dios había manifestado desde el principio, la voluntad de redimir a los descendientes de Adán, y lo había dado a entender con estas palabras, entonces misteriosas, dirigidas a la Serpiente de Edén: “...pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia. Él aplastará tu cabeza y tú herirás su talón. (Génesis 3:15) La resurrección de Cristo fue la confirmación de que Dios había aceptado el sacrificio de la descendencia para que todos los que mostrasen fe en su propósito pudiesen ser justificados y obtener la vida. Su Mesías había sido herido, pero había triunfado en la misión encomendada y fue resucitado por Dios cómo primicia de la resurrección de la humanidad. Por esto dice Juan: “...Jesús Cristo, el testigo fiel, el primero que ha sido resucitado de entre los muertos...” (Apocalipsis 1:4)

La redención y la resurrección de Cristo, proporciona los “que ponen en práctica sus mandamientos… derecho a su porción en los árboles de la vida, y entrarán por las puertas de la gran ciudad...” (Apocalipsis 22:14)

 

Conclusión

 

33 Se han analizado aquí unas pocas profecías que testifican en favor de que Jesús fue verdaderamente el Mesías descendiente de Abraham, que Israel estaba esperando y por medio de quien serían “...bendecidas todas las naciones de la tierra”. (Génesis 12:3) Pero hay que decir que recopilar y analizar con detalle todos los testimonios que las Escrituras ofrecen a su favor, ocuparía libros enteros.

Aún así, creemos haber demostrado razonablemente la veracidad del cumplimiento en la persona de Jesús de Nazaret, de las profecías mesiánicas recogidas en el Antiguo Testamento; así cómo el hecho de que la vida de cada una de las personas del mundo depende exclusivamente del poder redentor del Mesías elegido y nombrado por Dios, porque la fe en el poder redentor de su sangre, es la base para que Dios, por su misericordia, atribuya la justificación”. (Romanos 3: 25)