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La imposición de las manos

(Griego: ἐπιθέσεώς τε χειρῶν, epitheseôs te cheirôn)

 

Cuadro de texto:

1 Entre las cosas que constituyen la doctrina o verdades fundamentales de la enseñanza cristiana, Pablo, autor de la carta a los hebreos, dice de la imposición de las manos: «Por tanto, ahora que hemos superado la enseñanza básica con respecto al Cristo, deberíamos progresar hacia la madurez, sin detenernos de nuevo en las verdades fundamentales, como el apartarse de las obras que llevan a la muerte, la fe en Dios, la enseñanza relativa a los bautismos, la imposición de las manos, la resurrección de los muertos y el juicio universal». (Hebreos 6:12)

Desde los primeros libros del Antiguo Testamento, la imposición de manos es un gesto que frecuentemente se menciona en las Escrituras, donde se nos muestra que su significado nada tiene de mágico ya que las manos no tienen poder alguno, pues es Dios quien escucha y puede conceder lo que se solicita.

 

2  La imposición de las manos es pues un gesto emblemático que en las Escrituras se emplea en diversos sentidos:

En la transmisión de una bendición

En la transmisión de dones espirituales por medio del espíritu santo

En la curación de enfermos

En la transmisión de autoridad para una misión especial

Por ejemplo, significó una bendición especial de Jacob para Efraim y Manasés; leemos: «Israel extendió su mano derecha y la colocó sobre la cabeza de Efraim, el más joven, y cruzando sus brazos puso su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, aunque Manasés era el primogénito. Entonces bendijo a José diciendo: “¡El Dios ante quien caminaron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que ha sido mi pastor desde que existo hasta este momento, el ángel que me ha liberado de todo mal, bendiga a estos jóvenes! Sean llamados con mi nombre, con el nombre de mis padres  Abraham e Isaac y se multipliquen abundantemente sobre la tierra»”. (Génesis 48:1416) Y Marcos escribe que Jesús bendijo así a unos niños, pues leemos que las gentes «le llevaban niños para que los tocase», sin embargo «los discípulos les regañaban. Viendo esto, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis…” Y tomándolos en brazos, los bendecía imponiendo las manos sobre ellos». (Marcos 10:1316)

 

3 En la congregación Cristiana, la transmisión de los dones del espíritu santo se realizaba exclusivamente mediante Jesús y los apóstoles. Citamos tres casos registrados por Lucas en el libro de los Hechos. El primero se refiere a los samaritanos que después de haber sido bautizados, recibieron el espíritu santo, pero solamente a través de los apóstoles Pedro y Juan; leemos: «Los apóstoles, que estaban en Jerusalén, al enterarse que la Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan. Ellos descendieron y oraron por ellos para que recibiesen el espíritu santo, porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, solamente habían recibido el bautismo en el nombre del señor Jesús. Entonces impusieron las manos sobre ellos, y recibieron el espíritu santo». (Hechos 8:1417)

El segundo caso se refiere a Saulo de Tarso, conocido como el apóstol Pablo. Esta vez, Jesús intervino directamente al entregarle este encargo a Ananías; leemos: «fue Ananías y entro en aquella casa, e imponiéndole las manos, dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por el que venías, me ha enviado para que recuperes la vista y seas colmado de espíritu santo”». (Hechos 9:17)

El tercer caso está relacionado con los discípulos de Éfeso y leemos: «Tras escuchar esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús, y apenas Pablo les impuso las manos, espíritu santo descendió sobre ellos, y hablaron en lenguas y profetizaron». (Hechos 19:56)

 

4 Jesús imponía las manos con frecuencia; así, mientras un día se encontraba junto al mar de Galilea, Jairo, uno de los jefes de la Sinagoga, le imploró: «Mi hijita se muere. Ven e imponle las manos para que sea salvada y viva». (Marcos 5:22...23) En otra ocasión le presentaron a un sordomudo, «rogándole que le impusiera las manos», (Marcos 7:32) y relata Lucas que «al caer el sol, todos aquellos que tenían enfermos por varias dolencias, los llevaban a él, y él los sanaba imponiendo las manos sobre cada uno de ellos». (Lucas 4:40)

