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“Id y haced discípulos de todas las naciones en el nombre mío”

 

Hallamos en el evangelio de Mateo, que después de su resurrección, Jesús se reunió con sus apóstoles en un monte de la entonces llamada Galilea y allí les dijo: “Toda autoridad Me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones en el nombre mío enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y recuerden que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:18..20)

 

Ya antes de su muerte, Jesús les había convocado en aquel lugar para reunirse con todos ellos, por esto, la mañana en que fue resucitado, el ángel que las mujeres hallaron en su lugar cuando fueron a su tumba, les dijo “…ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis’, tal cómo él les había dicho”. (Mateo 28:7) Y cuando las mujeres se pusieron en camino, el mismo Jesús se presentó ante ellas para decirles: “No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”, de modo que algunos días más tarde, “los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña que Jesús les había indicado”. (Mateo 28:10,16)

 

Una vez allí Jesús les habló y les dio un mandato, les dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones en el nombre mío enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y recuerden, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:18..20) Este mandato proviene pues de Jesús, que cómo él dijo, ha recibido del Altísimo toda la autoridad sobre el cielo y la tierra, y ninguno, ni hombres ni gobiernos, tienen derecho a combatir o a impedir su cumplimiento.

 

Aquel Jesús que se apareció a sus discípulos en Galilea, fue el primer hombre resucitado de la muerte a una vida sin fin, por esto se le llama en las Escrituras “el primogénito de los muertos”, (Apocalipsis 1:5) y en armonía con esto, Pablo escribió: “…él (Jesús) es también cabeza del cuerpo, o sea de la Congregación, y el principal y primogénito de los que resucitan de entre los muertos, de manera que en todo ocupa el primer lugar.” (Colosenses 1:1,18-19)

El apóstol Pedro escribe de estas cosas: “Cristo murió una vez para siempre por los pecados, un justo en favor de los injustos, que fue muerto en el cuerpo, pero que fue hecho vivo en el espíritu para conducirnos de nuevo a Dios”. (1Pedro 3:18..19)

 

Tiempo después de su resurrección, Jesús se dio a conocer a Pablo, que escribió con respecto a él: “Este Hijo es el reflejo del esplendor de su gloria, es la imagen de su personalidad, y sostiene todas las cosas por el poder que le ha sido otorgado. Porque después de haber cumplido con la purificación de los pecados mediante el sacrificio de expiación, se ha sentado a la diestra de la Majestad divina en el más alto de los cielos, y ha adquirido una naturaleza tan superior a la de los ángeles, cuanto mayor es su responsabilidad en la posición que le ha sido otorgada”. (Hebreos 1:3-4)

 

Jesús ocupa por tanto, el primer lugar entre los hijos de Dios, de modo que el mandato que dio a sus discípulos está por encima de cualquier consideración humana. El poder en los cielos y sobre la tierra le había sido otorgado por el Dios omnipotente, fuente de toda autoridad, y para sostenerlo, Jesús infundió en sus discípulos, espíritu santo y poder.

Ahora bien, ninguno debe suponer que cómo estas cosas sucedieron hace muchos siglos, la autoridad otorgada por Jesús a aquellos discípulos suyos no se aplica a sus discípulos actuales, ni que la autoridad de Jesús se ha debilitado, tal cómo se ha debilitado en el mundo la influencia de la Cristiandad. Jesús es una persona histórica, no un mito llegado a nosotros a través de oscuras tradiciones; él recibió en su día una autoridad que mantiene y que nunca ha cedido a otros, y pronto la ejercitará. Por esta razón, dijo a sus discípulos: “…recuerden, yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”, (Mateo 28:20) un momento que se ha acercado, puesto que si bien este viejo mundo subsiste aún, es cada vez más evidente que va acercándose al período de su conclusión.

 

La autoridad perpetua y universal otorgada a Cristo tras su resurrección, debería hacer reflexionar a los que se burlan diciendo: “En nuestro tiempo, el cristianismo esta desapareciendo y el pensamiento científico está tomando su lugar”. Esta actitud debería también hacer reflexionar a los discípulos de Jesús, con respecto a la seriedad y la vigencia del mandato que les dio hace siglos y la responsabilidad que para ellos representa, cómo lo representó para los discípulos del primer siglo; una responsabilidad prioritaria en sus vidas.

