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La base de nuestra esperanza

 

Una esperanza fundamentada en la confianza

 

1    Todas las personas desean que sus esperanzas no sean defraudadas, pero para alimentar la esperanza, es preciso fundamentarla en la convicción de que lo que se espera es valioso y puede ser alcanzado. Para los seguidores de Cristo no puede haber ninguna cosa más valiosa que la esperanza de alcanzar las promesas de Dios, una esperanza que él puso al alcance de la humanidad y que no puede ser defraudada porque está fundamentada en “la Palabra de Dios, que vive para siempre y que jamás viene a menos”. (1Pedro 1)

La razón nos hace comprender que este maravilloso universo, con su belleza, su meticuloso orden y su variedad infinita, no puede haber llegado a existir por sí mismo, a través de innumerables accidentes casuales, solamente puede ser el resultado de una inteligencia ordenada y creadora, que a través de sus obras pone de manifiesto “tanto sus cualidades invisibles como su eterna potencia y su divinidad”. (Romanos 1:20)

Sir Isaac Newton, considerado por muchos historiadores de la ciencia como una de las 'mentes científicas más grandes que el mundo ha visto', dice en una carta a un amigo, que en su obra más importante, la Principia, se había esforzado en resaltar las pruebas irrefutables de la existencia de Dios y que tenía la satisfacción de poder comprobar que sus palabras habían calado en las gentes.

 

2    Newton escribe: “Este hermosísimo sistema de Sol, planetas y cometas, solo pudo proceder del consejo y dominio de un Ser inteligente y poderoso ... Este Ser gobierna todas las cosas ... como Señor sobre todo ... El Dios Supremo es un Ser eterno, infinito, absolutamente perfecto”.

El Creador de todas las cosas realmente existe y no solo es eterno, todopoderoso y sabio, es también amoroso y justo. Por este motivo, ninguno que sinceramente desee hacer lo que es correcto puede sentirse privado de una esperanza de salvación. Tal vez algunos digan: ‘¿Cómo considerar entonces la injusticia, la enfermedad y la maldad que hay en la Tierra?’ Sin embargo, las adversidades que sufrimos no presentan un argumento sólido contra la presencia y la misericordia de Dios, ya que existe un origen y una causa para la maldad que se ha desarrollado entre los hombres y para que Dios la consienta durante un determinado período de tiempo.

 

3    Las Escrituras muestran que la situación de la humanidad obedece a dos razones básicas:

En primer lugar, Dios formó "al hombre a su imagen, los hizo varón y hembra y los creó a imagen divina; luego los bendijo diciendo: 'Fructificad y aumentad, llenad la Tierra y ocupadla; gobernad sobre los peces del mar, sobre las aves de los cielos y sobre cualquier animal que se mueva en el suelo'". (Génesis 1:27...28) De hecho, Dios entregó a los hombres el cuidado y gobierno de la Tierra, como afirma David cuando escribe: "los Cielos son cielos de Yahúh, pero ha entregado la Tierra a los hijos del hombre". (Salmo 115:16) Desafortunadamente, el hombre dotado de libre albedrío y de autoridad, superó desde el principio los límites del encargo que había recibido y se apropió de la exclusiva jurisdicción de Dios para determinar lo que es moralmente bueno y lo que es moralmente perjudicial para su creación, incitado por aquella poderosa criatura espiritual que le acusa ante el Creador diciendo: "¡Piel por piel! ¡Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne ¡Verás si no te maldice a la cara!" (Job 2:4...5)

 

4    En segundo lugar, como Salomón dice, hay un momento señalado y un tiempo para cualquier propósito bajo los cielos”. (Eclesiastés 3:1) El resultado de la trayectoria emprendida por el hombre, demostrará ante todos los hijos de Dios, hombres y ángeles, la indiscutible incapacidad de cualquier ser creado para establecer por sí mismo y alejado del Creador, un gobierno que mantenga permanentemente entre los hombres la armonía, la paz y la prosperidad, y una justicia genuina e imparcial. Para demostrar este hecho de una vez para siempre, sin que jamás pueda haber ninguna duda, se hace sin embargo necesario el transcurso de un período de tiempo suficiente. Mientras tanto y aunque Yahúh no interviene en este mundo, nunca ha abandonado a la humanidad sometida a la injusticia y la muerte, puesto que ha guiado con su espíritu a quienes le buscan y ha suministrado a todos los hombres una segura esperanza de salvación mediante la redención ofrecida por su Primogénito. Él conoce la capacidad de amar y de razonar que ha puesto en sus hijos y les exhorta a permanecer fieles con estas palabras: “Sé sabio hijo mío, regocija mi corazón y desmentiré al que me afrenta”. (Proverbios 27:11)

Quienes han puesto su esperanza en la salvación que Yahúh provee, tienen pues durante su vida en este mundo adverso, la oportunidad de mostrarle amor y de regocijarle mostrándose perspicaces y fieles.