Más tarde, también Pablo sanaba a los enfermos imponiendo sobre ellos las manos, como en el caso del padre de Publio, principal magistrado de la isla de Malta: «El padre de Publio estaba en el lecho, afectado de fiebre y disentería. Pablo fue a su encuentro y después de haber orado, le impuso las manos y fue sanado». (Hechos 28:89)

 

5 La autoridad para ejercer un servicio en la comunidad se transmitía también mediante una imposición de las manos. Con respecto a la consagración de sacerdotes para servicio del Señor Yahúh en la antigüedad, leemos: «Traerás ante Yahúh a los levitas, y los hijos de Israel impondrán las manos sobre los levitas». (Números 8:10)

En el caso de Josué, Moisés impuso las manos sobre él para conferirle autoridad como sucesor suyo. Leemos: «Yahúh dijo a Moisés: “Toma a Josué hijo de Nun, un hombre en el que está el espíritu, e impondrás sobre él las manos; le harás comparecer ante el sumo sacerdote Eleazar y ante toda la comunidad, le darás tus órdenes en presencia de ellos y le harás partícipe de tu autoridad, con el fin de que toda la comunidad de los hijos de Israel le obedezca». (Números 27:1820)

Los apóstoles imponían las manos sobre los discípulos que eran elegidos diáconos para el servicio de la primitiva congregación, pues Lucas dice que cuando fueron elegidos «Esteban, hombre pleno de fe y de espíritu santo, Felipe y Prócoro, Nicanor y Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquia… los presentaron a los apóstoles, que después de haber orado, impusieron sobre ellos las manos». (Hechos 6:56)

Cuando Pablo y Bernabé fueron elegidos para la misión apostólica, Lucas escribe que mientras los discípulos de Antioquia «servían públicamente a Yahúh y ayunaban, el espíritu santo dijo: “Apartarme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que les he llamado”. Entonces, después de haber ayunado, orado e impuesto sobre ellos las manos, los dejaron marchar». (Hechos 13:23)

Cuando Pablo escribe a Timoteo, le recuerda por dos veces la importancia de este acto que dio inicio a su misión, y le dice: «te recuerdo que mantengas en vigor el don de Dios, que te fue impartido mediante la imposición de mis manos». (2Timoteo 1:6), y otra vez: «No descuides el privilegio que tienes, que te fue conferido por indicación de los profetas, mediante la imposición de las manos por parte de los ancianos», y le aconseja: «No impongas las manos con ligereza sobre alguno, para no hacerte cómplice de los pecados ajenos, mantente puro». (1Timoteo 5:22)

 

6 Las cosas que hemos considerado se refieren a los tiempos bíblicos y a la congregación del primer siglo. Pero ¿Cuál es hoy en día el sentido de este emblemático gesto?

Puesto que a principios del segundo siglo de nuestra era, la pureza  de la enseñanza apostólica había ya comenzado a ser distorsionada por interpretaciones filosóficas, y la primitiva Congregación había dejado de existir, podemos responder que la imposición de las manos no tiene hoy en día sentido.

Ya en el año 64, Pedro había profetizado: «ya que todo está a punto de acabarse, orad, siendo prudentes y vigilantes», (1Pedro 4:7) y en el año 98, también Juan, el último de los apóstoles en vida, anunció poco antes de su muerte, el final de la Congregación apostólica, y escribió: «Hijitos, esta es la última hora. Pues tal como habéis oído que tiene que venir el anticristo, ahora han aparecido muchos anticristos, y por esto sabemos que es la última hora». (1Juan 2:18) Y cuando Juan afirma que habían aparecido muchos anticristos, revela que por causa de ellos, las “verdades fundamentales” que incluyen la imposición de las manos, serían privadas de su verdadero sentido, a causa de las diversas y contradictorias interpretaciones que condujeron a la actual apostasía.

Por tanto, hasta el retorno de Cristo, que «enviará a sus ángeles con sonora trompeta, para reunir a sus elegidos desde los cuatro vientos, de un extremo de los cielos hasta el otro», (Mateo 24:31) levantando de la muerte a su Congregación verdadera, el gesto de la imposición de las manos carece de totalmente de valor.