El conocimiento de este mandato debiera proporcionarles el vigor y la fuerza necesarias para llevarlo a cabo hasta la conclusión de este viejo mundo, al saber con certeza que gozan del apoyo y protección de Cristo “todos los días”.

 

¿Se dirigía el mensaje de Jesús únicamente a los judíos?

 

El ser discípulos de Jesús nada tiene que ver con la observancia pasiva de normas y preceptos religiosos. Su objetivo no era el de hacer discípulos entre un grupo exclusivo de personas, si no el de publicar su mensaje, haciéndolo disponible a todas las personas del mundo. No debía por tanto, ocurrir lo mismo que en tiempos del rey Salomón, cuando once siglos antes del nacimiento de Jesús, acudían a Jerusalén gentes de todas partes para aprender de su gran sabiduría, tal cómo se registra en el libro de los reyes, que dice: “Para oír la sabiduría de Salomón venían de todos los pueblos y de parte de todos los reyes de los países adonde había llegado la fama de su sabiduría.” (1Reyes 4:34) Incluso la reina Saba fue a él desde lo que entonces se conocía cómo los confines de la tierra, para escucharle, y a estas cosas se refirió Jesús, cuando refiriéndose a sí mismo, dijo: “...algo más que Salomón está aquí”, (Mateo 12:42) puesto que verdaderamente, tanto su vida cómo su muerte, han ejercido sobre la humanidad una influencia mucho mayor que la de Salomón. Sin embargo, Jesús, en lugar de invitar a que acudiesen a él desde países lejanos para escuchar su sabiduría y su magnífico mensaje de esperanza, envió a sus discípulos para que lo diesen a conocer a todas las gentes de todo el mundo

 

Cuando Jesús estuvo en la tierra, fue un judío circunciso y bajo la Ley de Moisés, y por causa de la promesa hecha a Abraham, su mensaje se dirigió en primer lugar a los judíos. Aún así, este mensaje se refería a la salvación que por medio de él, se haría disponible a todos los hombres de todos los países de la Tierra, a toda la humanidad. Jesús dio a conocer este hecho que había también sido anunciado por los profetas de Israel, no solo sobre aquel monte de Galilea, también sobre el Monte de los Olivos, al Este de Jerusalén, donde antes de ser ascendido al cielo, dijo a los discípulos que lo acompañaban “…recibiréis la fuerza del Santo Espíritu que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. (Hechos 1:8)

 

Así pues, el testimonio que ellos dieron y que constituye la primera parte del designio de Dios para la salvación de la humanidad, no quedó circunscrito a los judíos naturales que estaban esparcidos por la tierra, si no que se hizo disponible a las personas de las demás naciones, cómo Cristo había anunciado con estas palabras: “…está escrito que el Cristo padecería y resucitaría de entre los muertos al tercer día, y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén.” (Lucas 24:46..47) Y realmente, esto es lo que comenzó a partir del día de Pentecostés del año 33, cuando el apóstol Pedro dijo a la multitud de judíos y prosélitos congregados en Jerusalén: “Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo; pues la Promesa es para vosotros y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro”. (Hechos 2:38-38)

En aquel día, alrededor de 3.000 personas fueron bautizadas en el nombre de Jesús, convirtiéndose en unos discípulos deseosos de conocer su enseñanza a través de los apóstoles, y tras su bautismo, “…acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones.” (Hechos 2:42)

 

La expansión del primer siglo

 

Aquel día de Pentecostés había sido el momento elegido por Yahúh para derramar su santo espíritu sobre los discípulos de Cristo, puesto que muchos de los que se habían congregado en Jerusalén y escucharon el mensaje de los apóstoles, bautizándose, provenían de muchos lugares del Asia, de Europa y de África, cómo lo confirman las Escrituras cuando dicen: “Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo.” (Hechos 2:5) Estos, después de haber recibido la instrucción de los apóstoles, retornaron a sus países de origen y difundieron la Buena Nueva. Pero ¿Qué decir de la provincia de Samaria que estaba entre la Judea y la Galilea?

