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¡Haceos un buen nombre ahora!

 

1 Escribe Lucas que después de ser resucitado, Jesús permaneció cuarenta días con los apóstoles que había elegido, y subió luego a los cielos. Mientras ellos le contemplaban alejarse, “he aquí que dos varones con vestiduras blancas se situaron junto a ellos y les dijeron: ‘Galileos ¿Por qué estáis parados mirando al cielo? Este mismo Jesús, el que os ha sido alzado a los cielos, vendrá igual que le habéis visto partir al cielo”. (Hechos 1:10-11)

Desde entonces muchas personas de la Cristiandad han creído y esperado este acontecimiento que señala el anunciado final de este mundo y el reinado de Cristo sobre la Tierra, y lo han proclamado vez tras vez, seguramente sin considerar que al despedirse de sus apóstoles, Jesús dijo: “No es cosa vuestra conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado en su autoridad” (Hechos 1:7)

Sin embargo, aunque esta expectativa no se haya aún cumplido, todos los que en cualquier tiempo han esperado con anhelo el regreso de Jesús, han tenido durante su vida, la oportunidad de forjarse un buen nombre ante Dios y alcanzar en aquel “último día”, (Juan 6:40) la resurrección a la vida prometida.

En armonía con estas cosas, Pablo escribió hace muchos siglos: “Ahora se me ha reservado el premio de la justificación que el justo juez, el Señor, me asignará en el día de su manifestación, pero no solo a mí, también a todos los que hayan esperado su manifestación ansiosamente”. (2Timoteo 4:8) Y es que en cualquier época de la historia del hombre, sin importar el momento, las personas tienen mientras viven, la oportunidad de hacerse un buen nombre, un nombre que pueda ser amado por Dios.

 

2 Tenemos por tanto que aprovechar esta única oportunidad que la vida ofrece, siendo conscientes de nunca dispondremos de otra; Salomón advierte, “Cualquier cosa que alcance a hacer tu mano, hazla con denuedo, porque allí, el sheol al que te diriges, no hay actividad ni pensamiento ni conocimiento ni sabiduría”. (Eclesiastés 9:10) Procuremos entonces actuar sin miedo y en armonía con nuestra fe, confiando en los designios del Creador de la vida y poniendo en primer lugar las enseñanzas de nuestro Salvador, que nos permiten acumular “un tesoro imperecedero en los cielos, donde no llega el ladrón ni consume la polilla ” (Lucas 12:33..34)

Leemos en el evangelio que Jesús “decía a todos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue día a día con su cruz (madero) y sígame, porque quien quiera cuidar su vida, la perderá, pero el que consuma su vida por mi causa, este la cuidará. Por tanto ¿Cuál es para el hombre la ventaja de ganar el mundo entero, pero destruirse a sí mismo o ser rechazado? Porque aquel que se avergüence de mí y de mi enseñanza, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando llegue en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”. (Lucas 9:23-26)

Como Salomón nos recuerda en tantas ocasiones, también el hombre que dirige su vida al goce de la prosperidad, de los honores y de las riquezas, muere, y entonces “… volverá a estar desnudo igual que salió del vientre de su madre, para marcharse del mismo modo en que llegó, pues nada llevará en su mano a cuenta de su trabajo”. (Eclesiastés 5:15) La única cosa de un valor indestructible y permanente que las personas pueden adquirir en esta vida y conservar tras la muerte, es un buen nombre ante Dios.

 

3 Para conseguirlo, resulta vital reconocer y aceptar de todo corazón el juicio de Dios en cuanto a lo que es justo y lo que es injusto, aplicándonoslo. Es decir, tenemos que esforzarnos en hacer las cosas que Dios ama y abandonar las que condena.