 

5     Leemos en la Escritura que “para cualquier propósito hay un tiempo y un juicio porque la maldad a causa del hombre es mucha. Puesto que no sabe lo que sucederá ¿Quién le informará entonces cuando suceda? No hay hombre con poder sobre el espíritu para detener al espíritu y no hay escapatoria en la lucha ni podrá la maldad liberar a quien la posee. Yo he comprendido todo esto y he puesto mi corazón en todo lo que ocurre bajo el sol, mientras el hombre gobierna sobre los hombres para su mal”. (Eclesiastés 8:6…9)

Quienes no conocen los designios de Dios, ignoran verdaderamente su destino, pero quienes los conocen y ponen fe en él, también saben que siempre informa a su pueblo de cualquier acontecimiento que le afecte, como lo confirma Amós, cuando escribe que “no hace nada el Señor Yahúh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas”. (Amós 3:7) En la antigüedad avisó a Noé del diluvio y le proporcionó salvación; advirtió reiterada e inútilmente a Israel del destino que le esperaba por su infidelidad; avisó a Judá de su cautiverio en Babilonia y de la destrucción de Jerusalén y su Templo, y señaló con precisión el momento de la llegada de su Enviado y las circunstancias de su nacimiento, de su vida y de su muerte, para que pudiese ser reconocido por quienes le estaban esperando.

 

6    Pero ¿Qué sucederá a partir de ahora?

Dice Pablo que “todas las cosas que se escribieron, fueron escritas para nuestra instrucción, para que por medio de la perseverancia y por el consuelo que proviene de las Escrituras, podamos mantener la esperanza”, (Romanos 15:4) y por medio de las cosas que se escribieron, Pedro responde así a esta pregunta: "por la Palabra de Dios, en la antigüedad fueron constituidos unos cielos y una tierra que surgió del agua, y que estaba rodeada de agua” y por orden de la misma Palabra, aquel mundo de entonces, fue destruido por el agua del diluvio. Pues bien, por la misma Palabra, los cielos y la tierra actuales están destinados al fuego y reservados para el Día del juicio y de la destrucción de los impíos". (2Pedro 3:5…7)

Refiriéndose a esta destrucción, dice el Salmo: “Cuando el brotar de impíos sea como la hierba, florecerán entonces todos los practicantes del mal, para ser destruidos por siempre”, (Salmos 92:7) y con la destrucción final de la maldad, llegará el momento establecido por Dios para que "su voluntad se haga en la Tierra como en el Cielo". (Mateo 6:10) Isaías anunció lo que sucederá en aquel momento y dice: “se nos ha entregado un hijo; sobre su espalda estará el gobierno y será llamado con los nombres de Admirable Consejero, Poderoso Divino, Padre de la Perpetuidad, Príncipe de Paz. La grandeza del gobierno y de la paz no se acabará sobre el trono de David y sobre su reino, hasta establecerlo y sostenerlo con justicia y rectitud desde entonces y para siempre”. (Isaías 9:6…7) Este será el momento en el que “Dios mismo intervendrá en" favor de la humanidad "y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte ni duelo, ni llanto ni dolor. (Apocalipsis 21:4)

 

7     ¿Por qué razón podemos confiar plenamente en el cumplimiento de estas promesas?

Pues porque nuestra esperanza se basa en la palabra delDios que no puede mentir”. (Tito 1:2) El pasado cumplimiento de las profecías que se registraron en la Escritura, nos proporciona la seguridad de que en su momento, se cumplirán también las que se refieren al futuro. Podemos poner confianza en que el designio de Dios reconducirá a los hombres a su condición original y mientras tanto, tenemos que cuidar de nuestra esperanza fortaleciéndola mediante la fe, que “es la convicción de que las cosas que esperamos son ciertas”. (Hebreos 11:1) Mostremos ante Yahúh una fe como la de Abraham, que “delante del Dios de su fe, el Dios que vuelve a dar vida a los muertos y que se refiere a las cosas que no existen como si existiesen, mantuvo la esperanza contra toda razón de esperar”. (Romanos 4:17)

Los testigos que confirman la veracidad de las promesas de Dios son fiables. Pedro escribe a los discípulos: “Nosotros no os hemos dado a conocer la venida y las poderosas obras de nuestro señor Cristo Jesús mediante historias inventadas, pues fuimos personalmente testigos oculares de su grandeza cuando recibió el honor y la gloria de Dios Padre, porque a él se dirigió la voz desde la gloria majestuosa, diciendo: ‘Este es mi hijo amado, el que yo he elegido’, y nosotros que estábamos con él en el monte santo, oímos esta voz que venía del cielo. Aunque tenemos una confirmación más segura todavía en la palabra profética, y haréis bien en prestarle atención porque es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y resplandezca la luz en vuestros corazones. Pero primero, debéis saber que ninguna profecía de la Escritura proviene de una interpretación personal, porque ninguna de las profecías vino nunca por la voluntad del hombre, si no que los hombres hablaron de parte de Dios impulsados por el espíritu santo”. (2Pedro 1:16…21)

 

8    Pablo asemeja nuestra esperanza a un ancla que nos proporciona firmeza y estabilidad; dice: “esta esperanza es en nuestras vidas como un ancla segura y firme que penetra más allá de la cortina del santuario, el lugar donde entró Jesús como precursor nuestro”, (Hebreos 6:19) y es que tal como en el mar, el ancla protege el arraigo y la estabilidad de un barco, en este mundo, la firme esperanza en las promesas de Dios, protege y arraiga la estabilidad de nuestras vidas.