 

En una ocasión Jesús había predicado a los habitantes de la Samaria a través de una mujer del pueblo de Sicar. Ella había hablado a todos los que conocía, diciéndoles que Jesús era tal vez el Mesías, y cuando los condujo a Jesús y le escucharon, aquellos samaritanos le dijeron: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo”, (Juan 4:42) reconociéndole cómo al Mesías y Salvador, no solo de los judíos, si no de todo el mundo. En aquella ocasión, Jesús dijo muy apropiadamente a sus apóstoles: “Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega, el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna.” (Juan 4:35-36)

Tras su resurrección y poco antes de su ascensión al cielo, Jesús les autorizó a predicar sus palabras a todas las naciones, y por este motivo, Felipe, viéndose obligado a alejarse de Jerusalén y de la Judea, se dirigió a Samaria y muchos samaritanos se hicieron creyentes y se bautizaron, de modo que los apóstoles que se encontraban en Jerusalén, enviaron a Pedro y a Juan para que también sobre ellos, fuese derramado espíritu santo.

 

La expansión de la Buena Nueva tenía que ser mayor; todavía no había llegado hasta las gentes de las naciones, hasta las personas incircuncisas de toda la tierra. Sin embargo, aunque los discípulos dudaban y no lo habían aún comprendido, la septuagésima semana de años de la profecía de Daniel (ver artículo ‘Daniel y los Tiempos de las Naciones’) estaba a punto de terminar, porque acababa al final del verano del año 36; había llegado el momento señalado por Dios para que se abriera la puerta del Reino a las personas de las naciones.

Yahúh envió entonces al centurión Cornelio el apóstol Pedro, para que empleando la tercera ‘llave del reino de los cielos’, predicase el mensaje de Jesús en las naciones, y con esto las personas incircuncisas se unieron a los judíos, prosélitos y samaritanos, de las congregaciones ya establecidas.

Unos 28 años después de las palabras de Jesús en el Monte de los Olivos, el apóstol Pablo recordó a una de las congregaciones de las naciones, que debían permanecer “sin apartar la mirada de la esperanza prometida en la buena nueva que habéis oído, que ha sido anunciada a toda la humanidad bajo el cielo, y de la que yo, Pablo, soy ministro”. (Colosenses 1:23)

Puede por tanto decirse que los apóstoles y discípulos llevaron a término con seriedad, el encargo que Jesús les había dado.

 

¿Que decir de hoy en día?

 

La Cristiandad cuenta hoy en día, con centenares de millones de personas reunidas en sus diversas confesiones, que han olvidado el encargo de Cristo en cuanto a la responsabilidad de difundir la verdadera enseñanza apostólica e instruyen a sus discípulos en una Buena Nueva diferente. Sus integrantes han sido bautizados en el nombre de una trinidad divina en la que ponen fe, aunque nada tiene que ver con las Escrituras, y están divididos en más de 1.600 diferentes confesiones y sectas católicas, ortodoxas o protestantes. Por esto, el hecho de que más de dos mil millones de Biblias en 1.337 lenguas, hayan sido distribuidas en todo el mundo, no significa que se hayan hecho verdaderos discípulos de Cristo, discípulos instruidos pacifica y amorosamente en su enseñanza, que muestran un sincero interés en el conocimiento de la doctrina apostólica.

Además, con el fin de imponer su sistema religioso, la Cristiandad empleó en el pasado, fuego, espada, persecución y guerras; un sistema de reclutamiento de ‘cristianos’ totalmente ajeno al que Jesús había encomendado a sus apóstoles y que puede juzgarse por los frutos que ha producido.

 

La obra de hacer discípulos es distinta de la de dar un testimonio público del Reino de Dios. Hacer discípulos supone impartir la enseñanza de Cristo en toda su pureza a las personas que después de haber oído, muestran interés. El llegar a la decisión de hacerse discípulo de Cristo no solamente representa haber aceptado el testimonio recibido, representa también el deseo progresar en el aprendizaje de su enseñanza y de recibir el bautismo en su nombre, en armonía con las cosas aprendidas.

 

Para resumir, puede afirmarse que antes del retorno del Señor Jesús, es necesario que nos impliquemos en la obra de hacer verdaderos discípulos suyos, de modo que podamos a su retorno, participar de lo que estas palabras suponen: “Bien hecho, empleado bueno y fiel; ya que has sido fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho más. Entra pues, y alégrate conmigo”. (Mateo 25:21)