¿Cuál es el modo de conseguirlo? Pablo propone a los discípulos de Cristo: “… si es verdad que el espíritu de Dios mora en vosotros, debéis vivir en armonía con el espíritu y no para satisfacer lo que los sentidos desean, ya que si uno no vive en armonía con el espíritu, como lo hizo Cristo, tampoco le pertenece …” (Romanos 8:9) Y puesto que “nosotros estamos esperando unos nuevos cielos y una nueva tierra según su promesa, que alberguen la justicia“, (2Pedro 3:13) Pablo nos aconseja: “No os conforméis al sistema del mundo actual y transformad vuestra mente, renovándola, para que podáis discernir cual es la verdadera, aprobada y completa voluntad de Dios”, (Romanos 12:2) y podáis ser “ renovados mediante el espíritu que hace actuar vuestra mente”, (Efesios 4:23) porque “el cuerpo tiene deseos contrarios al espíritu y el espíritu tiene deseos contrarios al cuerpo, y como están en contradicción el uno con el otro, no siempre lográis hacer aquello que quisierais”, y sin embargo, “para liberaros de esto, dejaos guiar por el espíritu”. (Gálatas 5:17-18)

 

4 El deseo de abandonar las cosas que no agradan a Dios es realmente necesario, pero no suficiente, porque el simple hecho de desprenderse de las costumbres contrarias a sus mandatos, no significa que estemos a salvo. Jesús lo había ilustrado con esta parábola: “Cuando un espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: ‘Volveré a mi casa, de donde salí’. Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden, de modo que va y toma consigo a otros siete espíritus peores que él, y entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio”. (Mateo 12:43-45)

Y es que aún cuando la casa haya quedado ‘barrida y en orden’, cuando la persona no llena con hábitos provechosos el vacío que los malos hábitos suprimidos dejan, la recaída es previsible y puede llevar a una situación más grave aún que la anterior. Por esto, el apóstol Juan advierte especialmente a los discípulos de los últimos días: “Atención, el Señor está preparado para llegar de improviso, como un ladrón; bienaventurado pues el que se mantiene despierto y vestido, para no tener que afrontar la vergüenza de comparecer desnudo”. (Apocalipsis 16:15)

No basta por tanto desnudarse de las prácticas incorrectas, es preciso vestirse, asumir una personalidad nueva, “creada en verdadera justicia y santidad, a la imagen de Dios”, (Efesios 4:24) una personalidad que no deje ni una pequeña rendija a la inactividad cristiana, porque como muestra Jesús, la apatía y la pasividad son para los espíritus inmundos una invitación. Es pues fundamental que renovemos nuestra mente alimentándola con las enseñanzas del espíritu, mientras las ponemos en práctica para vestirnos ante Dios, con unos hábitos que nos protejan y nos conduzcan hacia la vida.

 

Se hace necesaria una guía

 

5 Los ámbitos de la religión y de la filosofía proveen al mundo un laberinto de opiniones contradictorias con respecto al futuro del hombre y a lo que es correcto o incorrecto. Han quienes se dirigen a las Escrituras en busca de lo que es justo y verdadero, pero puede resultarles realmente difícil llegar a captar y a comprender sin la adecuada ayuda, el profundo sentido de la sabiduría divina, que desde el principio estuvo escondida en un secreto sagrado”. (1Corintios 2:7)

Por esto, cuando hace 19 siglos, un etíope, un “alto funcionario de Candace, reina de los etíopes, que estaba a cargo de todos sus tesoros y había venido a adorar en Jerusalén, regresaba sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías”, Felipe fue hacia él guiado por el espíritu de Dios, y “le dijo: ‘¿Entiendes lo que estás leyendo?’ Él contestó: ‘¿Cómo puedo comprenderlo si nadie me hace de guía?’ Y rogó a Felipe que subiese y se sentase junto a él … entonces, partiendo de este texto de la Escritura, Felipe se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús. (Hechos 8:27-35)

 

6 Felipe no era en realidad un fariseo notable ni tampoco un escriba; era uno de los seguidores de Jesús, pertenecía por tanto a un grupo difamado y perseguido por aquel judaísmo ortodoxo que no quiso reconocer al Mesías de Dios, a pesar de jactarse de su sabiduría, de su piedad y de su conocimiento de las Escrituras.