Como Pablo nos recuerda, Yahúh mismo “interviene con un juramento, para que por medio de dos actos inmutables en los que es imposible que Dios mienta, nosotros, que nos hemos aferrado firmemente a la esperanza que se nos ha puesto delante, tengamos un gran estímulo”; (Hebreos 6:17…18) y escribe: “Todos sois hijos de la luz y el día”; por esto, “nosotros que somos hijos del día”, tenemos que permanecer “sobrios y revestidos con la coraza de la fe y del amor”, protegiendo nuestros pensamientos e intenciones “con el yelmo de la esperanza de la salvación, puesto que Dios no nos ha designado para el Día de la ira si no para obtener la salvación mediante nuestro señor Jesús, que murió por nosotros para que despiertos o dormidos en la muerte, podamos llegar a vivir junto con él”. (1Tesalonicenses 5:5, 8…10)

 

9    Tengamos siempre en la mente y en el corazón lo que esta magnifica esperanza significa para nosotros, nuestros hermanos y la humanidad entera. Mostrémonos agradecidos a nuestro Dios. Su espíritu nos dice a través de Juan: “¡Mirad cuan grande es el amor que el Padre nos ha mostrado para que pudiésemos ser llamados hijos suyos! Y lo somos realmente, pero el mundo no nos reconoce porque tampoco le conoce a él”. (1Juan 3:1)

 Nosotros, que hemos puesto fe en sus promesas, conocemos su veracidad, su poder y su amor, por esto y a pesar de las dificultades que día a día encontramos en el mundo, no olvidemos ni un momento que “nuestra ciudadanía está en los cielos desde los que estamos esperando a un salvador, el señor Cristo Jesús, que transformará la humilde condición de nuestro cuerpo haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para reinar sobre todas las cosas”. (Filipenses 3:20…21)

 

Mostremos perseverancia

 

10   Dice Pablo que “Abraham, después de mostrar perseverancia, obtuvo el cumplimiento de la promesa”. (Hebreos 6:15)

 La perseverancia se mantiene por la confianza que proviene del conocimiento verdadero; esforcémonos en conocer a nuestro Dios Yahúh y a nuestro Señor Jesús a través de las cosas que el espíritu inspiró a los profetas, a Jesús y a los apóstoles, y meditemos en lo que sus palabras nos hacen comprender.

Pablo nos dice:buscad las cosas de arriba, del lugar donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Pensad en las cosas de arriba, no en las terrenas”, (Colosenses 3:1…2) porque haciéndolo, hallaremos que “el Señor está cercano” y “no” estaremos ansiosos por nada”. Expongamos a Dios lo que “en cualquier circunstancia” necesitamos, “por medio de la oración, sí, rogándole y dándole las gracias, y mediante Cristo Jesús, la paz de Dios que sobrepasa cualquier pensamiento, protegerá” nuestros “sentimientos” y nuestro modo de pensar”. (Filipenses 4:6…7) Confiemos con todo el corazón en sus promesas, puesto que “Nosotros sabemos que Dios hace cooperar todas sus obras para el bien de los que le aman, o sea, de aquellos que él ha llamado según su propósito” (Romanos 8:28) Y si el valor denuestrafe, más precioso que el oro que perece, resiste al fuego cuando sea probado”, seremos “motivo de alabanza, de gloria y de honor, en el momento de la manifestación de Cristo Jesús”. (1Pedro 1:6…7)

 

11    Hasta entonces mantengámonos siempre confiados, sabiendo que mientras tengamos nuestra morada en este cuerpo debemos caminar por fe, no por vista”. (2Corintios 5:6…7) Pablo dirige estas palabras a todos los que por medio de la “esperanza, aguardamos con paciencia aquello que todavía no podemos ver”. (Romanos 8:25) Sin embargo, nosotros percibimos ya el inicio de algunas de “las cosas” anunciadas por Jesús como la señal del momento de su retorno, y él dijo para los que entonces viviesen: “Yo os aseguro que esta generación no pasará hasta que todo esto suceda”. (Mateo 24:34)

Esta es una generación que puede llegar a ver el cumplimiento de las promesas de Dios con respecto al futuro de la Tierra; no permitamos que nuestra esperanza venga a menos y tengamos siempre presentes estas palabras de Jesús para los que pertenecen a su Congregación verdadera: “No os impongo ningún otro peso que el de permanecer aferrados con firmeza a lo que ya tenéis, hasta que yo vuelva”. (Apocalipsis 2:25)