Pero ¿Dónde están hoy en día los ‘Felipes’, los que están capacitados para guiar mediante la Escritura, a quienes buscan hacerse un buen nombre ante Dios? Seguramente no están, como pudiera esperarse, en las religiones ortodoxas de la cristiandad, que por otra parte, proceden mayoritariamente de la apostasía predicha por Jesús y por los apóstoles Pedro y Pablo. El estudio de su historia y desarrollo, pone de manifiesto que los sistemas religiosos del Judaísmo y de la Cristiandad, que dicen basarse en las Escrituras Bíblicas, han incorporado a sus doctrinas muchos conceptos y creencias procedentes de las costumbres y religiones de distintos pueblos, así como de otras corrientes del pensamiento humano, haciéndose culpables de adulterar el mensaje del espíritu de Dios, desfigurándolo y privándolo en su conjunto, de sentido.

 

7 Dice la Escritura que en la antigüedad, los hebreos adoptaron costumbres y ritos paganos, y da testimonio de que “el pueblo siguió ofreciendo sacrificios en los lugares elevados, aunque sólo a su Dios Yahúh”; (2Crónicas 33:17) mezclando así a su adoración, unas prácticas paganas. Refiriéndose al hecho de mezclar lo verdadero con lo falso en la adoración de Dios, el profeta Elías reprendía al pueblo con estas palabras: “¿Hasta cuándo brincaréis de una idea a otra? ¡Si Yahúh es Dios, seguidle, y si lo es Baal, id tras él!” (1Reyes 18:21) Sin embargo, las gentes de Israel despreciaban las advertencias de su Dios, persiguiendo y matando a sus profetas.

Después de su cautiverio en Babilonia, Judá continuó adulterando la Palabra de Dios, aunque esta vez no con la adoración idolátrica, si no añadiendo preceptos basadas en las tradiciones y la filosofía, que alteraban las disposiciones de la Ley dejando sin efecto el espíritu o intención de sus mandatos.

Jesús condenó con severidad esta práctica, reprendiendo así a los escribas y a los fariseos: “¿Por qué traspasáis también vosotros el mandamiento de Dios por causa de vuestra tradición? … Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, diciendo: ‘Este pueblo me honra con los labios pero su corazón lejos está de mí, y me honran en vano, enseñando doctrinas y preceptos humanos”. (Mateo 15:3, 7..9)

 

8 Pero también los que se consideraban pastores del rebaño de Cristo siguieron el  mismo derrotero y tan temprano como durante el segundo siglo, se alejaron del “principio de no ir más allá de lo que está escrito. (1Corintios 4:6) Así, tras siglos de desavenencias, luchas, intrigas y muertes, en el cuarto siglo y bajo la protección del emperador romano Constantino, quedó establecida una Cristiandad apóstata. Fue entonces cuando muchos conceptos ya admitidos que provenían de los cultos y creencias de Egipto, Babilonia, Grecia y Roma, quedaron definitiva y oficialmente establecidos en la doctrina eclesiástica. Paradójicamente, unas doctrinas totalmente desconocidas en las Escrituras, como la de el Dios trino, la de el alma inmortal, la del lugar llamado infierno donde los demonios torturan las almas de los malvados, la del purgatorio y tantas otras de orígenes manifiestamente paganos, son ahora consideradas como las enseñanzas básicas del Cristianismo. Y para mayor confusión, la crítica con respecto a la autenticidad y fiabilidad de la Biblia crece, mientras muchas iglesias aceptan sin reservas la teoría de la evolución como una realidad irrefutable, a pesar de que su hipotética trayectoria es contraria a la evidencia científica experimentada y probada, con respecto al comportamiento de la materia.

El resultado de todo esto es que muchas de las iglesias denominadas Cristianas, no basan ya su enseñanza en las disposiciones de Dios que la Escritura refleja, si no en postulados que se fundamentan en la ética humana. Con esto alejan a sus miembros de la fe verdadera y admiten algunas prácticas que Dios expresamente condena.

 

9 ¿Quiénes son pues los ‘Felipes’ o guías fidedignos hoy en día?

Solo pueden ser los que creen sinceramente en el hecho de que los libros canónicos de la Biblia son escritos inspirados por el espíritu de Dios. Los que ponen fe en que la Palabra de Dios es veraz aunque esto signifique que todos los hombres sean mentirosos, y la aceptan como una lámpara para su pie y una luz para su camino, rechazando cualquier doctrina ajena.

Solo pueden ser los que nada añaden o quitan a su enseñanza; los que reconociendo su autoridad, no desean ir más allá de lo que está escrito en ella; los que se esfuerzan en hacer comprender a los que buscan a Dios y quieren escucharles, que lo importante no son sus propias palabras, si no la Palabra de Dios, que a través de la Escritura se dirige a los hombres con un mensaje de vida eterna. Solo pueden ser los que dan a conocer la auténtica Buena Nueva, para que quien quiera escucharla, pueda hacerse ante Dios un nombre amado y aspiran a ser como Jesús, una guía “fiel en las cosas de Dios”, (Colosenses 3:2) intentando estar “siempre preparados para hacer una defensa de” su “esperanza ante los que” les “pidan explicaciones, pero con gentileza y respeto”. (1Pedro 3:15)

 

La clase de personas que debemos ser

 

10    Realmente, el hecho de estudiar e instruirse para poder “recordar correctamente las palabras de los santos profetas y las instrucciones que el Señor y Salvador… ha transmitido por medio de los apóstoles”, (2Pedro 3:2) es necesario para poder declarar a los demás la Buena Nueva; no obstante, para hacerse un buen nombre ante Dios, hace falta algo más. Pablo dice: “Tú que instruyes a otros ¿Te instruyes a ti mismo?” (Romanos 2:21) Porque si bien es necesario que fijemos en nuestra mente la instrucción que adquirimos a través de la palabra de Dios, debemos sobre todo fijarla en nuestro corazón, sabiendo que los primeros beneficiados somos nosotros, pero luego debemos también empeñarnos en adecuar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestra conducta, a los designios y las disposiciones del Dios que nos ama y nos rescata de la muerte y de la injusticia de este mundo.

Este esencial esfuerzo permite revestir a quienes lo practican, una personalidad nueva, que por medio del conocimiento exacto va renovándose en armonía con la imagen de aquel que la ha creado”. (Colosenses 3:9..10) Por este motivo, Pablo escribe: “Yo corro, pero no sin un objetivo y procuro que mis golpes no den al aire, mientras tengo a mi cuerpo en sujeción, disciplinándolo con dureza para que después de haber predicado a otros, no vaya yo a quedar descalificado”. (1Corintios 9:26..27)

 

11 El punto es por tanto ¿Qué es lo que realmente deseamos tener en el corazón?

Porque en realidad, lo que parecemos no siempre determina lo que somos, las apariencias pueden ser engañosas. Por ejemplo, cuando Yahúh envió a Samuel para que ungiese a uno de los hijos de Jesé como rey de Israel, el profeta quedó inmediatamente impresionado por el hermoso aspecto del hijo primogénito, pero Dios le advirtió: “No te fijes en su apariencia ni en su gran estatura, porque yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias pero Yahúh mira el corazón”; (1Samuel 16:7) y Pablo dice a los que creían que la circuncisión podría salvarles: “… no es judío quien lo es exteriormente y la circuncisión no es la que puede verse en el cuerpo, es judío quien lo es en su interior, y la circuncisión es la que está en su corazón”. (Romanos 2:28..29)

 

12    ¿Qué es lo que debemos poner en nuestro corazón? Jesús respondió diciendo: “Amarás al SEÑOR, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mateo 22:37-39) En armonía con esto, Pablo escribió más tarde a los discípulos: “… ahora voy a mostraros un camino que es la vía por excelencia: si yo hablase las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tuviese amor, me asemejaría al sordo repicar de unos trozos de cobre o de unos címbalos estridentes. Y si tuviese el don de la profecía, conociese todos los montañas, pero no tuviese amor, no sería nada. Y si además distribuyese todas mis posesiones, y me ofreciese también a mi mismo, podría gloriarme, pero sin amor no me sería de ningún beneficio”. (1Corintios 13:1-3) Es pues evidente que debemos dirigir nuestro corazón a poner en primer lugar las disposiciones de nuestro Dios y a obrar movidos por un amor sincero y desinteresado, porque como dice Juan “el que no ama, tampoco puede conocer a Dios, porque Dios es amor. (1Juan 4:8)

 

13    Y ¿Qué es lo que el amor debido a Dios y al prójimo implica? El apóstol Pablo lo compendia escribiendo: “Haced de manera que vuestro amor sea sin hipocresía; odiad el mal y apegaos a lo que es bueno, mientras tomáis la iniciativa en mostraros unos a otros honor y tierno afecto. Sed diligentes; no seáis indecisos y servid al Señor con espíritu ferviente, alegres por la esperanza, pacientes en la tribulación y constantes en la oración. Contribuid a las necesidades de los santos, buscad ser hospitalarios, y bendecid a los que os persiguen ¡Bendecid y no maldigáis! Compartid las alegrías y los dolores de los demás, siendo respetuosos al tratar unos con otros. No deseéis honores para vosotros mismos y no os consideréis sabios. Dejaos atraer por las cosas humildes y no devolváis mal por mal a ninguno. Sed afables, y si es posible, en lo que de vosotros dependa, vivid en paz con todos. No os venguéis vosotros mismos amados, dejad lugar para la ira, porque está escrito: "la venganza es mía, yo pagaré, dice el SEÑOR", pero "si tu enemigo tiene hambre dale de comer y si tiene sed dale de beber, porque haciendo estas cosas acumularás carbones ardientes sobre su cabeza". No os dejéis vencer por el mal, venced al mal con el bien”. Romanos 12:9..21

 

14    Lo mismo que Pablo, los seguidores de Cristo deberían poder decir desde el corazón: el mundo ha muerto para mi y yo he muerto para el mundo”, (Gálatas 6:14) y sin embargo, puesto que vivimos dentro del mundo, esto no es fácil; para poder lograrlo es importante asociarse con personas que compartan este mismo objetivo, puesto que como Salomón dice: “El que camina con sabios se hará sabio, pero el compañero de los necios se hundirá”. Proverbios 13:20 Por este motivo Pablo advierte: “ no os dejéis engañar, las malas compañías corrompen los buenos hábitos morales”. (1Corintios 15:33) Nosotros sabemos ya que “los que viven para satisfacer sus sentidos, vuelven su atención a las cosas materiales, mientras que los que viven en armonía con el espíritu, la vuelven a las cosas espirituales. Pero vivir para satisfacer aquello que los sentidos desean, resulta en la muerte, mientras que vivir para satisfacer aquello que el espíritu necesita, resulta en vida y paz”. (Romanos 8:3-6)

Así pues, cuidemos de la integridad de nuestro corazón, es decir, de lo que sentimos y deseamos, asociándonos con las personas que ponen en primer lugar las cosas que el espíritu necesita; es vital que “no nos ausentemos de las reuniones como acostumbran algunos. Más bien, exhortémonos unos a otros mientras contemplamos como se acerca el Día”. (Hebreos 10:25)

 

¡Este es el Momento!

 

15    Sabemos que según las Escrituras, el momento del retorno de Cristo está cerca; concentrémonos pues en llegar a ser la clase de personas que pueda recibirle con alegría; esforcémonos en renovar nuestra mente, para poder desnudarnos de la vieja personalidad, pero sobre todo, vistámonos con la nueva, que nos permite obtener un buen nombre ante Dios.

Es verdad que muchas personas han esperado durante su vida, ver este extraordinario acontecimiento que ha sido anunciado en distintos momentos, pero no consintamos que el fracaso de estas falsas proclamas debilite nuestra fe en los verdaderos e inmutables designios de Dios ni olvidemos esta advertencia de Jesús, que dijo para nosotros: “vosotros sed como unos hombres que esperan a su señor cuando retorna de la boda, para abrirle inmediatamente al llegar y llamar. Benditos aquellos siervos que el señor hallará despiertos al llegar. En verdad os digo que se ceñirá, los pondrá a la mesa y llegándose a cada uno, les servirá. Pero si llegase y hallase así durante la segunda vigilia o durante la tercera vigilia ¡Benditos ellos! Y entended esto, si el amo de casa supiese a qué hora llega el ladrón, no dejaría que su casa se horadase. Vosotros estad pues preparados, porque el Hijo del Hombre llega en una hora que no pensáis”. (Lucas 12:36-40)

Permanezcamos por tanto despiertos y vigilantes, mientras estamos ocupados en hacernos ante Dios un nombre amado, porque nuestra vida depende de esto.